25 de noviembre, 2019
No aguantaba ni un minuto más en casa. La inquietud que llevaba persiguiéndole durante todo el día no había dejado de crecer y Ángel ya no sabía qué más hacer para detenerla.
Mientras estaba en clase, le había aliviado pensar que era jueves y que por tanto le tocaba practicar combate con sus compañeros de boxeo.
Estaba seguro de que dar rienda suelta a su agresividad lograría apaciguar el deseo, pero pronto se dio cuenta de lo equivocado que estaba.
Sí, había servido en otras ocasiones, sin embargo, ese día el impulso era demasiado fuerte, hasta el punto de tomar el control sobre él y dominar sus actos, su vista enrojecida cuando se abalanzó sobre su rival y lo dejó sangrando en el suelo.
El entrenador había terminado mandándolo a casa.
Le dijo que estaba demasiado alterado para pelear, que era un entrenamiento, no un verdadero combate, y que hasta que no se relajara y despejara un poco la cabeza, era mejor que se tomara un descanso.
Lo habían echado de la clase de boxeo por ser demasiado violento. ¿Cómo de irónico era eso? Ángel estaba esforzándose por hacer las cosas bien, ¿acaso era culpa suya que el inútil de su compañero no supiera defenderse? Y si no podía aliviar su sed de sangre en el entrenamiento, ¿dónde más lo haría?
Una vez en casa había continuado ejercitándose por su cuenta.
Tal vez si lograba agotar su cuerpo, su mente también se rindiera y dejara de pedirle algo que sabía imposible.
Había saltado, había hecho flexiones, había sudado hasta empapar la camiseta y tras ello se había duchado con agua fría.
Se preparó la cena e incluso se puso una película en su cuarto, buscando cualquier distracción que lo sacara de sí mismo.
Todo ello fue inútil. La ansiedad no hacía más que crecer y pronto lograría devorarlo.
El ardor en la boca del estómago, el cosquilleo en la punta de los dedos, la tensión en sus músculos y aquella presión en el pecho que amenazaba con ahogarlo eran señales claras del volcán que bullía en su interior.
Quería… no, necesitaba dar rienda suelta a su oscuridad.
El monstruo que habitaba tras la máscara estaba hambriento y exigía un tributo.
¿Y cuánto tiempo más iba a ser capaz de seguir negándoselo?
Se había jurado a sí mismo que lo controlaría.
Estaba seguro de que podía hacerlo. ¿Por qué no?
No era un animal, respondía a algo más que sus instintos y sus primitivos anhelos de destrucción.
Lograría hacer grandes cosas. Si quería, sería capaz de tener el mundo en sus manos.
Solo tenía que asegurarse de domar aquella parte de él.
No podía ser tan difícil, la mayoría de la gente lo hacía y Ángel no iba a ser menos que nadie.
Y, sin embargo, con cada día que pasaba, la bestia se hacía más fuerte.
Ángel se sentía como una bomba a punto de estallar.
Había tomado medidas, pero las barreras que levantó contra sí mismo no dejaban de debilitarse.
Sobre todo, a raíz de esas preguntas que no paraban de taladrarle en el fondo de su mente.
¿Por qué estaba haciendo eso? ¿Por qué no dejarse llevar? ¿Qué se lo impedía? ¿De verdad merecía la pena? Todo ese dolor, ese malestar, la insatisfacción, el asco, la rabia… ¿Para qué? ¿Por qué seguía privándose de lo que más quería solo por el bienestar de gente que ni siquiera le importaba?
Por supuesto, tenía respuestas para ello.
El problema es que las respuestas morales no le importaban y las racionales estaban perdiendo fuerza ante la voracidad del monstruo.
Frente al hambre, ninguna lógica decidida a perpetuar ese malestar parece correcta.
Y Ángel llevaba mucho tiempo sintiéndose hambriento.
Así, había quitado la película a la que en ningún momento llegó a prestar atención.
Quizás si cerraba los ojos y se dejaba llevar por la fantasía…
Puede que si se permitía sentir un poco de placer físico mientras daba rienda suelta a su imaginación el deseo se calmase.
No desaparecería, nunca lo hacía, pero tal vez lograra apagarlo lo suficiente para dormir y seguir con su vida al día siguiente.
Estaba decidido a ello. Ya metido en la cama se había acariciado, había permitido que todos los anhelos prohibidos tomaran forma tras sus párpados, se había notado endurecer ante los actos más crueles y depravados concebibles… Y entonces había parado.
