¿Quién eres cuando nadie mira? 15 de abril, 2023. 0837h #2
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15 de abril, 2023. 0837h #2

Ángel hizo una mueca. Era mejor ignorar aquella vocecilla irónica que resonaba en el fondo de su mente, aunque supiera que tenía razón.

Estrangulada. Así era siempre en sus fantasías.

Casi sin esfuerzo, Ángel cubrió las marcas oscuras con sus dedos.

¿Encajaban ahí? ¿Era ese el tipo de marcas que dejaría si hubiera sido él?

Se movió a un lado y a otro buscando el ángulo adecuado, estudiando la piel bajo sus manos con atención, pero al final se apartó con un bufido frustrado.

—¿Cómo coño voy a saber si encajan? No es como si fuera forense… No puedo saber si he sido yo.

«¿Entonces quién, Ángel? ¿Acaso hay alguien más aquí? ».

No, no lo había, y sabía que cualquier otro planteamiento carecía de sentido.

Bien, era cierto que alguien podía haber entrado en la habitación mientras dormía para estrangular a la chica y dejarlo, literalmente, cargar a él con el muerto.

Pero era tan improbable que no creía que la policía fuera a tragarse aquello.

Él no lo haría. Visto desde fuera, los hechos parecían bastante claros.

Había salido de fiesta y bebido mucho. O quizás consumido alguna droga, Dios sabe cuál.

Después se había ido con una chica que no conocía a un hotel y había acabado matándola.

Eso es lo que cualquiera pensaría si veía aquella escena.

Y, siendo sinceros, ¿de verdad podía ser otra cosa?

Ángel sabía que era capaz de ello, sobre eso no dudaba.

Lo único que tenía que decidir ahora era qué pensaba hacer al respecto.

La opción más sencilla sería entregarse.

Podía ducharse, vestirse y llamar a la policía.

Lo llevarían al calabozo, pero al menos iría con dignidad y un aspecto presentable, sin armar un escándalo innecesario a su alrededor.

¿No era eso lo más elegante que podía hacer, lo que exigía la decencia?

Si había hecho algo tan terrible, debía asumir las consecuencias.

Eso era lo que la mayoría pensaría. Sin embargo, la idea no le resultaba en absoluto atractiva.

El proceso judicial sería tedioso, los interrogatorios absurdos y la condena lo bastante larga para arruinar sus planes de vida.

Y total, ¿para qué? La chica ya estaba muerta, no iba a resucitar solo porque él fuera a la cárcel.

Encerrarlo en una celda no cambiaría lo ocurrido.

Y si se trataba de pagar una especie de deuda con la sociedad, con más motivo deberían dejarlo libre.

Ángel se sabía demasiado valioso para desperdiciar su talento así.

Le haría mucho más bien al mundo permitirle seguir con su vida, terminar sus estudios y trabajar como cirujano, que juzgarlo y mandarlo a prisión.

¿No ayudaría eso a más gente? A gente con la posibilidad de recuperarse y seguir adelante, gente que no estuviera muerta.

¿Por qué privar a todos esos que podrían beneficiarse de su carrera por un error de una noche?

Siempre y cuando no volviera a repetirlo, ¿por qué darle más importancia?

La prisión tampoco iba a enseñarle cómo evitar lo ocurrido.

Ángel sabía de sobra lo que tenía que hacer.

Pero entonces, ¿por qué no lo había hecho? ¿Qué había fallado esa noche?

Sí, esa era la pregunta clave. Ángel cerró los ojos y tomó aire despacio.

Estaba decidido a llegar al fondo del asunto, solo recordando podría entender qué salió mal y cómo arreglar el problema.

Aunque al descubrir el cadáver se había sentido un tanto inquieto, ahora volvía a estar tranquilo, su mente parecía comenzar a activarse al fin, tras todo el embotamiento y confusión iniciales.

Siempre era igual. No importaba lo complicada, estresante o terrorífica que pudiera ser una situación, Ángel nunca perdía la calma.

Es cierto que al principio podía sentir cómo se le aceleraba el pulso, pero esto apenas duraba unos instantes, tras los cuales el joven recuperaba la sensación de control y sosiego, siendo capaz de pensar, planificar y ejecutar sin dificultad ni titubeos.

Parecía que no existía nada capaz de perturbarlo y en esta ocasión no iba a ser diferente.

Así, Ángel comenzó a repasar lo que sabía, antes de adentrarse en lo que quería descubrir.

Hecho número uno, estaba en un hotel.

«Un hotel», pensó entonces, «por lo que alguien podría entrar en cualquier momento».

Por supuesto, eso era algo que no podía permitir.

El chico se levantó y se dirigió hacia la puerta para colgar el letrero de “no molestar” en el manillar.

Después, echó el pestillo, aún a sabiendas de que eso no detendría a alguien que tuviera la llave.

