¿Quién eres cuando nadie mira? 21 de noviembre, 2019
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21 de noviembre, 2019

—Ya estás poniendo esa cara…

Las palabras de Noah lo devolvieron de golpe a la realidad.

A pesar de que se había esforzado por desconectar, Miguel llevaba toda la noche encerrado en sí mismo, sin poder evitar que los recuerdos lo dominaran.

Había bailado, había bebido, hasta había tomado alguna pastilla de composición desconocida, pero nada de ello lograba acallar el malestar que se había asentado en su interior desde que se levantó esa mañana.

Aun así, fingió no saber a qué se refería su prima.

—¿Qué cara?

—La que pones cuando te estás rayando con algo. Esa cara.

Miguel suspiró. ¿Cómo pretendía ocultárselo a Noah?

Entre lo transparente que era él y lo mucho que su prima lo conocía, sería absurdo intentar guardarse sus sentimientos.

Cuando lo pensaba, Miguel no podía evitar maravillarse.

Su relación con ella era la más improbable de las amistades y, sin embargo, allí estaban de nuevo, una noche más entendiéndose solo con una mirada.

Lo cierto es que, si no fueran familia, lo más seguro es que nunca hubieran llegado a intercambiar una sola palabra.

Miguel era el chico bueno, el empollón, el que siempre saca dieces y se convierte en el objeto de acoso, callado y sin amigos.

Noah, por el contrario, tenía un espíritu rebelde que se manifestó desde muy temprana edad.

Era brusca, directa, incluso agresiva, jamás tuvo interés en estudiar y abandonó el instituto en cuanto fue posible.

Pero la fiesta, eso era otra historia, la fiesta sí que le había gustado desde el principio.

Por eso empezó a salir muy joven y también a beber y consumir cosas que a todas luces no le convenían.

Sus padres trataron de encauzarla de todas las formas que se les ocurrieron, hasta que al final tiraron la toalla.

Las discusiones en casa ya se habían vuelto demasiado dramáticas y violentas como para seguir luchando contra el huracán que era Noah.

Y a pesar de que tenía un nutrido grupo de amigos que compartían con ella su amor por la diversión desenfrenada, Noah siempre pareció priorizar a su primo, ese chico raro con el que en apariencia nada tenía en común.

Se habían llevado bien desde niños, pero fue en la adolescencia cuando su amistad realmente floreció.

Ella estuvo a su lado cuando murió su hermano y fue la única que de verdad se preocupó por cómo se sentía Miguel en aquel entonces.

Al contrario que sus padres, demasiado encerrados en su propia pérdida, su prima sí se dio cuenta del sufrimiento que atravesaba Miguel y, aunque no lograra comprenderlo por completo, supo ser el apoyo que tanto necesitaba en medio de la tragedia.

Y por supuesto, también estuvo allí el resto del tiempo.

Durante las alegrías y las derrotas, viviendo juntos la confusión adolescente, las dudas, los temores, los cambios y los descubrimientos.

Por eso fue a quien acudió en busca de ayuda tras su primer flechazo y terminó convirtiéndose en la única de su familia en conocer aquel lado de él.

Noah escuchó complacida todos los detalles de su primer beso y se rio entusiasmada cuando Miguel por fin logró llevarse a un chico a la cama.

Ella conocía todas esas cosas sobre sí mismo que sus padres nunca tendrían el privilegio de saber.

Lo leía como un libro abierto y estaba dispuesta a apuñalar a quien hiciera falta si osaba darle problemas a Miguel.

Pero a pesar de todo, había algo que Noah no sabía. Un secreto tan oscuro, tan terrible y vergonzoso, que Miguel tendría que llevárselo a la tumba. Y era eso lo que le inquietaba esa noche, aunque no pudiera compartirlo con ella.

Sin embargo, sí había partes que podían ser reveladas. Cosas más obvias y fáciles de entender.

—¿No sabes qué día es hoy? —murmuró por fin Miguel, dispuesto a descargar un poco del dolor que le oprimía.

—¿Jueves? Día de universitarios. —Noah añadió aquello último agitando el vaso ante él, en un intento por aligerar el pesado ambiente que se había establecido entre ellos.

—No, no me refiero a eso. Es 21 de noviembre.

—Ah, joder… El cumpleaños de Abel.

Miguel asintió con lentitud, sin levantar la vista de su bebida. Hacía tiempo que el hielo se había derretido, pero el nudo que le apretaba la garganta le impedía dar un solo trago más.

—No me puedo creer que estés de bajona por ese cabrón…

—¡Era mi hermano! —exclamó Miguel con un cierto timbre horrorizado. De verdad, a veces Noah podía ser muy insensible.

—¿Y? —Su prima se encogió de hombros—. Te hacía la vida imposible. ¿Es que lo echas de menos?

Una pregunta fácil, que debería tener una respuesta simple.

Sí, era su hermano, claro que lo echaba de menos.

No, era un capullo abusivo, ¿cómo echarlo de menos?

Debería estar bailando sobre su tumba. Daba igual lo que contestase, ninguna de las dos cosas sería por entero sincera.

