25 de noviembre, 2019 #2
Conocía al joven que iba con ella. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Era Miguel. Su Miguel, el mismo que había logrado atraer su atención.
¿Quién lo iba a decir? Era la última persona que esperaba encontrarse esa noche, menos aún con una chica.
Estaba casi seguro de que Miguel no tenía ningún interés en las mujeres.
Más que un rumor, era un secreto a voces, así que no creía que fuera un ligue.
¿Tal vez una amiga a la que estaba acompañando a casa para evitar encuentros con tipos como él?
¿O quizás fueran familia? Lo cierto es que, ahora que lo pensaba, los dos se parecían un poco.
Tenían los mismos ojos y un pelo muy similar y ninguno de ellos destacaba por su altura.
Pero hasta donde sabía, Miguel no tenía hermanas.
No pudo evitarlo. La curiosidad que le produjo la escena incluso logró borrar el propósito inicial de aquella noche.
Ángel había comenzado a seguirlos no para asustarlos, sino para observarlos.
Si además conseguía despertar un poco de inquietud en la chica, aunque no fuera tan profundo como acostumbraba, no iba a quejarse.
Para su sorpresa, no fue la joven la que se asustó.
Miguel fue el primero en darse cuenta de que los seguían y, en lugar de encararse con él, aceleró el paso y arrastró a su acompañante mientras le murmuraba algo al oído.
Ángel no iba a negarlo, aquello le gustó.
Había probado a seguir a hombres otras veces, pero no era ni de cerca igual de emocionante.
No se asustaban tanto y en ocasiones ni se daban cuenta de lo que pasaba.
Además, Ángel no era capaz de experimentar esa conexión con ellos.
No le resultaban atractivos y, aunque sus fantasías violentas también podían ser protagonizadas por hombres que le sacaban de quicio, no eran del mismo tipo que las que tenía sobre las chicas que le gustaban.
Esa emoción tan especial estaba reservada para las mujeres.
Sin embargo, ese día Miguel despertó un nuevo sentimiento en él.
Era diferente a las otras personas que conocía, eso ya lo tenía claro.
Desde hacía tiempo lo consideraba alguien a quien quizás sí mereciera la pena acercarse y la reacción que tuvo esa noche se lo confirmó.
Había algo en la mirada que cruzó con él cuando se giró para comprobar si los seguía que hizo aletear el corazón de Ángel.
No del mismo modo que había hecho la chica, pero sí lo bastante para que el joven ansiara más de su compañero, aunque aún no estaba seguro de qué.
No tuvo tiempo de pensar demasiado en ello, ya que la pareja giró con brusquedad a la izquierda y en cuanto Ángel los imitó, la chica se encaró con él en una explosión de violencia que lo dejó maravillado.
Era gracioso, pero con todos aquellos insultos y amenazas no estaba logrando intimidarlo.
Al contrario, lo único que consiguió fue que Ángel se interesase más por ella.
Desde luego, aquella muchacha no podía imaginarse lo excitante que era su actitud, lo mucho que resonaba con sus más profundos deseos, la manera en que incrementaba el impulso de abalanzarse sobre ella y acallar su rebeldía de la forma más cruel y dolorosa posible.
Cuanto más se resistían, cuanto más luchaban, cuanto más agresivas se mostraban, más emocionado se sentía él.
Por eso al final Ángel se vio obligado a revelar su identidad.
Si permitía que aquella situación se alargara, terminaría perdiendo por completo el control y haciendo algo para lo que ya no habría marcha atrás.
De todos modos, estaba deseando saber cuál sería la reacción de Miguel.
Seguramente se sentiría aliviado al ver que se trataba de él, ¿no?
Sin embargo, ese no pareció ser el caso.
Al contrario, Miguel se mostró molesto y mantuvo una expresión hosca durante todo el camino a su casa.
¿Por qué seguiría actuando así con él? Hacía mucho que nadie se mostraba tan cerrado a sus avances y a Ángel le estaba costando encontrar su error.
Hacía tiempo que se había dado cuenta de que ser arrogante no era la forma de ganarse el respeto de nadie.
A la mayoría de la gente no le gustan las personas que muestran demasiada confianza en sí mismos, menos aún si se dedican a recordarles quién está por encima y que unos son mejores que otros.
Entender aquello le había llevado a abandonar la actitud que mostraba durante sus años de colegio e instituto.
No llegaría muy lejos si no tenía a unas cuantas personas de su lado.
No obstante, el exceso de modestia tampoco era aconsejable, si se exageraba demasiado, resultaba deshonesto y un tanto patético.
La clave estaba en encontrar un equilibrio entre la seguridad en uno mismo y el reconocimiento del apoyo externo.
