¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de noviembre, 2019
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15 de noviembre, 2019

—¿Qué haces aquí solo?

Miguel dio otra calada a su cigarrillo. ¿No era obvio? Había salido a fumar. La pregunta le pareció tan estúpida que decidió no contestarla. Además, ¿qué le importaba a él? No es como si fueran amigos, no tenía por qué meterse en sus asuntos.

La verdad es que la respuesta no era tan sencilla como podía aparentar.

Miguel no había salido a la calle porque le apeteciera fumar, estaba allí porque necesitaba alejarse de todos durante un rato, incluso si eso significaba llegar tarde a clase.

Había demasiado ruido en el aula, demasiadas conversaciones insulsas, un ir y venir de personas con las que nada tenía que ver, ante las que se sentía pequeño e invisible.

Siempre había sido así, ya fuera en el colegio, en el instituto, en casa o en la universidad, no parecía haber lugar para él.

Así que había tenido que alejarse de todos y tomarse un rato para sí mismo.

Quizás tras un cigarrillo a solas y un par de trankimazines dejara de sentirse como un extraño en su propio cuerpo y pudiera regresar a su actuación de normalidad en la que se esforzaba por fingir que todo iba bien.

Sin embargo, Ángel parecía empeñado en estropear su momento.

Indiferente al rechazo que implicaba el silencio taciturno de Miguel, seguía de pie ante él, mirándolo con aquella sonrisita que le provocaba escalofríos.

No entendía qué era lo que todo el mundo veía en aquel chico.

Sí, es cierto que era inteligente, ingenioso y atractivo.

Su pelo oscuro contrastaba con su piel clara, sus rasgos finos y suaves solían mostrar un gesto amable e iban bien con su voz dulce.

Y por si fuera poco, también tenía un buen cuerpo, que evidenciaba la práctica habitual de deporte.

Pero eso no era lo único que llamaba la atención, claro.

Ángel siempre parecía tener la respuesta adecuada, sabía qué decir, cómo y cuándo para que todos se divirtieran y se sintieran bien.

Estaba enterado de cuanto ocurría en la clase y nunca decepcionaba.

Sus notas eran brillantes y tanto alumnos como profesores parecían encantados con él.

Encantados, sí, esa era una buena palabra.

Daba la impresión de que estaban atrapados por algún tipo de embrujo.

Y Miguel también podría haber caído… Si no fuera por aquellos ojos.

¿Es que nadie más era capaz de verlo? Como el resto de sus rasgos, Ángel tenía unos ojos bonitos.

Azules, brillantes… Y carentes de toda emoción.

Daba igual que riera, que bromeara, que frunciera el ceño con preocupación o que se mostrara molesto ante algo.

Su mirada siempre era la misma. Lo que fuera que pretendía expresar en cada momento nunca se reflejaba en sus ojos y eso a Miguel le incomodaba sobremanera.

Porque cada vez que Ángel sonreía como estaba haciendo ahora, era incapaz de ver en ello un gesto amistoso.

Todo lo que percibía era una burla silenciosa, una actuación deshonesta que ocultaba intenciones difíciles de descifrar.

Era una señal de alerta y sus instintos le gritaban que Ángel se estaba riendo de todos los que le rodeaban, disfrutando de cómo bailaban en su mano, sin ningún interés real por nadie.

Aunque por supuesto, también podía equivocarse.

Al fin y al cabo, estaba juzgando a un chaval al que apenas conocía por la sensación que le producía su mirada.

¿Acaso eso era racional? ¿No sería que en el fondo le tenía envidia?

Eso era justo lo que habrían dicho sus padres si supieran cómo se sentía.

Ángel era lo que él nunca podría ser. Parecía tenerlo todo, demasiado perfecto para ser real.

Como su hermano.

Miguel sacudió la cabeza para apartar ese pensamiento.

Era una idea que ya se había planteado antes, pero prefería no darle importancia.

Ángel le recordaba a Abel, ¿cómo no iba a hacerlo?

Su hermano también había sido ese chico maravilloso al que todos quieren y admiran, ese del que jamás se podría sospechar una falta.

El mejor amigo, el mejor estudiante, el mejor hijo.

Y también el bastardo retorcido que convirtió su infancia en un infierno, aunque nunca nadie le hubiera creído.

Quizás por eso le incomodaba tanto Ángel.

No por lo que realmente percibía en su compañero, sino por el recuerdo que evocaba y los complejos sentimientos que nacían ligados a ello.

