¿Quién eres cuando nadie mira? 18 de noviembre, 2019
9%

18 de noviembre, 2019

Tras un encuentro tan accidentado, lo lógico habría sido alejarse, pero Miguel no estaba dispuesto a dejar las cosas así.

Aunque al principio se había decidido a ignorarlo y fingir que nada había ocurrido, pronto comprendió que aquello no iba a funcionar.

La inquietud que le invadió el viernes persistió a lo largo de todo el fin de semana y comenzó a evolucionar a medida que se acercaba el lunes.

Le gustaría decir que estaba asustado, que había visto en Ángel a uno de esos matones de instituto que le hicieron la vida imposible durante tantos años, que temía que su etapa universitaria fuera a convertirse en su infierno particular.

No era así. En su lugar, había surgido un sentimiento al que prefería no ponerle nombre.

Un interés morboso que lo impulsaba a entregarse a lo que sea que Ángel deseara de él, que lo colocaba de nuevo en la posición de la que había escapado hacía tanto, esa que odiaba y anhelaba a partes iguales.

Debía frenarlo cuanto antes. Si se dejaba llevar, no habría vuelta atrás y Miguel no estaba dispuesto a tolerarlo.

Era tan doloroso, tan tentador, tan repulsivo y atractivo al mismo tiempo, que si no lo empujaba ahora mismo al fondo de su mente estaba seguro de que acabaría perdiéndose por completo.

Por eso había madrugado esa mañana. Nunca había sido muy amigo de levantarse temprano, pero sabía que Ángel iba pronto a clase para coger sitio en las primeras filas y ese era el mejor momento para abordarlo.

El resto del tiempo se encontraría rodeado por sus amigos y Miguel no se sentía capaz de encararse con él mientras lo arropase su grupo.

Había llegado media hora antes de que empezara la clase, esperando ser el primero para acercarse a Ángel en cuanto entrara.

Sin embargo, no pudo evitar sorprenderse al descubrir que su compañero ya estaba allí.

Sentado en la segunda fila, Ángel repasaba sus apuntes con la frente ligeramente arrugada, en apariencia tan concentrado que no se había dado cuenta de la entrada de Miguel en el aula.

¿A qué hora llegaba a clase entonces? ¿Es que iba una hora antes solo para sentarse en la segunda fila o qué?

¿No necesitaba dormir? ¿No tenía otra cosa que hacer?

Miguel meneó la cabeza para apartar todos esos pensamientos.

¿Qué le importaba a él? De hecho, mucho mejor.

No había nadie más en el aula y no tendría que esperar a que llegase, era justo lo que quería.

Y, no obstante, no podía evitar sentirse molesto.

Ángel parecía tan aplicado, tan perfecto…

Aquella actitud estudiosa que mostraba en ese momento lo estaba poniendo de los nervios.

Daba igual. Sabía lo que tenía que hacer, lo había practicado mucho en su cabeza a lo largo del fin de semana, no se iba a dejar amedrentar ahora.

Con toda la confianza que fue capaz de reunir, Miguel se acercó hasta Ángel y se dejó caer en el asiento a su lado, intentando ocultar el nerviosismo que sentía tan bien como fue posible.

—¿No tienes nada que decirme?

Lo soltó sin miramientos, en un tono de enfado que, sin embargo, no sonó tan intimidante como deseaba.

De hecho, por la mirada inquisitiva de Ángel y la forma en que alzó las cejas se dio cuenta de que probablemente estaba haciendo el ridículo.

No le importó. Sabía a lo que había ido y lo que quería conseguir, no iba a parar ahora.

—No lo sé… —respondió Ángel tras observarlo un rato en silencio—. ¿Buenos días?

Sus labios se habían contraído en una media sonrisa no carente de sorna y su tono era irónico cuando le contestó. Por supuesto, sabía a qué se refería Miguel, ¿cómo no iba a hacerlo? Solo se estaba burlando de él.

—Déjate de tonterías, ladrón. Ya sabes de lo que hablo.

—¿Ladrón? ¿No te parece que es muy temprano para andar lanzando acusaciones tan graves?

—¿Cómo llamas a alguien que le quita algo a otra persona sin permiso?

Ángel reflexionó sobre ello durante un rato. Por su expresión concentrada, cualquiera diría que de verdad estaba haciendo un esfuerzo por entender qué quería decir Miguel. Sin embargo, terminó por negar con la cabeza.

