CAPÍTULO 26
El cielo parecía haber sido pintado para ellos.
Sin una sola nube, solo el azul infinito abrazando la ciudad desde lo alto.
Todo brillaba de forma extraña, como si incluso el universo entendiera que aquel no era un día cualquiera.
Era el día. El día en que Mara Mun —pronto Mara Jeon— y Jungkook sellarían, por fin, lo que había comenzado como un susurro secreto entre las sombras de la fama.
El lugar elegido no podía ser otro que un antiguo jardín coreano en las afueras de Seúl, rodeado de ciruelos en flor y una cascada artificial que parecía susurrar bendiciones en cada gota.
El escenario combinaba la esencia de ambos mundos: el alma española de Mara con la tradición serena de Corea.
Y entre ambos extremos, el amor. Ese que sobrevivió a escándalos, espías, traiciones y una industria que casi los deshumaniza.
Mara se preparaba en una sala luminosa con aroma a flor de loto, rodeada de Rinnie y Chani, que no podían evitar llorar cada dos frases.
—Pareces una princesa, tía… no, mejor una emperatriz —susurró Rinnie entre sollozos, arreglándole el velo de tul que caía como cascada sobre su espalda.
—Una emperatriz que me va a hacer correr el rímel de tanto llorar —añadió Chani riendo.
El vestido era sobrio pero mágico: blanco perla con bordados florales, manga caída y espalda abierta. Su cabello castaño oscuro, suelto y ondulado, brillaba con reflejos dorados bajo la luz del
atardecer. Y sus ojos, los famosos ojos morados de Mara, estaban más vivos que nunca.
Del otro lado, Jungkook esperaba nervioso, pero con el corazón decidido. Vestía un hanbok contemporáneo en tonos negros y marfil, con detalles bordados a mano que recordaban el monte Hallasan, el lugar donde soñaban retirarse algún día.
Sus amigos de BTS estaban todos allí. Yoongi mantenía la mirada baja, pero Namjoon le apretó el hombro con gesto cómplice. Todo estaba en su sitio.
Y entonces, llegó el silencio.
Las puertas del pabellón se abrieron.
Mara apareció al final del pasillo de piedra, con el ramo en las manos y los ojos clavados en Jungkook. Él tragó saliva, y luego sonrió. Y no pudo contener las lágrimas de felicidad.
—Estás preciosa —le susurró cuando llegó frente a él.
—Y tú… tú pareces el final feliz de mi historia —respondió ella, temblando.
La ceremonia fue íntima, con votos escritos a mano y sin cámaras más allá de las de Vogue Korea, que ya tenía la exclusiva internacional. Jungkook tomó su mano con ternura, y, al colocarle el anillo, dijo en voz baja: —Ahora el mundo sabrá que siempre fuiste y serás mía.
—Y tú, siempre fuiste y serás mío — respondió Mara—. Pero no por el anillo, sino por el alma.
El beso fue lento, eterno, sellado por los aplausos de los suyos y por los pétalos que llovieron desde el tejado. Aquel beso fue la paz tras la tormenta, fue libertad.
Días después, escaparon discretamente hacia la costa Amalfitana. Un rincón cálido, apartado, lleno de callejuelas estrechas, vino blanco, sol de junio y playas de piedra. Allí no eran idols, ni celebridades, ni protagonistas de escándalos. Allí solo eran Jungkook y Mara.
Al llegar a Positano, alquilaron una pequeña villa con vista al mar. Jungkook no paraba de repetir que era “la mejor vista que había visto jamás”, aunque solo la miraba a ella.
—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó él mientras deshacían las maletas.
—Beber vino, desnuda. Y bailar contigo bajo la luna —respondió ella con una sonrisa pícara.
Y así lo hicieron.
Bailaron sin música en la terraza, entre risas suaves y besos lentos. Brindaron por los años que vendrían, por los hijos que aún no conocían, por la paz que por fin sentían. Hicieron el amor con la
delicadeza de quien sabe que nada volverá a romperlos. Jungkook la recorrió como quien acaricia una promesa. Mara lo abrazó como quien no piensa soltar jamás.
—Eres mi hogar —susurró él, besándole el cuello.
—Eres mi destino —le respondió ella, cerrando los ojos.
Los días se llenaron de paseos por pueblos de cuento, comidas bajo pérgolas de buganvilla, baños en calas escondidas, desayunos tardíos y cartas que se dejaban bajo la almohada.
En una de esas notas, Jungkook escribió: “Gracias por haber esperado. Gracias por ser tú. Y gracias por elegir amarme incluso cuando dolía”.
Y ella le respondió: “Desde que te vi por primera vez, supe que eras mi canción favorita”.
Cuando el viaje terminó y regresaron a Corea, ambos sabían que la vida iba a cambiar. Pero ahora tenían una alianza, un apellido en común, y un secreto muy dulce que pronto llegaría… aunque todavía no sabían cuándo ni cómo, pero lo intuían. La historia todavía no había terminado.
Año 2026. En algún lugar de la campiña surcoreana.
El viento agitaba suavemente los campos de lavanda que rodeaban la casa.
Una construcción de madera clara, con ventanales enormes y una hamaca colgante en el porche, descansaba como un secreto en medio del paisaje.