De todos modos, tener a Ángel cerca era lo último que le apetecía en ese momento. Y no obstante, no parecía que fuera a librarse de él. Al contrario, ya que el estudiante dio un paso hacia Miguel, hasta situarse más cerca de lo que a cualquiera le resultaría aceptable.

—No sabía que fumaras.

Miguel hizo una mueca despectiva, antes de echarse hacia atrás para apartarse de él y apoyarse tanto como era posible en la pared a su espalda.

—Ya ves, cada día se aprende algo nuevo.

¿Por qué lo estaba mirando de esa forma?

Como si fuera una especie de presa a la que quisiera echarle el diente.

Y en esta ocasión Miguel estaba seguro de que no eran imaginaciones suyas.

Había algo violento en la expresión de Ángel, sobre todo en la forma en que amplió su sonrisa y ladeó la cabeza, sin apartar ni por un momento los ojos de él.

Miguel desvió la vista, dispuesto a ignorarlo mientras terminaba de fumar.

Debía haberse vuelto loco. ¿Por qué si no estaba ahí de pie sin decir nada, observándolo fijamente, como si de verdad hubiera algo interesante que ver en él?

Estaba a punto de ordenarle que se largara de la forma más desagradable posible cuando Ángel salió de su parálisis.

De pronto, su gesto se suavizó y recuperó la sonrisa amistosa de costumbre.

Nadie podría decir que hacía un momento estaba mirándolo como un animal sediento de sangre.

—La verdad es que no te pega nada.

—¿Y…

Pero Miguel no pudo terminar. Con un movimiento repentino, Ángel le arrancó lo que quedaba del cigarrillo de las manos, lo tiró al suelo y lo apagó con la suela del zapato.

—¡Eh! ¡¿Qué coño estás haciendo?!

—Fumar es malo para la salud. Deberías saberlo, estudias medicina.

—¿Y? Eso no es asunto tuyo.

Ángel meneó la cabeza y extendió la mano hacia él.

—Dámelo.

­­­—¿El qué?

—El paquete.

Ya está. Se había vuelto loco de verdad. No era una impresión, era un hecho. ¿A cuento de qué haría algo así si no?

—Vete a la mierda.

Suficiente. Aquello era absurdo, no iba a perder más el tiempo allí.

Lo mejor sería volver a clase y olvidarse de lo que acababa de pasar.

Tomada esta determinación y tras entornar los ojos, Miguel hizo ademán de marcharse, pero Ángel no parecía estar de acuerdo con ello.

Antes de que Miguel tuviera tiempo de reaccionar, su compañero lo había sujetado por el hombro, empujándolo de nuevo contra la pared y comenzando a registrar sus bolsillos sin miramientos.

—¿Qué cojones? ¡Suéltame! Puto loco.

—Menudo vocabulario… —rio Ángel, ignorando por completo su forcejeo—. Tampoco esperaba eso de un chico tan dócil y agradable como tú.

Miguel se quedó quieto. ¿Dócil? ¿Agradable? ¿De verdad era así cómo lo veía? Sí, debía de parecerle muy dócil, si no, no estaría hurgando en su ropa con tanta soltura.

—Ah, aquí está —exclamó por fin Ángel, agitando el paquete de tabaco frente a él—. ¿Tienes algo más?

—¿Algo más de qué?

Ángel se echó a reír y en esta ocasión a Miguel sí le pareció una risa sincera.

Por primera vez desde que lo conocía, de verdad le daba la impresión de que Ángel se estaba divirtiendo.

A su costa, claro. Robándole el tabaco y forzándolo a quedarse con él, manteniéndolo atrapado entre su cuerpo y la pared.

Y aunque la situación debería haberle enfurecido, lo cierto es que empezaba a sentirse intrigado.

Sobre todo cuando Ángel se inclinó sobre él, pegó su nariz al cuello de Miguel y aspiró su aroma antes de responder.

—¿No lo sabías? —murmuró contra su oído—. Apestas a porros.

Menuda estupidez. Miguel ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que había fumado verde.

¿Hacía un par de semanas, cuando salió con Noah?

¿O tal vez fue el martes, tras verse incapaz de conciliar el sueño a pesar de los ansiolíticos?

De un modo u otro, era imposible que Ángel lo oliera.

Había sido hacía días, con otra ropa y en ese momento no llevaba nada encima.

Además, tampoco es como si tirara del cannabis de forma habitual.

Tan solo fumaba a veces, cuando no había nadie más en casa y la ansiedad le sobrepasaba o cuando salía con su prima y las cosas empezaban a irse un poco de las manos.