Si a eso se le añadía un toque de amabilidad, unas pocas preguntas que mostraran interés por los deseos y necesidades del interlocutor, unos cuantos chistes y una sonrisa bonita, casi todos caían al instante.
Esa fórmula llevaba años funcionando, así que ¿por qué no tenía efecto en Miguel?
¿Qué fallaba en aquel chico para que se comportara así con él?
Por supuesto, Ángel no esperaba caer bien a todo el mundo, eso era una tontería.
Tampoco era su objetivo. Sabía que en la clase también había gente que no le prestaba atención o que no le tenía la misma admiración y respeto que muchos de los que se decían sus amigos, ese no era el problema.
Lo que pasaba con Miguel es que no mostraba un simple desinterés, había en él una abierta hostilidad, un desprecio tan claro que resultaba palpable solo con mirarlo.
Y Ángel era incapaz de entenderlo y eso le molestaba.
Se consideraba una persona a la que le gustaba mantener el control de todas las situaciones en las que se encontraba, pero para ello, necesitaba conocer los elementos en juego.
Si no comprendía el porqué del rechazo de Miguel, no sabría a qué atenerse con él y la sensación de ceder aunque solo fuera un poco de poder sobre sí mismo lo incomodaba demasiado.
¿Era posible que Miguel se hubiera dado cuenta de la farsa?
¿Lo odiaba porque sabía la verdad tras su sonrisa, porque veía más allá de la máscara y había descubierto la oscuridad que ocultaba?
¿Conocería la existencia del monstruo? Pero eso era imposible, ¿no?
Miguel no podía verlo, no era algo que se apreciara a simple vista, que se pudiera percibir, sentir.
Estaba enterrado en su interior, nadie podía alcanzarlo.
¿Quizás Miguel lo conocía de antes? Si sabía quién era, si era consciente de su historia, del pequeño secreto que había dejado atrás cuando se mudó a Salamanca…
No, eso tampoco podía ser. Ya había explorado el pasado de Miguel cuando notó el asco con el que lo miraba.
Antes de ir a la universidad, siempre había vivido en Madrid.
No había ningún motivo para que supiera el lío en el que Ángel había estado metido hacía tanto tiempo y tan lejos de allí.
O a lo mejor era más simple. Puede que Miguel sí que hubiera percibido deshonestidad en sus acciones, pero sin llegar mucho más lejos.
Para algunos, eso era suficiente. Un rastro de hipocresía o falsedad y ya experimentaban el desprecio.
Quizás a Miguel le gustaban las personas que eran más sinceras y directas, como parecía serlo su prima, y en Ángel había visto a alguien normal, demasiado integrado sin estar de verdad del todo allí.
¿Era eso? ¿Miguel lo veía como una persona básica, un idiota sin chispa que se esforzaba por seguir la corriente de la mayoría para encajar y ser uno más?
La idea le hacía muchísima gracia. No se lo había planteado hasta entonces, pero era cierto que con su actitud podía dar esa imagen.
Por eso había decidido salirse del papel.
Cuando se encontró con Miguel fumando a solas no pudo resistir la tentación y se acercó a él sin saber lo que iba a hacer, tan solo dejándose llevar por sus instintos.
Aquel fue el encuentro más satisfactorio que había tenido en años y la reacción de su compañero el lunes solo reforzó este sentimiento.
Había madrugado para encontrarse con él.
Una persona básica y normalita no lograría despertarle tanto interés, ¿verdad?
Ni tampoco lo seguiría por la noche después de cruzarse con él por casualidad.
Sin embargo, ninguna de esas cosas logró agradar a Miguel.
Ahora parecía incluso más molesto con él y Ángel empezaba a perder la paciencia.
¿Qué tenía que hacer, entonces? Ser normal no era suficiente.
Preocuparse por su salud tampoco. Tener un encuentro amistoso en una noche de fiesta, mucho menos.
Quizás debería dejarlo estar. Había personas a las que nunca caería bien, tampoco lo necesitaba.
¿Por qué esforzarse tanto? El único problema es que rendirse no formaba parte de sus planes.
No, Ángel siempre conseguía lo que quería, por las buenas o por las malas, y no iba a empezar a perder ahora.
Convertiría el desprecio de Miguel en amistad y descubriría qué había visto en él para que lo rechazase con tanta intensidad desde el principio, daba igual cuánto tardara en lograrlo.
Y así, cuando por fin llegó el lunes, Ángel entró en clase seguro de lo que iba a hacer.
Era curioso, pero desde su encuentro con Miguel y tras todas sus reflexiones el impulso parecía haber amainado.
Aunque no había desaparecido, sí se volvió lo bastante tolerable para ignorarlo.
Que tuviera un nuevo proyecto en el que entretenerse debía ser positivo.