—En serio, no tengo ni idea de a qué viene esto.

Miguel soltó una carcajada incrédula. Era increíble. ¿Durante cuánto tiempo pensaba seguir con esa broma?

—El paquete de tabaco —explicó con paciencia—. El viernes. Me lo robaste.

—Ah, ¿era eso? No lo robé, no es algo que me interese, yo no fumo.

De hecho, lo tiré a la basura, pero entiendo por qué podrías verlo de ese modo.

—Mientras hablaba, Ángel sacó su cartera, cogió un billete de cinco euros y lo dejó en la mesa frente a Miguel—.

¿Es eso suficiente? No sé a qué precio está el tabaco, pero debería bastar, ¿no?

Humillado. Así es como se sintió Miguel.

¿De veras le parecía tan simple? ¿Le acorralaba contra la pared, lo registraba sin su consentimiento, se burlaba de él y le robaba y creía que con pagarle el tabaco podía arreglarlo?

Y no obstante, en su sonrisa inocente nadie podría haber adivinado una mala intención.

—Olvídalo —respondió Miguel, devolviéndole el dinero a su dueño. Tuvo que hacer un soberano esfuerzo por contener su enfado—. No se trata de eso.

—¿Entonces qué?

—Quiero que me dejes en paz, eso es todo. No quiero que vuelvas a acercarte a mí. No me hables, ni siquiera me mires. No quiero saber nada de ti.

Durante un rato, Ángel no respondió. Se limitó a estudiarlo con atención, tal vez dudando de la sinceridad de sus exigencias.

Miguel le sostuvo la mirada, sus ojos color miel firmes ante el ataque de aquellos puñales helados.

Lo cierto es que deseaba apartar la vista, incómodo ante la intensidad en el gesto de su compañero, pero se obligó a sí mismo a soportarlo.

Si quería dejar clara su posición, no podía permitir que lo amedrentara con tanta facilidad.

Y de pronto, Ángel rompió a reír. Lo sincero de sus carcajadas logró confundirlo, pero también hacerlo sentir más molesto.

¿Por qué todo lo que decía le resultaba tan divertido?

¿Es que le había visto cara de payaso? Bien, Miguel sabía que no era una persona intimidante, sobre todo si se comparaba con Ángel.

El otro chico era más alto, más fuerte y, aunque solo le sacaba un par de años, su apariencia era mucho más madura que la de Miguel, cuyos rasgos suaves y aniñados lo hacían sentirse condenado a ser un eterno adolescente a pesar de su edad.

Aun así, no le parecía justo que Ángel se riera de él.

Lo que estaba pidiendo no era tan descabellado.

—¿Te parece gracioso?

—Pues sí, lo cierto es que sí —Ángel se inclinó hacia él y se puso serio de repente—.

¿Quieres que te deje en paz? Pero si eres tú quien ha venido a hablar conmigo.

Has madrugado solo para verme, ¿verdad? Siempre llegas tarde, pero justo hoy vienes temprano y te sientas a mi lado…

¿Para pedirme que no te hable y te deje en paz?

En todo caso debería ser al revés, yo debería pedirte que me dejes tranquilo.

No es normal que te levantes temprano solo por mí. Pareces un acosador.

Por un momento, Miguel tuvo el impulso de darle una bofetada.

¿Cómo podía ser tan descarado? ¿Un acosador?

¿Él? Y, no obstante, su furia se apagó tan pronto como había aparecido, sustituida por la vergüenza.

Visto desde fuera, sí podía parecer lo que Ángel había descrito, aunque si Miguel había actuado así fue solo porque su compañero empezó primero.

No tenía sentido que la situación se volviera en su contra.

—Eso no es… Sabes que… —empezó a balbucear. Entonces agitó la cabeza, tratando de ordenar sus pensamientos. Empezaba a sentir que estaba haciendo el ridículo—. Sí, soy yo el que ha venido a hablar contigo. Pero solo porque lo que hiciste el viernes no estuvo bien. Me debes una disculpa.

Ángel se mostró confuso ante aquello último.

—¿Por qué? Si te estaba haciendo un favor. Lo digo en serio, no te conviene fumar. Que mueras joven sería un desperdicio. Además, me he ofrecido a pagarte el tabaco para que no sientas que te he robado. ¿Por qué debería disculparme?

