15 de abril, 2023. 0837h
Y de nuevo, su insulsa realidad lo golpeó cuando abrió los ojos.
Había sido un sueño divertido, de los que tenían la rara habilidad de acelerarle el pulso.
Pero no era más que eso, una fantasía que jamás podría llevar a cabo, hacía mucho que había comprendido aquello.
Aunque, tras experimentar un placer tan vívido en sus andares oníricos, no podía evitar que su voluntad comenzara a temblar.
Sin embargo, el inusual bienestar que le embargó al despertar no duró demasiado. La intensa sensación de sed, el molesto cosquilleo en el estómago y las punzadas que se clavaban en su cabeza no le permitieron disfrutar del momento.
—Joder… —murmuró con una mueca, cubriéndose los ojos con el brazo para bloquear la luz.
¿A qué venía aquello? Si no fuera porque Ángel nunca bebía, diría que tenía resaca. Pero eso no era posible. Hacía años que no probaba el alcohol, mucho menos otras drogas. Sabía el efecto que tenían en él, sería una idea pésima arriesgarse a tomarlas.
Entonces, ¿por qué se sentía así? ¿Por qué le dolía todo el cuerpo y se encontraba tan mareado? Y sobre todo, ¿por qué no podía recordar nada de la noche anterior?
Es cierto. La noche anterior. ¿Qué es lo que había pasado?
Recordaba haber ido a clase por la mañana, pero el resto…
El resto estaba borroso, perdido en una neblina que lo enmarañaba todo, fragmentos de conversaciones e imágenes inconexas danzaban sin orden ni sentido en su mente, agravando la sensación de malestar.
Con un suspiro, Ángel se incorporó hasta sentarse en la cama.
Tal vez solo necesitaba algo de tiempo. Beber un poco de agua, ducharse y esperar con paciencia a que los recuerdos volvieran a tomar la forma que les correspondía.
Aunque no sabía lo que había ocurrido, algo dentro de él le decía que había sido una noche muy agitada y que quedándose en acostado no iba a ganar nada.
Un momento… ¿Qué cama?
No hacía falta ser muy brillante para darse cuenta de que aquella no era su cama.
O de que estaba desnudo. O de que entre la ropa tirada por el suelo no estaba solo la suya.
Ángel alzó las cejas y se inclinó para recoger una de las prendas desconocidas y echarle un vistazo más de cerca.
Un tanga negro, para ser precisos. Una pieza de lencería con un diseño cuidado que ahora danzaba frente a sus ojos.
Tras un instante de vacilación, el joven se lo acercó a la nariz y tomó aire despacio.
El olor no estaba mal, pero ¿a dónde había ido la dueña? No creía que estuviera muy lejos. A fin de cuentas, toda su ropa seguía allí.
Aquello no parecía muy justo. Si habían pasado una noche divertida, lo menos que podía hacer era recordarlo. Después de tanto tiempo conteniéndose, merecía conservar las memorias de cualquier desliz nocturno que hubiera tenido lugar.
A Ángel se le escapó una sonrisa. ¿A quién pretendía engañar?
Lo que definía una noche divertida para él estaba lejos de serlo para cualquiera que fuera su acompañante.
No, lo que había ocurrido ayer no sería más que otro aburrido jueguecito en el que habría pasado más tiempo esforzándose por contenerse que por disfrutar.
Lo que no entendía era por qué se había dejado arrastrar hasta ese punto.
Era demasiado arriesgado e insatisfactorio, solo lograba sentirse aún más molesto que de costumbre cuando terminaba.
El joven echó un vistazo alrededor. Se encontraba en una cama de matrimonio, las sábanas estaban revueltas, pero no había manchas de sangre visibles, lo cual podría considerarse una buena señal.
La habitación era amplia sin resultar excesiva y contaba con una mesita de noche a cada lado de la cama, un pequeño escritorio negro con su silla a juego, un armario empotrado, dos butacas y un amplio ventanal tapado por cortinas de seda que apenas impedían el paso de la luz.
Por la decoración entre moderna y minimalista y la distribución del cuarto, Ángel tuvo la sensación de que se encontraba en un hotel.
De alguna cadena de coste asequible sin resultar imposible de habitar, probablemente.
El panfleto que encontró sobre la mesilla con la información sobre el servicio de habitaciones no hizo más que confirmarle su teoría.
Muy bien, entonces, ¿qué demonios hacía allí, desnudo y solo, su ropa entremezclada con ropa de una mujer que no daba señales de vida por ninguna parte?
Quizás debía ajustarse a su plan inicial.
Con la cabeza tan embotada resultaba muy difícil pensar.
Tal vez tras una ducha fría se libraría de esa sensación de pesadez y recobraría por completo el control de sus sentidos.
Entonces podría reconstruir los hechos y obtener las respuestas a unas preguntas que comenzaban a resultarle incómodas.
