CAPÍTULO 26 #2
tormentas, ahora solo contenían paz. A unos metros, Jungkook, de 38 años, se sentó sobre la manta que extendieron esa misma mañana, cerca de la orilla.
Se había quitado la camisa, dejando ver su piel tostada y las nuevas líneas que el tiempo había trazado suavemente sobre su cuerpo.
Sonreía; no con la sonrisa de los focos, ni con la de los escenarios, sino con la verdadera: la que era solo para ella.
Aerin, su hijo mayor, de 12 años, se reía a carcajadas mientras intentaba golpear la pelota con su pala de madera. Era idéntico a su padre, con ese cabello negro liso y corto, pero sus ojos… sus ojos eran morados, como los de Mara, como si su alma hubiera elegido desde antes a quién pertenecer.
Taerin, su hija pequeña, de 10 años, perseguía la pelota como si fuera el tesoro de un cuento, con un vestido celeste que ondeaba como las alas de una mariposa.
Tenía el cabello castaño, cortado justo por debajo de los hombros.
Sus ojos también eran morados. Dos joyas violetas que brillaban cada vez que miraban a su madre.
—Están creciendo tan rápido —murmuró Mara sin apartar la vista.
—Y lo hacen tan bien —añadió Jungkook, inclinándose para besarle la mejilla. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y durante un largo rato, no hicieron otra cosa que mirar, contemplar, respirar.
Ya no había secretos, ni amenazas. El pasado, por fin, se había convertido en pasado.
Horas después, cuando el sol comenzaba a besar el horizonte, Mara caminó hasta la vieja estantería del estudio.
Aquel lugar había cambiado tanto. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles, algunos firmados con “A”, y otros con una tímida “T”.
Entre las obras de sus hijos, había fotos familiares: en la nieve, en conciertos, en noches de pijamas, en la boda…
Y junto a todo eso, enmarcadas con mimo, colgaban las letras de sus
canciones. Algunas de Eclipse, otras de BTS, y otras de los dos. Letras que hablaban del ayer, del ahora y de ese amor tan raro como eterno.
Mara deslizó los dedos por una de ellas, una que Jungkook escribió para ella en secreto.
La música aún vivía dentro de la casa, pero más que eso: vivía en ellos.
Esa noche, mientras el cielo se llenaba de estrellas, Aerin y Taerin cayeron dormidos uno junto al otro en el sofá.
Estaban exhaustos de tanto jugar. Jungkook los cubrió con una manta, susurrando una melodía compuesta para ellos, solo para ellos.
Mara se acercó despacio.
—¿Recuerdas cuando me decías que el amor no duraba para siempre?
Jungkook se giró hacia ella y sonrió, con los ojos brillantes.
—Me equivoqué.
Ella se acercó. Le rodeó la cintura con los brazos.
—Nos equivocamos muchas veces, pero también lo hicimos bien muchas veces. Se quedaron así, en silencio. Rodeados de todo lo que habían construido.
Al día siguiente, una visita especial llenó la casa de alegría: Rinnie y Chani aparecieron por sorpresa con un pastel casero y un álbum de recuerdos que ellas mismas habían diseñado. Eclipse no era solo un grupo: era una promesa. Una de esas que se cumplen incluso sin necesidad de palabras.
—Mara, ¿cómo tienes esa piel después de dos hijos? —preguntó Rinnie, fingiendo escándalo.
—Yo creo que está usando magia, no crema hidratante —añadió Chani, guiñando un ojo.
Las tres estallaron en carcajadas. Aerin y Taerin se abalanzaron sobre ellas, gritando “tía Rinnie!, ¡tía Chani!”, y el salón se llenó de voces, abrazos, fotos y nostalgia bonita. Después de cenar todos juntos, Rinnie miró a Mara con una sonrisa que lo decía todo.
—Lo conseguiste. Lo conseguimos.
Pero la noche aún guardaba su mejor sorpresa. A las 21:59 p.m., la azotea de la casa se iluminó con luces cálidas. Y uno a uno… Namjoon, Jin, Yoongi, Hoseok, Jimin y Taehyung fueron llegando.
Habían pasado años, pero la esencia era la misma. Las bromas, las risas, las miradas cómplices. Llevaban bebidas, regalos para los niños, y dulces recuerdos.
Yoongi abrazó a Taerin con una dulzura que no muchos conocían de él.
—Aquí está la futura reina del caos — susurró, repitiendo la frase que había escrito en la nota de hace años.
Namjoon le entregó a Aerin un pequeño cuaderno.
—Ten, para que escribas tu propia historia —dijo.
Estaba lleno de páginas en blanco. Jin llevó dulces coreanos. Jimin y Taehyung se turnaron para cargar a Taerin dormida, como si aún fueran los mismos veinteañeros de antes.
Y todos juntos, en esa azotea iluminada por estrellas y luciérnagas, levantaron sus copas.
—¡Por el amor!
—¡Por los sueños!
—¡Por nosotros!
Mara y Jungkook se miraron.
Y entonces, como un cierre perfecto, Jungkook la tomó de la mano, la llevó al centro de la azotea y comenzó a bailar con ella. Sin música. Solo con el sonido del mar, de las risas, de la vida.
A veces, el amor no se acaba. Solo se transforma en eternidad.