¿Habrían reservado la habitación solo para una noche?

¿A qué hora tenía que dejarla? ¿Y a nombre de quién la habían cogido?

Que estuviera a su nombre le dificultaría las cosas.

Era un rastro objetivo que la policía podría seguir.

De ser así, dejar allí el cuerpo sería una idea pésima.

Pero no, no era eso lo que quería hacer ahora. Ya decidiría qué iba a ocurrir con el cadáver más tarde. Primero tenía que entender cómo había llegado a esa situación.

Hecho número dos, estaba desnudo.

Bien, eso era una obviedad. Igual que el hecho número tres, había una chica con él que también estaba desnuda.

Y eso lo llevaba a la conjetura número uno, habían tenido sexo.

O lo habían pretendido. O tal vez no, quizás solo Ángel quería, la chica no había consentido y eso era lo que había pasado.

No podía decirlo, aunque el hecho número cuatro, a la chica le habían pegado, no era muy esperanzador.

Tampoco el número cinco, la joven estaba muerta.

Lo cual conducía a la segunda conjetura, alguien la había matado.

Y, claro, la tercera, que ese alguien era Ángel.

Hasta ahí, no había nada nuevo. Ángel se sentó al borde de la cama, sin apartar los ojos del cadáver.

Lo cierto es que era guapa, no podía negarlo.

Delgada y menuda, de pelo largo y liso, rubio oscuro, en apariencia bien cuidado, aunque ahora se encontrara tan revuelto y enredado.

Tenía la nariz y los labios rotos, pero podía imaginar su aspecto previo.

Nariz respingona y labios carnosos. Su tipo.

Si hubiera tenido que elegir a alguien para hacerle algo así…

Sí, sería una chica como ella. De hecho, juraría que le sonaba de algo, aunque no caía de qué.

Oh, ya. Su sueño. ¿Era posible…?

Ángel meneó la cabeza, como si quisiera apartar el pensamiento con aquel gesto.

Era verdad que se parecía a la chica de su último sueño, pero eso no significaba que fuera un recuerdo.

No, no podía ser real porque lo que había ocurrido en su sueño era mucho más violento que lo que sea que hubiera pasado en esa habitación.

Si lo que le despertó esa mañana fuera un recuerdo, el cuerpo frente a él tendría un aspecto muy distinto, casi irreconocible.

No era la primera vez que Ángel tenía sueños así, por lo que no podía darlo por válido como hecho.

Si la joven se parecía a la de su sueño tan solo se debía a que ese era la clase de chicas que le gustaban. Nada más.

Por tanto, tenía un nuevo hecho. No conocía a la chica de nada, al menos, no hasta la noche anterior. ¿Y qué sabía sobre la noche anterior? Allí era donde las cosas se volvían más confusas y, por tanto, donde debía centrar su atención.

Ayer era viernes, eso lo recordaba. También sabía que iba a salir, había quedado con alguien hacía tiempo y esa misma mañana se lo recordó. Porque no era un día cualquiera, estaban celebrando…

Miguel. Su cumpleaños. ¿Cómo podía haberse olvidado? Le había invitado hacía más de un mes y, a pesar de lo poco que le apetecía, Ángel había terminado acudiendo. Por algún motivo, la perspectiva de salir esa noche con su amigo no le agradaba en absoluto.

Es cierto que Ángel no disfrutaba demasiado la compañía de los demás.

En general, le resultaban tediosos y no sentía que le aportaran nada de valor.

A decir verdad, no entendía lo que impulsaba a la gente a querer ser amigos.

Tenía la sensación que la mayoría poseía una especie de instinto que los llevaba a buscar la cercanía de sus iguales y les permitía disfrutar de ello, pero en su caso ese impulso parecía encontrarse atrofiado, puede que incluso inexistente.

No era algo que le molestara, había sido así desde que tenía memoria.

El tiempo le había enseñado que, si quería sobrevivir, haría bien en disimular su desinterés y asegurarse de tener un grupo que lo apreciara.

Así, había aprendido a moverse entre sus compañeros, a forjar lazos a conveniencia y a sacrificar su propia tranquilidad para acudir a los eventos que pudieran resultarle ventajosos.

La universidad le había permitido poner en práctica estas habilidades, dejando atrás un pasado que supondría un verdadero lastre y empezando de nuevo en una ciudad distinta, donde nadie podía cuestionar sus intenciones.

Y la verdad es que no le había ido mal, incluso había aprendido a apreciar algunas de las cosas que su recién comenzada vida social le aportaba, como por ejemplo, la admiración de sus compañeros.

Porque ¿a quién no le gusta que lo tengan en buena estima?

Y no podía negarlo, también había obtenido un cierto disfrute en la facilidad con la que se había ganado a su clase. O al menos, a casi todos.

Y eso le conducía de nuevo a Miguel.