Desde fuera, nadie habría sospechado que allí vivían dos de las estrellas más icónicas del K-Pop…
o mejor dicho, dos ex-estrellas. Porque Mara Jeon y Jungkook Jeon ya no pertenecían a la industria.
Se pertenecían el uno al otro, y a su pequeño universo.
—¡Appa!, ¡mira, un bicho! —gritó una vocecita entre risas, arrastrando sus pies descalzos por la hierba.
Jungkook giró la cabeza y sonrió. Allí estaba su hijo, Jeon Aerin, de casi dos años, con el pelo negro y lacio como el suyo, y los ojos morados de su madre, sosteniendo un bichito invisible entre los dedos.
—¡Eso no es un bicho, es una piedrecita! — rió él, corriendo para atraparlo.
—¡Noooo, es mi amigooo! —gritó Aerin mientras huía como un rayo por el jardín.
Mara los miraba desde la puerta, con una mano sobre su vientre redondeado. Estaba embarazada de cinco meses. Esta vez, una niña. Y la sentía moverse cada vez que Jungkook y Aerin reían.
—¿Sabes qué?, me encanta veros juntos — dijo, acariciando su tripa—. Aunque sospecho que esta pequeñaja será más traviesa que su hermano.
—Imposible —gritó Jungkook desde el césped, con Aerin a cuestas—. ¡Este niño ha heredado todo el caos de su madre!
—¿Ah, sí?, pues el tuyo no se queda atrás, Jeon Caos —le respondió Mara entre risas.
El aire olía a tostadas recién hechas y a lavanda.
Vivían tranquilos, sin horarios, sin focos, sin agentes, y sin el constante acecho de los medios.
Después del nacimiento de Aerin, tanto Jungkook como Mara tomaron una decisión conjunta: dejar sus grupos.
BTS y ECLIPSE siguieron sus caminos con dignidad, con una despedida pública que fue tendencia mundial durante semanas.
Pero ellos ya habían cerrado esa etapa, y ahora escribían otra.
En el estudio que habían construido al lado de la casa, Jungkook componía por placer, y Mara escribía canciones infantiles que cantaban a dúo con Aerin al piano. No era raro que una tarde
cualquiera se convirtiera en un mini concierto improvisado.
—No me creo que hayamos llegado hasta aquí —le dijo Mara una noche, tumbada junto a él en la hamaca, viendo las estrellas—. Después de todo lo que vivimos, es surrealista estar así.
—¿Te arrepientes? —preguntó Jungkook, mirándola de lado.
—No, ni un solo día. Elegirte fue la mejor decisión de mi vida.
Él la abrazó por detrás, con una mano sobre su vientre.
—A veces pienso que no merecía tanto. Que eras demasiado para mí.
—Tú me salvaste, Jungkook. Al igual que yo lo pude hacer contigo. Así que sí, nos merecíamos esto.
Hubo silencio. Solo se escuchaba el crujido de los insectos y el arrullo lejano del bosque. Entonces Mara se incorporó un poco y, como solía hacer de vez en cuando, sacó su cuaderno de tapa violeta.
La abrió por la última página y escribió: “Querido desconocido, me suenas. Querido desconocido, te amo más que a mi vida”.
Lo dejó allí, cerrado. Como una carta sellada al pasado, a ese chico que un día la miró en una cafetería de lujo sin saber que se estaban encontrando de nuevo. Como si ya se conocieran de antes.
—¿Lo estás leyendo otra vez? —preguntó Jungkook con una sonrisa.
—Claro que no, amor. Lo estoy terminando. —¿Y qué dice?
—Dice que me enamoré de ti dos veces. La primera sin saber quién eras realmente. Y la segunda sabiendo que eras el amor de mi vida.
Él no contestó, solo la besó. Mara se alzó apenas sobre la punta de las botas cuando los labios de Jungkook encontraron los suyos. No fue un beso urgente ni
hambriento; fue un beso lento, cuidadoso, como si ambos supieran que aquel instante merecía ser sostenido en el tiempo. El mundo alrededor —las luces moradas, el piano dormido, el silencio del estudio— se volvió irrelevante, solo existían ellos.
Para Jungkook, aquel beso era una certeza.
Al rozar los labios de Mara, entendió que el amor no siempre grita; a veces se manifiesta en el silencio compartido, en el gesto simple de quedarse.
Su mano, apoyada sobre el vientre de ella, no buscaba confirmar nada: ya lo sabía.
Allí estaba su futuro, todo lo que había elegido.
La amo, pensó, con una calma que jamás había sentido antes con nadie.
Mara sonrió apenas contra su boca, como si hubiera leído ese pensamiento sin necesidad. En ese beso no había miedo, ni dudas, ni despedidas. Solo dos almas que se reconocían, unidas por el mismo latido, por un amor que ya no pertenecía solo a ellos dos.
EPÍLOGO
A veces, el amor no se acaba. Solo se transforma en eternidad.
Año 2035. En pleno verano.
La brisa marina arrastraba consigo el perfume de la sal, del sol, del verano.
Las olas lamían la orilla como un susurro lento, constante, lleno de calma.
Y allí, bajo un cielo teñido de oro y azul, estaba Mara.
Tenía 37 años. Su cabello castaño claro le caía como un río hasta la cintura, peinado por el viento, lleno de vida.
Su vestido violeta ondeaba con suavidad mientras ella, descalza sobre la arena, observaba a sus hijos jugar. Los ojos morados que antes escondían