15 de abril, 2023. 0837h #3
Ángel era consciente de la impresión que causaba en los demás.
Sabía que resultaba agradable, que era un buen conversador y que la mayoría de la gente anhelaba su compañía.
En general, se podía decir que era muy atractivo y no solo a nivel físico, aunque en ese aspecto también estaba seguro de jugar con ventaja.
Su altura, su constitución atlética, sus ojos claros de gesto amable que contrastaban con su pelo negro, la voz dulce y la capacidad de esbozar siempre la expresión adecuada en el momento preciso habían sido de gran ayuda a la hora de ganarse la confianza de la gente a su alrededor.
Por eso la actitud de Miguel le había resultado tan sorprendente.
Aquel chico bajito, rizos rubios, mirada color miel, rostro pecoso y gesto desdeñoso y esquivo no solo no parecía interesado en acercarse a él, sino que lo contemplaba con desprecio y en alguna ocasión Ángel lo vio entornando los ojos ante sus comentarios ingeniosos.
Es cierto que Miguel era un chico callado, que siempre se sentaba solo y que nunca salía con sus compañeros, por lo que sin lugar a dudas se le podía considerar el rarito de la clase, pero Ángel esperaba que con el fuera diferente.
No iba a negarlo, aquella conducta suponía un soplo de aire fresco.
Aunque tener un nutrido grupo de amigos y ser una figura destacada de manera positiva entre su clase fuera beneficioso para él, Ángel enseguida había empezado a aburrirse.
Sí, ser elegido delegado le hizo sentir bien durante un rato, pero la sensación no duró mucho.
Siempre era lo mismo. En las raras ocasiones en las que lograba interesarse por algo, hacía todo lo que fuera necesario para conseguirlo.
No obstante, una vez que lo tenía, dejaba de importarle y la acostumbrada sensación de vacío y tedio volvía a imponerse.
Y así seguía hasta que encontraba un nuevo entretenimiento.
Al principio, la popularidad que adquirió en su clase le supuso un buen aliciente, pero ahora ya se había aburrido y necesitaba otra cosa en la que enfocar su atención.
Ahí era donde entraba Miguel en juego. Ya fuera por timidez o por desinterés, el joven se mantenía aislado y respondía de forma negativa a cualquier intento por acercarse.
Por eso, Ángel se vio obligado a cambiar de estrategia.
Su disfraz habitual no funcionaría con Miguel, así que decidió dejarle ver un poco de su verdadero yo y estudiar su reacción.
Solo por curiosidad, por lo impredecible que aquel chico le resultaba.
Hasta ahora, las personas que llegaban a conocerlo de verdad siempre habían actuado igual.
Lo habían abandonado, se alejaron de él, lo trataron como a un monstruo y no supieron tolerar la realidad oculta tras aquel rostro agradable.
Con Miguel tenía la sensación de que las cosas serían distintas.
No se equivocaba. Es cierto que al principio se había mostrado reticente, que sus respuestas eran desagradables y su actitud esquiva, sin embargo, Ángel era persistente y pronto se dio cuenta de que aquello no se debía al rechazo, sino todo lo contrario.
Aquel chico podía verlo. Lo había hecho desde el primer momento, tal vez no de forma consciente, pero sí lo suficiente para notar una incongruencia entre lo que Ángel mostraba y lo que él percibía, una pequeña señal de alarma que debería impulsarlo a huir.
Y aunque en apariencia eso hacía al intentar mantener las distancias, poco a poco Miguel fue aceptando sus acercamientos, hasta ser él mismo el que lo invitó a su casa.
Ese día lo comprendió. Su compañero no lo rehuía porque tuviera miedo, al contrario, lo que había descubierto en Ángel le atraía tanto que temía perderse a sí mismo si cedía ante sus impulsos.
¿De dónde surgía ese interés? ¿Qué asustaba tanto a Miguel como para resistirse a él?
Si temiera algún daño, lo razonable era rechazarlo de pleno, no lanzarle aquella mirada intensa cargada de preguntas que Ángel no podría responder ni aunque quisiera.
Al igual que él, aquel chico sentía curiosidad.
Estaba aburrido de todos a su alrededor, un anhelo de violencia yacía bajo su aspecto calmado y el interés por ver qué ocurriría en las situaciones más extremas lo obligaba a aislarse del resto.
No había nada que probara esta intuición, pero tras aquella invitación desganada Ángel lo comprendió de golpe y supo que no había forma de que lo dejara pasar.
Por primera vez en su vida, sentía que de verdad quería conocer a alguien.
La breve epifanía puso en juego una nueva emoción, una sensación de comprensión, de conexión a otro ser humano, de forma tibia, sí, pero cierta hasta el punto de impulsarlo a revelarse por entero ante él.