Pero Ángel no podía saberlo, así que los más probable es que su compañero hubiera lanzado aquello como una provocación, un intento más de humillarlo.

Le encantaría poder decir que no había funcionado, sin embargo, Miguel apretó los labios, incapaz de responder.

No es que se sintiera avergonzado, claro, no tenía motivos para ello.

Lo que pasaba es que no quería compartir eso con Ángel.

O con nadie más. Ninguna otra cosa, de hecho.

Lo único que le apetecía era que lo dejaran un rato solo, ¿de verdad era tanto pedir?

Como si le hubiera leído el pensamiento, Ángel por fin se apartó. Sus ojos seguían manteniendo un brillo burlón cuando volvió a enseñarle el paquete de tabaco, antes de guardárselo en el bolsillo.

—Me llevaré esto, no te conviene. De hecho, los porros tampoco. Deberías dejarlo, tómatelo como el consejo de un amigo. Nos vemos.

Ángel se dio media vuelta y se alejó de allí con actitud relajada, no sin antes dedicarle un guiño y un vago gesto de despedida.

¿Amigos? ¿Desde cuándo eran amigos? Apenas habían intercambiado unas pocas palabras en los dos años que llevaban de carrera y siempre habían sido conversaciones superficiales en relación a alguna asignatura.

¿A eso lo llamaba ser amigos? Además, lo que acababa de hacer distaba mucho de lo amistoso.

Era una conducta más propia de un matón o un acosador que de un amigo. Miguel debería sentirse furioso con él.

Y, no obstante, sus emociones distaban mucho de aquello.

Sí, cierto, estaba molesto, cualquiera lo estaría.

El tabaco no era barato y además Ángel lo había empujado y toqueteado, no tenía ningún derecho a hacer algo así.

Por no hablar de lo humillante que resultaba su condescendencia.

Pero en lugar de enfado, lo que dominó en ese momento a Miguel fue la curiosidad.

Esa curiosidad malsana que de seguro algún día terminaría siendo su perdición, la que le invadía cuando se enfrentaba a una situación peligrosa, cuando sabía que bajo ninguna circunstancia debía hacer lo que fuera que estuviera pensando en hacer.

Y junto a eso se encontraba el conocido anhelo de destrucción, el mismo que aparece cuando se mira al vacío desde una gran altura, el impulso de saltar y desaparecer en un instante.

Miguel parpadeó despacio y entonces rompió a reír.

A él también se le estaba yendo la cabeza.

¿Qué vacío, qué peligro? ¿A qué venían todas esas tonterías?

Ángel no era más que un chaval inmaduro jugando a hacerse el interesante.

O tal vez era un capullo que había estado fingiendo ser perfecto hasta que se había aburrido de actuar.

Pero ¿por qué desenmascararse ante él? ¿Era porque Miguel le parecía “dócil y agradable”, en sus propias palabras?

¿Creía que sería fácil burlarse de él, reírse a su costa?

¿O es porque pensaba que si Miguel contaba que en realidad Ángel era un cabrón, nadie le creería?

No sería la primera vez que ocurría algo así, el recuerdo de su hermano lo evidenciaba.

Lo más probable es que le estuviera dando demasiadas vueltas a algo sin importancia, otorgándole un significado más profundo del que tenía en realidad.

Lo mejor sería olvidarlo, regresar a clase y hacer como si nada hubiera ocurrido.

Y si Ángel volvía a acercarse a él, entonces le dejaría las cosas claras desde el principio.

Miguel ya no era un niño al que hacerle la vida imposible.

Para bien o para mal, había aprendido a defenderse y no dejaría que volvieran a pisotearlo.

Y no obstante, su corazón continuaba latiendo acelerado y el cosquilleo del deseo aleteaba en su estómago.

Aunque fuera irracional, no podía librarse de la sensación de que tras aquel encuentro había mucho más de lo que parecía.

El mero hecho de haber revivido las viejas memorias de la infancia tampoco parecía suficiente para explicar su inquietud.

Miguel echó a andar, alejándose de la facultad.

Era viernes y estaba cansado. Había tenido una semana difícil, el aula seguiría siendo un lugar muy poblado para su gusto y su mente se encontraba demasiado frenética para concentrarse en las clases.

¿De qué le serviría estar allí? Lo mejor sería volver a su piso y, ahora sí, tomarse ese tiempo a solas que tanto necesitaba.

De todos modos, nadie le iba a echar de menos si desaparecía algunas horas.