21 de noviembre, 2019 #2
Divertirse no era en lo que Miguel había pensado, con tener algo de compañía y distraerse hasta que acabara la noche sería más que suficiente, pero decidió no llevarle la contraria.
Si Noah creía que podía lograr que en un día como aquel Miguel se sintiera bien, adelante, no sería él quien le robara la ilusión.
Así, ambos salieron del bar y se encaminaron a su piso, andando el uno junto al otro en un cómodo silencio.
Y durante un rato las cosas transcurrieron con normalidad.
Miguel se encontraba absorto en sí mismo, pero se esforzaba en responder a los comentarios casuales que Noah hacía de cuando en cuando.
A pesar de que la losa de la culpa todavía habitaba en su pecho, se sentía más tranquilo que al principio.
Por lo visto, hablar de su hermano sí le había aliviado.
Parecía que a veces estaba bien poder desahogarse, aunque solo fuera en parte.
Se encontraba pensando en ello cuando notó que algo iba mal.
Su cuerpo lo percibió antes de que llegara a ser consciente de lo que ocurría.
Fue una sensación repentina, un escalofrío recorriendo su columna vertebral y poniéndole la piel de gallina.
Sus músculos se contrajeron y sus instintos le gritaron que debía huir. Pero ¿de qué?
Del hombre que les estaba siguiendo, claro.
Se dio cuenta poco después de que la súbita inquietud se hubiera hecho dueña de él.
No podía precisar cuándo había empezado, pero hacía un rato que oía pasos tras ellos.
Pasos que seguían su ritmo con una precisión que no podía ser casual.
O tal vez sí y estaba reaccionando de forma exagerada, quizás la pastilla que había tomado antes empezaba a hacer mella en él.
Lo más seguro es que fuera otro joven volviendo a casa tras una noche de fiesta, nada más.
Sin embargo, Miguel no pudo evitar girarse con disimulo para echar un rápido vistazo.
Lo que vio no le resultó tranquilizador.
El chico que los seguía vestía por completo de negro y ocultaba su rostro gracias a la capucha de su sudadera y una mascarilla del mismo color.
¿Quién llevaba mascarilla por la calle? Y más aún, volviendo de fiesta.
Eso era raro como mínimo. La actitud relajada con la que caminaba aquel hombre no parecía indicar ninguna amenaza inminente, pero Miguel sabía confiar en sus instintos.
—Tía, no te gires. Creo que nos siguen.
Por supuesto, lo primero que hizo su prima fue intentar darse media vuelta. No obstante, Miguel había previsto esto, por lo que la sujeto del brazo y tiró de ella para acelerar el paso.
—Te he dicho que no te gires.
—Vale, vale, tranquilo. Suéltame, joder, que me haces daño.
—Perdona. —Miguel la soltó y lanzó una mirada de soslayo hacia atrás—. Lleva un rato detrás de nosotros… Y ahora también ha acelerado.
Sí, el chico había aumentado el ritmo de sus pasos y se aseguraba de mantener siempre la misma distancia entre ellos.
¿A qué estaba jugando? Si pretendía robarles, podría hacerlo ahora, la calle estaba vacía y seguro que ya se había dado cuenta de que habían notado su presencia.
¿Por qué esperar? ¿O es que acaso creía que Miguel iba a dejar a Noah sola en algún punto y pretendía intentar algo contra ella?
Aquel pensamiento le arrancó una sonrisa torcida.
Le gustaría ver a algún cabrón atreverse a atacarla, Noah les sacaría los ojos antes de que supieran lo que había ocurrido.
Pero su sonrisa no duró mucho. Preferiría poder llegar a casa sin involucrarse en situaciones delictivas por el camino.
¿De verdad era tanto pedir? Y aunque su mente intentaba ocultar el miedo que sentía mediante el irónico cinismo que embargaba sus pensamientos, el pulso acelerado y los pasos rápidos lo delataban.
—Mira, Migue, vamos a girar por ahí, a ver si esa capullo gira también o si pasa de largo.
Su prima había señalado una calle a su izquierda con la cabeza. No era mala idea, si el chaval seguía caminando descartarían sus temores y se librarían de él.
—Vale.
Con toda la naturalidad de la que fueron capaces, los jóvenes cambiaron de dirección.
Miguel rogó en su interior porque no los siguiera.
Solo quería llegar a su casa, sentarse en el sofá y fumar un par de porros mientras hablaba con su prima.
No quería enfrentarse a nadie. No tenía fuerzas para luchar. No esa noche.
Pero la suerte no parecía estar de su parte ya que, siempre manteniendo la distancia, el chico continuó caminando tras ellos.
—¡¿Tú de qué coño vas?!
Miguel no había contado con la agresiva espontaneidad de Noah y, antes de que pudiera hacer nada para evitarlo, la joven se giró y se encaró de frente con el hombre que los seguía.
—¡Da otro paso y te jodo vivo, puto friki! ¿Nos estás siguiendo o qué?
Ante tal despliegue de emoción era esperable que el chico reaccionara de alguna forma.