Solo en ese momento Miguel se dio cuenta de que no tenía sentido continuar la conversación.

Ángel no iba a admitir su error. O de verdad no comprendía por qué actuar así estaba mal y entonces nada de lo que dijera Miguel podría convencerlo, o sí lo entendía, pero se negaba a reconocerlo porque quería seguir burlándose de él.

Lo que estaba claro era que no iba a obtener una disculpa de su compañero y llegados a ese punto ya no le apetecía seguir intentándolo.

—Da igual. Por esta vez, voy a dejarlo pasar, pero no quiero que vuelva a ocurrir algo así. No me importan tus consejos, métete en tus asuntos y déjame vivir mi vida. Tú no me molestas y yo no te molesto, ¿qué te parece?

—Si eso es lo que quieres… —respondió Ángel con un encogimiento de hombros. Parecía que la conversación también había empezado a aburrirle a él.

Dándose por satisfecho, Miguel se puso en pie, pero antes de que pudiera irse Ángel volvió a llamarlo.

—¿Haces algo esta tarde? Si no, me gustaría invitarte a comer.

En esta ocasión, fue Miguel el que se echó a reír. Sí, estaba claro, Ángel debía de verlo como a un payaso, no existía otra razón por la que pudiera actuar así.

—¿Estás de coña? ¿Es que no has oído nada de lo que he dicho?

—Lo digo en serio. No sabía que lo del viernes te había sentado tan mal. Deja que te invite a comer para compensártelo y así de paso damos por pagado el tabaco. ¿Qué te parece?

¿Era posible que…? No, claro que no. Eso era absurdo.

Aunque ahora que lo pensaba, en los dos años en los que había conocido a Ángel, no tenía constancia de que se hubiera liado con nadie.

Sí que lo había visto tontear con varias de las chicas de clase, pero nunca había llegado a nada más.

Tampoco había rumores sobre las veces que salía de fiesta ni indicios de que Ángel tuviera una pareja estable.

Lo más probable es que su compañero fuera una persona discreta, nada más.

¿Pero y si no era eso? ¿Y si a Ángel le interesaban los hombres o, más concretamente, Miguel?

¿Había sido lo del viernes una excusa para atraer su atención?

¿Una forma retorcida de acercarse a él y tener un motivo para invitarlo a comer?

Miguel esbozó una sonrisa torcida. No, solo estaba viendo lo que quería ver.

Aun si a Ángel le gustasen los chicos, ¿por qué iba a fijarse en él?

Su compañero se pasaba todo el día rodeado de personas mucho más interesantes, hombres más divertidos, atractivos e inteligentes que Miguel.

Alguien tan perfecto como Ángel no perdería más de dos minutos con el rarito solitario que se sentaba al fondo de la clase.

No cuando había candidatos mucho más adecuados.

Y, sin embargo, era a él a quien estaba invitando a comer.

Miguel apartó esa idea al momento. Aquello era sin duda una trampa.

Ángel ya le había mostrado su verdadera naturaleza.

No era un chico bueno que estuviera deseando compensarlo por una broma de mal gusto de la que se arrepentía.

Era un capullo cruel que buscaba reírse a su costa.

Sabía que hiciera lo que hiciera, nadie se pondría de parte de Miguel, por lo que podía burlarse de él tanto como quisiera.

Y aunque Ángel había arrugado la frente y sus labios se contraían en un gesto de preocupación, como si de verdad se sintiera mal por lo que había hecho, su mirada seguía mostrando la fría calma de siempre.

No, daba igual qué hubiera planeado para esa supuesta comida, Miguel no iba a seguirle el juego.

Por mucho que una parte de él ansiara dejarse llevar y descubrir hasta dónde llegaba la depravación de Ángel, si había ido a hablar con su compañero era precisamente para dejar claro que no estaba dispuesto a caer en sus redes.

—No, gracias. Como ya te he dicho, solo quiero que me dejes en paz. No tengo ningún interés en que seamos amigos.

—¿Ah, no? —En lugar de amedrentarse, Ángel respondió a su rechazo con una sonrisa—. Bueno, eso ya lo veremos.

Y aunque Miguel se dio media vuelta fingiendo no haberlo oído, no pudo evitar un estremecimiento. Porque a pesar de su tono suave y su expresión amable, aquellas últimas palabras dejaban entrever una amenaza latente.