Menuda estupidez. No era suficiente. Nunca sería suficiente. Y eso solo lograba frustrarlo más. Y cuando se sentía frustrado, las cosas no terminaban bien.
Por eso se había levantado y, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró a sí mismo ya vestido, cogiendo la mascarilla, los guantes y la navaja que guardaba en el cajón de su mesita.
Solo iba a dar un paseo. No haría nada. No era más que un juego, uno que había empezado a jugar hacía tiempo.
Salir de noche, vestido de negro, armado, ocultando su rostro, estudiar a la gente con la que se cruzaba, elegir la presa más tentadora, seguirla durante un rato…
Nada más. Nunca llegaba más lejos. Pero al menos cuando hacía aquello, podía permitirse saborear un poco de aquel placer que le estaba vedado.
Ni siquiera necesitaba pensar. Cuando sus ojos se posaban sobre la persona adecuada, su cuerpo reaccionaba de forma automática.
Como en una especie de conexión mística, al ver a la chica correcta, su corazón comenzaba a latir y la emoción afloraba en su pecho.
Solo en momentos así el tedioso vacío que lo gobernaba parecía desaparecer y Ángel sentía que realmente estaba vivo.
Sí, sentía, sentía de verdad. No era una emoción fingida para encajar, para no llamar la atención.
No era ese leve remanente de interés que ciertas cosas lograban despertar, no era la desidia y el desdén que le causaba su rutina diaria, no era el asco ni la rabia.
Era mucho más potente, una atracción ineludible que le empujaba a coordinar sus pasos con la persona que la había provocado, que llenaba su cabeza de mil fantasías violentas cuya ejecución traería por fin la ansiada calma a su desesperación.
Pero no podía hacerlo. Solo podía seguir caminando, acariciar la navaja, ajustarse la capucha y al final dar media vuelta y regresar a casa.
Masturbarse pensando en lo que había hecho, en lo que podría haber hecho, rememorando el miedo que hacía sentir a las chicas cuando se daban cuenta de que las seguía, esa ansiedad que las llevaba a acelerar el paso y lanzar miradas por encima del hombro era con lo que debía conformarse.
No podía hacerles más daño que eso, sería peligroso.
Lo más probable es que lo que estaba haciendo también fuera peligroso, pero ¿qué otra opción tenía?
Eran sus pequeñas dosis de placer, un tentempié para contentar al monstruo.
Si también se privase de ello, acabaría perdiendo el control, estaba seguro.
Necesitaba darle una salida a aquel impulso o crecería hasta desbordarlo.
De todos modos, nadie podía acusarlo de nada.
Solo estaba paseando por la calle. Si alguien se sentía intimidado por su presencia, era porque había malinterpretado la situación.
No era culpa suya que algunas chicas se asustaran tanto si veían a un hombre caminando detrás de ellas durante un rato.
Nunca les hablaba, no se acercaba demasiado y al final siempre se marchaba o cruzaba a la otra acera, por lo que sería muy difícil probar una mala intención si pretendieran acusarle de algo.
Ángel estaba a salvo. Por eso aquella noche decidió salir a jugar un rato.
No esperaba conectar con alguien tan pronto, pero no iba a quejarse.
No llevaba ni un cuarto de hora caminando cuando la vio.
Bajita y delgada, con el pelo rubio oscuro cayéndole con gracia sobre los hombros y ese andar tan seguro y confiado.
Tenía que ser una delicia someterla y hacerla gritar.
Cuando la vio más de cerca se dio cuenta de que llevaba las puntas teñidas de rosa y, aunque a Ángel no le agradaban demasiado los colores de pelo no naturales, estaba dispuesto a hacer una excepción si el resto de sus rasgos eran adecuados.
La observó desde lejos durante un rato, esperando poder verle la cara antes de iniciar el acecho.
Tuvo suerte, porque la chica se giró para hablar con alguien y le permitió con ello admirar aquel rostro de rasgos afilados, ojos grandes color miel y labios carnosos.
Era su tipo, sí. Solo había un problema. No estaba sola.
Un chico caminaba a su lado. Ángel podía pasar lo del pelo teñido, pero que hubiera una tercera persona arruinaba por completo la fantasía.
La chica no sentiría el mismo tipo de miedo si alguien la acompañaba y él no podría imaginarse arrastrándola a un callejón para cumplir con ella todos sus deseos si no estaba sola.
Por supuesto, podía añadir a la escena una pelea violenta y mortal contra otro hombre antes de tomar a su presa, pero no era lo que le apetecía esa noche.
Estaba a punto de dar media vuelta y buscar a otra chica cuando se dio cuenta de algo.