¿Quién eres cuando nadie mira?
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Prólogo
La chica le había sonreído. Una de esas sonrisas sugerentes cargadas de promesas, todavía incapaz de comprender lo peligroso de aquel gesto. Sin dudar, Ángel le había devuelto la sonrisa. ¿Cómo resistirse? Era exactamente su tipo.
Delgada y menuda, sería muy fácil levantarla del suelo, podría hacerlo con una sola mano alrededor del cuello.
El pelo, largo y liso, era rubio oscuro y estaba bien cuidado, le encantaría arrastrarla tirando de él.
Aquella nariz respingona y los labios carnosos se verían muy bien cubiertos de sangre cuando se los rompiera.
¿Y qué decir de esos ojos grandes, de esa mirada brillante y profunda?
¿No sería divertido verlos anegados de lágrimas mientras imploraba misericordia?
Todos aquellos pensamientos cruzaron su mente en apenas un instante, pero en esta ocasión no trató de resistirse.
Estaba cansado de aquel juego. De fingir ser normal, de ahogar sus pulsiones noche tras noche, de privarse a sí mismo del más profundo de sus anhelos.
No, hoy sería diferente. Había salido a divertirse y no volvería a casa hasta que hubiera tomado lo que deseaba.
Tenía derecho a ello. Aunque solo fuera por una vez en su vida, quería dejar salir su verdadero yo al completo.
Y la chica gritó, por supuesto. No fue muy difícil conseguir que aquella sonrisa encantadora se transformara en una mueca muy distinta.
Al fin y al cabo, tan solo era una frágil criatura que fingía ser poderosa, pero que no había tardado en sucumbir a su voluntad.
No es como si hubiera tenido otra opción.
Ángel era más fuerte y ella lo había seguido hasta que estuvieron a solas.
¿Cómo iba a defenderse? Estaba sometida a sus deseos y, por desgracia para la joven, estos no eran tan dulces como había pensado cuando se acercó a él.
¿Cuál era su nombre? Se lo dijo y Ángel lo repitió con suavidad, antes de asegurarle que le encantaba.
Sin embargo, ahora era incapaz de recordarlo.
Tampoco es que le importase. Había muchas otras palabras que podía usar para dirigirse a ella que resultaban más divertidas.
Palabras que la humillaban y la colocaban en el lugar al que pertenecía.
Por debajo de él, como todas y cada una de las personas que poblaban ese absurdo mundo.
Estaba bien encontrar a alguien a quien recordárselo.
Había sido intenso, más de lo que esperaba.
Se tomó su tiempo con ella, modelándola, cubriéndola de marcas, penetrando cada agujero con todo lo que había a mano, riendo ante su dolor, animándola a huir, acariciándose mientras el adefesio sanguinolento y amoratado en el que la había convertido se arrastraba intentando alejarse de él.
Aquel ser retorcido ya ni siquiera parecía humano y, llegados a ese punto, tal vez era hora de acabar con su miseria.
Así, la había tumbado boca arriba y la había vuelto a penetrar, esta vez sin objetos mediantes, moviéndose despacio en su interior mientras entrelazaba las manos sobre su cuello.
Le sonrió, como había hecho al principio de la noche, pero en esta ocasión el gesto estaba cargado de una oscura frialdad, la misma que brillaba en sus ojos azules cuando empezó a apretar.
No era la primera vez que hacía aquello desde que comenzó a jugar con ella, aunque en esta ocasión, no tenía intención de parar.
Claro, la chica se resistió. A pesar de todo, una parte de ella seguía llena de vitalidad y luchaba hasta el final por sobrevivir.
Era una lástima que todo su esfuerzo fuera en vano.
¿De qué le valía retorcerse? Solo hacía que fuera más excitante, más placentero.
¿Qué iba a lograr intentando arañarle? Hacía horas que Ángel le arrancó las uñas, por lo que sus dedos rotos eran tan inútiles como sus jadeos desesperados en busca de aire.
¿No se daba cuenta de que lo que hacía era absurdo?
¿No podía comprender que el final había llegado?
Porque eso es lo que ocurrió. Se acabó. En apenas un instante, tan rápido como se empieza a vivir, su existencia terminó.
Su cuerpo se contrajo con un par de espasmos y de pronto el brillo en sus ojos se había extinguido.
Así de simple. Tan efímero y volátil como el clímax que alcanzó Ángel en su interior, embistiendo deprisa mientras la sentía morir en sus manos.
Efímero, sí, pero cuán perfecto y satisfactorio resultaba.
Por primera vez en veinticinco años, Ángel se sintió en paz.
Al fin estaba completo. No más vacío, no más tedio, no más del impulso desesperado que se adueñaba de su mente y se asentaba en su pecho, dominando cada pensamiento, cada paso, cada instante.
No. Había hallado la calma. La bestia estaba dormida y, al menos por un tiempo, lo dejaría respirar tranquilo.