Abel había sido mucho más que su hermano y verdugo.

Durante años fue el dios de su mundo, cruel y terrible, sí, pero divino, al fin y al cabo.

Fue su guardián y su guía, el torturador que redujo su alma a pedazos y el genio que lo moldeó hasta convertirlo en el espécimen patético y desorientado que era ahora.

¿Lo echaba de menos? Con todo su ser, pero no por amor.

No experimentaba ni un ápice de cariño por su hermano, el sentimiento que yacía en su pecho tenía otro nombre.

Devoción. Del tipo más peligroso, el que te acerca a la locura y la sumisión absoluta.

Y al mismo tiempo lo repudiaba, invadido por una extraña mezcla de euforia y culpa cada vez que pensaba en aquel pequeño acto de desobediencia, ese pecado innombrable con el que desafió a su dios y precipitó su caída.

De una forma tan absurda y sin sentido, el mismo que había sido su amo, lo abandonó en medio de la oscuridad que había creado.

Miguel sabía que debería alegrarse o arrepentirse, no podía sentir ambas cosas a la vez.

Y sin embargo, allí estaba, dominado por emociones opuestas que lo empujaban día tras día hacia el abismo.

Por supuesto, no podía contarle nada de aquello a su prima sin revelar el más preciado de sus secretos, por lo que optó por no contestar.

—¿Lo ves? —continuó Noah, interpretando su silencio como una respuesta negativa a la pregunta—. Abel era un capullo. Tú lo sabías, yo lo sabía y todo el barrio lo sabía.

—¿El barrio? ¿Qué barrio? ¿Recoletos?

Eso no tenía sentido. Abel siempre había tenido una imagen intachable frente a sus padres, familiares, vecinos y amigos.

Solo con Miguel sacaba a relucir su lado más cruel y violento y si Noah lo conocía era porque él se lo había contado.

No creía que nadie más de su círculo supiera lo que escondía Abel tras la máscara.

No obstante, Noah se echó a reír ante su pregunta.

—¡No, idiota! No el barrio en el que vivíais, el barrio en el que iba a pillar su mierda. La verdad, no me extraña que alguien le jodiese la moto, se lo iba buscando él solito.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

Miguel sabía a la perfección lo que había pasado con la moto de Abel.

Cuando sufrió el accidente, la policía no tardó en descubrir que los frenos habían sido cortados, dando esto lugar a la hipótesis de un sabotaje.

Sin embargo, aunque hubo muchos interrogatorios, nunca encontraron a un sospechoso adecuado.

Nadie parecía albergar rencor hacia aquel chico tan agradable y perfecto.

Nadie excepto Miguel, pero eso era algo que se guardó para sí mismo en todo momento.

Es cierto que Abel había dado positivo a cocaína en la autopsia, algo que resultó devastador para los padres, aun así, no se indagó más allá.

Hasta donde Miguel sabía, la policía nunca buscó a quien le había vendido la droga ni investigaron si alguien estaba molesto con su hermano en el lugar donde compraba.

Lo cierto es que hasta entonces a Miguel tampoco se le había ocurrido la posibilidad de que otras personas además de él podían haber conocido la parte oscura de Abel.

—¿No lo sabías? —Su prima se mostró sorprendida—.

Cuando estaba lejos de casa, a Abel le encantaba causar problemas.

Era un chulo y un hijo de puta, vaciló a mucha gente a la que no debería ni haber mirado y debía pasta a más de uno.

Seguro que lo de los frenos fue cosa de alguien a quien le había tocado las pelotas más de la cuenta.

—El tono de Noah se suavizó y la joven se inclinó hacia él con una sonrisa cálida—.

En serio, Migue. Deja de culparte. Lo que sea que pasó no tiene nada que ver contigo.

No es justo que sufras por Abel. No se lo merece.

No era cierto. Miguel tenía todos los motivos del mundo para sentirse culpable.

Era un monstruo, un rebelde, un pecador.

Hizo algo horrible y ya no había vuelta atrás.

¿Qué pensaría Noah si lo supiera, si conociera la profundidad de sus emociones, lo corrupto de sus actos?

¿Sería capaz de aceptarlo? ¿Se lo tomaría con tanta calma como aparentaba ahora?

En realidad no importaba, porque, pasara lo que pasara, eso era algo que no estaba dispuesto a averiguar.

Miguel dejó el vaso sobre la barra cuando la necesidad de huir lo invadió de golpe.

—¿Qué tal si nos vamos? Estoy cansado.

Su prima respondió con una mueca.

—Pero aún es pronto…

—¿Tienes hierba? Podríamos ir a mi casa, fumar algo, estar de tranquis … Mejor que aquí, este sitio me está agobiando.

—¡Por supuesto que tengo hierba! —exclamó Noah con indignación solo fingida a medias—. ¿Tienes alcohol en casa?

—Sí.

Su prima asintió con solemnidad antes de encaminarse hacia la puerta.

—Entonces vamos, podemos divertirnos los dos solos.