La mañana siguiente amaneció más suave, como si el mundo supiera que aquel día era distinto.
Especial. Mara se despertó antes que nadie, con la brisa entrando por la ventana y el sonido distante del mar acariciando el silencio.
Jungkook dormía a su lado, de costado, con una expresión de absoluta paz.
Tenía el brazo estirado hacia ella, como si incluso dormido no quisiera soltarla.
Acarició su mejilla con los dedos y, sin hacer ruido, se
incorporó. Bajó a la cocina, aún en pijama, y preparó café. Lo hizo como siempre: el suyo con leche de avena, el de Jungkook más fuerte.
Mientras el vapor subía, Mara se quedó mirando por la ventana. Afuera, Taerin correteaba descalza por el jardín con Aerin pisándole los talones. Sus risas eran como música para sus oídos. No tardaron en llegar las visitas. Ese día no solo sería de familia. Ese día sería de memoria.
La azotea volvió a convertirse en el corazón del hogar. Las luces que colgaban entre las plantas y los ventanales seguían encendidas desde la noche anterior, y todo olía a limonada, a pastel de fresa, a mar y a verano.
Eclipse se reunió en pleno: Mara, radiante como siempre, con un vestido blanco de lino y el cabello suelto, abrazando con fuerza a sus hermanas de escenario.
Rinnie, con el cabello turquesa ahora recogido en una trenza alta, contando historias de su último proyecto artístico.
Chani, con gafas de sol enormes y una camiseta con el logo de ECLIPSE en versión retro, haciendo bromas sin parar.
—¿Sabéis que Taerin canta como tú, Mara? — soltó Rinnie, guiñando un ojo.
—Y Aerin tiene un talento nato para componer —añadió Chani—. Esta casa es una fábrica de talento.
—No lo digáis muy alto… o acabarán fundando Eclipse 2.0 —rió Mara.
Aerin y Taerin asomaron la cabeza entre los cojines de la terraza, escuchando cada palabra con una mezcla de emoción y vergüenza.
Por la tarde, se sumó BTS al completo. Los siete. Como siempre. Como nunca.
—Han pasado más de veinte años desde el debut —dijo Namjoon, alzando la copa—. Y sin embargo, aquí seguimos.
—Más sabios. Más canosos, pero juntos. Igualmente yo sigo siendo el más guapo de todo el mundo —añadió Jin, haciendo reír a todos.
Yoongi, sentado junto a Mara, le pasó una pequeña caja.
—Para cuando vuelvas a escribir. Sé que lo harás.
Dentro había una pluma estilográfica morada con detalles dorados.
—¿Sabías que estoy pensando en retomar el diario? —preguntó ella, sorprendida. —Siempre supe que no dejarías de contar tu historia. Solo esperabas el momento.
Jungkook apareció justo entonces, con una guitarra en la espalda.
—¿Y si cantamos algo? Una más, por los viejos tiempos.
Las primeras notas llenaron la azotea cuando el sol comenzó a ocultarse. Una versión acústica de “Eternal”.
Rinnie, Chani y Mara cantaron las primeras estrofas, con sus voces aún sincronizadas como si no hubieran pasado los años.
Jungkook se unió con los coros. Y luego, Hoseok, Jimin, Jin, Yoongi desde su rincón.
Taehyung con su voz grave y Namjoon leyendo los versos finales con la voz temblorosa.
Aerin y Taerin, en silencio, grababan todo con sus móviles.
Sus ojos brillaban, no por las luces, sino por la historia detrás de las canciones.
Cuando cayó la noche, Mara se alejó unos minutos.
Caminó sola hasta la playa. El cielo era una pintura viva, en tonos rosas, naranjas y un azul profundo.
Se sentó en la arena, dejando que las olas mojaran sus pies.
Jungkook apareció a su lado al instante.
—¿Sabes qué me dijo Aerin esta mañana? — preguntó él, con una sonrisa.
—¿Qué dijo?
—Que de mayor quiere amar como tú y yo nos amamos.
Mara rió bajito. Después se le
humedecieron los ojos.
—¿Y Taerin?
—Dice que va a casarse con un artista. Pero no puede decidirse entre compositor, pintor o astronauta.
Ambos estallaron en carcajadas.
Minutos después, sus hijos corrieron hacia ellos con una manta y una linterna. Se acurrucaron los cuatro bajo las estrellas, como antes, como siempre. Jungkook tarareaba una melodía mientras acariciaba el cabello de Mara. Ella tenía la cabeza apoyada en su pecho.
Entonces, Aerin, con voz baja, preguntó: — Mamá… ¿cuándo supiste que era él?
Mara cerró los ojos. Recordó todo: la cafetería, el diario, las cartas, los inviernos y los veranos, las lágrimas, las canciones, y las noches sin dormir.
Y luego lo miró. Y sonrió.
—Desde antes de conocerle.
—¿Eso es posible? —insistió Aerin.
—Cuando amas de verdad, sí.
Antes de dormir, Mara escribió en su nuevo diario: “Querido desconocido, ya no lo eres. Querido desconocido, te sigo amando cada día”.
Y en la última página, dejó una frase para que algún día sus hijos la leyeran: “El amor no se acaba, solo cambia de forma. A veces, se convierte en canción. A veces, en familia. A veces, en eternidad”.
FIN.