No obstante, Ángel conocía los riesgos y era obvio que Miguel no estaba listo para aquello.
Quizás algún día, cuando lograra hacerle dejar atrás aquellas inhibiciones y prejuicios absurdos que todavía parecían guiarlo.
Y tal vez entonces su amigo también se atreviera a desvelar el secreto que guardaba con tanta fiereza.
Porque Ángel estaba seguro de que tras su propio disfraz Miguel ocultaba algo con la magnitud suficiente para empujarlo a la autodestrucción.
Así, ambos habían iniciado un peligroso baile en el que cada uno se esforzaba por mostrar sus sombras sin llegar a desenmascararse, esperando que fuera el otro el que por fin diera el primer paso.
Al comenzar a salir con Miguel, se enteró de otra cosa que no le resultó tan agradable.
Por lo visto, el joven no era un ermitaño irredimible, sino que tenía un grupo de amigos muy diferente al que podría encontrar en su clase.
Es cierto que había sido un descubrimiento interesante y hasta cierto punto podía apreciar las diversiones de aquel grupo, sin embargo, enseguida se volvió un problema.
Sobre todo porque en el centro de se encontraba Noah, la prima de Miguel y un auténtico dolor de cabeza para Ángel.
El estudiante se puso en pie y comenzó a caminar por la habitación a grandes zancadas.
Noah, eso es. Ella era la razón por la que a Ángel no le apetecía quedar ese viernes.
¿Cómo iba a apetecerle? Después de una semana especialmente dura, encontrarse con ella era una prueba de fuego.
Noah era inestable, agresiva, impredecible y problemática hasta puntos que sobrepasaban lo legal.
En lo físico, se parecía a Miguel, con los mismos ojos color miel, las pecas y el aspecto menudo, pero en cuanto al carácter, ambos se encontraban a años luz.
Por no hablar del tema del consumo, que parecía ser una parte obligatoria de su rutina cada vez que salía.
En otras circunstancias, a Ángel no le importaría.
Si esa chica decidía colocarse y buscar bronca con cualquiera que la mirara más de dos segundos, eso era asunto de ella.
Mientras no lo salpicara, podía tolerar esas conductas o incluso intervenir para calmar los ánimos cuando las cosas empezaban a salirse de control.
El problema era la actitud de Noah hacia él.
Resultaba demasiado descarada, siempre insinuándose, acercándose más de la cuenta, tratando de encontrar algo que jamás podría ofrecerle.
Y aunque ese tipo de atenciones le divertían y Ángel llegaba a buscarlas y fomentarlas como una forma de entretenerse, con Noah resultaba demasiado arriesgado.
No solo porque desde el primer momento en que la vio le había llamado la atención.
Había jugado con chicas que le parecían atractivas antes, las había camelado, había aceptado sus avances, les había permitido ilusionarse…
Y después había parado. Conocía dónde estaba el límite y a pesar de que le encantaba tantearlo, sabía cuándo llegaba el momento de alejarse.
Pero con Noah no estaba seguro de que pudiera contenerse.
Esa chica era ingobernable y despertaba sus instintos más oscuros.
No era tan dócil y manejable como las desconocidas con las que solía tontear y no creía que fuera a aceptar su negativa a continuar con tanta facilidad.
Si empezaba aquel juego con ella, lo más probable era que no pudiera dar marcha atrás.
Noah insistiría, lo desafiaría y entonces él…
No, eso no podía ocurrir. Pero cada vez que se veían, la joven seguía tentándolo y Ángel tenía que poner todo su empeño en resistirse.
Resistirse… Ni que fuera un salvaje. Pero lo cierto es que había ocasiones en las que de verdad se sentía así, como una especie de animal dominado por impulsos violentos que a duras penas podía reprimir.
Esos anhelos que lo invadían iban mucho más allá del mero deseo, eran una auténtica necesidad, tanto como respirar.
Las cosas que los demás requerían para sobrevivir no funcionaban con él.
Ángel por fin se sentó en una de las butacas y dejó escapar un suspiro.
El amor, la amistad, el cariño, la comprensión, la compañía de otros…
En su mayor parte todo aquello le sonaba absurdo y no lograba satisfacer ni un ápice de sus necesidades.
Lo que su corazón reclamaba se trataba de algo muy diferente.
Era el dolor, el caos, la violencia, la destrucción y el poder, ante todo el poder, para tomar aquello que desease y ejercer un absoluto control sobre la vida y la muerte.
Y por supuesto, el despertar de la emoción, esa posibilidad de por fin sentir algo en medio de ese vacío que habitaba en su pecho.