Que diera media vuelta y se marchara, que les respondiera con la misma violencia, que tratara de excusarse y calmar los ánimos o que hiciera lo que sea que estaba planeando cuando comenzó a seguirlos, pero no fue así.
En su lugar, el joven se detuvo y se limitó a observar a Noah fijamente, con las manos en los bolsillos y la misma actitud relajada que había mostrado hasta entonces.
Estaba oscuro y el hombre iba muy tapado, por lo que no se podían sacar conclusiones firmes, sin embargo, la frialdad que brillaban en aquellos ojos dejó sin habla a Miguel.
Había una amenaza latente en ellos, una señal de peligro a la que todo su cuerpo deseaba responder.
No recordaba dónde, pero Miguel juraría que había visto aquellos ojos antes.
Su prima también debió de notar algo extraño, ya que enmudeció tras su último exabrupto, incapaz de seguir atacando al desconocido.
Que alguien lograra hacer callar a Noah solo con una mirada sí que resultaba terrorífico, lo suficiente para que Miguel se planteara si debía echar a correr en ese mismo instante.
No hizo falta. Tras unos segundos que se sintieron como una eternidad, el chico reaccionó y sus ojos se contrajeron en un gesto que delataba la sonrisa tras la máscara.
—¡Quién lo iba a decir! —Su tono alegre parecía fuera de lugar en un ambiente tan tenso, aunque esto no molestó al desconocido, que se quitó la capucha y descubrió su rostro antes de continuar—. Parece que Miguel Rovira Garrote sí que tiene amigos.
Tenía que ser una broma. Le había dicho que lo dejara en paz, que no le interesaba nada de él… ¿Y ahora se dedicaba a seguirle por la noche?
—Vaya, después de todo parece que Ángel Ventura Galán sí que es un loco acosador —respondió Miguel en una irónica imitación.
—¿Os conocéis? —Noah alternaba la mirada entre uno y otro, confusa por el cambio de situación.
—Es un chaval de mi clase que por lo que se ve le ha cogido el gusto a acosarme.
—¿Qué coño? —La chica dio un paso adelante. Parecía dispuesta a lanzarse contra Ángel de un momento a otro— ¿Tienes algún problema con mi primo?
Si la actitud amenazante de Noah le intimidó lo más mínimo, el joven no dio señal de ello. En su lugar, se echó a reír y negó con la cabeza.
—Creo que lo estás malinterpretando. Os he visto por casualidad.
—Claro. Y lo de seguirnos también ha sido casualidad, ¿no?
Ángel caminó hasta situarse a su lado.
—No. Te vi y quería saludarte, pero no me apetecía ponerme a dar voces por la calle.
No son horas —dijo aquello último mirando a Noah, con una sonrisa amistosa que no ocultaba la acusación tras sus palabras—.
Quería acercarme para hablar, lo que pasa es que no dejabais de acelerar, me lo habéis puesto difícil.
—Bueno, a lo mejor si no fueras vestido como un jodido violador no nos habría mosqueado tanto —comentó Noah de forma desenfadada. La rabia que la dominaba hacía un momento se había evaporado y ahora observa a Ángel con interés.
Al aludido aquello pareció hacerle muchísima gracia.
—¿Lo dices por la mascarilla? Es que estoy un poco resfriado y no quiero contagiar a nadie.
Como si acabara de recordarlo, volvió a colocarse la mascarilla, esta vez dirigiendo su mirada hacia Miguel.
Mentía, por supuesto. No sabía qué se traía Ángel entre manos, pero si hubiera querido alcanzarlos, podría haberlo hecho.
En su lugar, se había esforzado por mantener siempre la misma distancia, jugando a perseguirlos.
Con qué intención era algo que Miguel se veía incapaz de imaginar.
No obstante, no tenía ganas de insistir. ¿Qué más daba? Ya sabía que era Ángel, no tenía que temer el ataque repentino de un desconocido, era hora de volver a casa.
—Bueno, pues si ha sido todo un malentendido, mucho mejor. Vamos a casa, Noah. Estoy cansado.
Miguel se despidió de Ángel con un gesto de cabeza y comenzó a andar, pero su compañero no se dio por aludido.
—¿Qué vais, en esa dirección? —dijo Ángel caminando tras él—. ¿Os parece bien que os acompañe un rato?
—¡No!
—Sí.
Miguel fulminó a Noah con la mirada. En la lista de cosas que no le apetecía hacer esa noche, dar un paseo con Ángel se encontraba entre las primeras, sin embargo, su prima no parecía interesada en conocer su opinión, estaba demasiado ocupada mirando al joven de arriba abajo para preguntarle.
Miguel conocía esa cara. Le había echado el ojo al chico y cuando a Noah se le metía algo en la cabeza, era imposible hacerla cambiar de parecer.
Aunque le encantaba su espontaneidad, a veces desearía que se pensara un poco más las cosas antes de actuar.
Sobre todo cuando decidió seguir hablando sin consultar nada con Miguel.
—¿Por qué no te unes a nosotros? Vamos a continuar la fiesta en casa, será divertido.
—Noah…