Así, se levantó sin más preámbulos, solo para sentir el mundo dando vueltas a su alrededor y tener que apoyarse en la pared para mantener el equilibrio.
¿Qué demonios? ¿De verdad había bebido alcohol?
¿Cuánto? ¿O es que había tomado otra cosa?
Eso era una estupidez impropia de él. Ángel no era la clase de chico que se emborracha y consume hasta perder el sentido.
Salía de fiesta, sí, como cualquier joven de su edad, pero siempre con moderación, siempre manteniendo un estricto control sobre sí mismo.
Cualquier otra cosa suponía jugar con fuego, eso ya lo había comprobado antes.
Y, no obstante, allí estaba, frotándose la sien y luchando por contener las náuseas.
No podía evitar sentirse un poco patético en aquella situación.
Lo mejor sería ir al baño, vestirse y salir de ahí cuanto antes.
Ni siquiera intentaría buscar a la chica para despedirse.
¿A quién le importaba? Si se había ido por ahí sin su ropa, debía estar mucho más afectada que él, puede que ella tampoco recordara la noche anterior, así que no iba a darle motivos para que intentara buscarlo de nuevo.
Tomada la decisión y recuperada la sensación de estabilidad, Ángel se encaminó hacia el baño, pero no pudo llegar muy lejos.
Cuando apenas había alcanzado los pies de la cama, se tropezó con algo y cayó con pesadez sobre sus rodillas.
El joven soltó un bufido de frustración y se levantó al momento para girarse hacia el objeto que había provocado su caída, decidido a patearlo, la rabia haciéndose dueña de él por un instante.
Sin embargo, no llegó a hacerlo. Como si acabaran de echarle encima un jarro de agua fría, su gesto se congeló en el aire y su expresión se tornó sombría.
—Oh, perfecto —murmuró entre dientes, no sin cierta ironía—. Así que ahí estabas, ¿eh?
No estaba muerta, ¿verdad? No podía estarlo. Había sido una única noche de descontrol, no podía haberse arruinado la vida por eso, sería demasiado penoso. Pero la chica permanecía inmóvil en el suelo, desnuda y tumbada sobre su espalda, sin dar ninguna señal que indicara lo contrario.
Tal vez solo estaba dormida. O inconsciente.
No había que adelantarse sin antes comprobarlo.
Por supuesto, el aspecto de la joven no resultaba demasiado alentador.
Tenía el labio roto y un ojo hinchado, además de golpes en el costado.
Pero lo peor eran las marcas en el cuello, esas señales oscuras dibujadas sobre la piel que no presagiaban nada bueno.
Estaba claro que alguien le había pegado, había puesto sus manos sobre la garganta de esa chica y apretado más de la cuenta.
Hasta qué punto y con qué consecuencias, aún estaba por ver.
Ángel se agachó a su lado y colocó una mano sobre la frente de la joven y otra en el mentón, para a continuación tirar de la cabeza hacia atrás e inclinar su oído sobre la nariz en busca de un hálito de vida.
Se mantuvo así durante un rato, con los ojos clavados en el pecho de la joven.
Nunca había deseado tanto ver o sentir a alguien respirar como en aquel momento.
Sin embargo, esa mañana la suerte no parecía estar de su lado.
Ni un solo movimiento, ni un solo ruido, ninguna señal que le devolviera la esperanza.
Perfecto. Simplemente perfecto. Ángel la sujetó por el hombro y la giró hacia un lado para echarle un vistazo a su espalda antes de dejarla caer de nuevo.
La chica estaba muerta y, a juzgar por las marcas rojizas que ya habían empezado a formarse, llevaba muerta el tiempo suficiente para que fuera absurdo plantearse siquiera una reanimación cardiopulmonar.
Por un momento sintió que el mundo había dejado de girar.
Después de diez años volvía a estar en el punto de partida.
No, en esta ocasión era peor, mucho peor.
Todos los esfuerzos, todos los sacrificios, todo el empeño que había puesto, se hacían de pronto añicos ante sus ojos.
Ángel sabía que no era una buena persona, jamás pretendió serlo.
Tenía sus problemas y sus taras, como cualquier otro, pero se enorgullecía de su paciencia y autocontrol.
Había planes que llevar a cabo y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguir lo que quería.
Incluso si eso implicaba ahogar una parte de sí mismo, disfrazarla de normalidad y agonizar en solitario cada noche.
Era algo que podía sobrellevar siempre y cuando el resto saliera bien. O al menos eso había creído.
Parecía que se había equivocado, como el cadáver a su lado evidenciaba. Sin pensar muy bien en lo que hacía, Ángel acercó las manos al cuello de la chica y lo rodeó con cuidado. Lo más probable es que hubiera muerto estrangulada.
«Por supuesto, ¿de qué otra forma iba a ser? ».