CAPÍTULO 18
El calendario marcaba agosto, y el calor se adueñaba de las calles.
Sin embargo, dentro de la inmensa casa privada de Jungkook en el sur de Seúl, cerca del río Han, el ambiente era suave, casi flotante.
Las persianas semiabiertas dejaban colar la luz dorada del amanecer.
Todo olía a café, a ropa recién lavada y a
tranquilidad… hasta que una explosión de voz retumbó desde la cocina: —¡Jungkook!, ¡no abras el horno todavía, que el bizcocho aún no subió! —gritó Mara, saliendo a toda prisa desde el pasillo, con una bata suelta de satén plateado y el cabello enmarañado por el sueño.
Jungkook, que estaba agachado frente al horno, giró la cabeza con una sonrisa culpable.
—Pero huele a cielo —susurró, haciendo un gesto dramático con las manos—. Es injusto que me hagas esperar. ¿No sabes que hoy es un día sagrado?
Mara puso los ojos en blanco.
—Sí, claro… El cumpleaños de alguien especial —ironizó mientras se acercaba a él, rodeándole con los brazos desde atrás —. ¿Sabías que me estoy esforzando más con este bizcocho que con mi debut?
Él giró suavemente sobre sus talones, tomándola de la cintura. Aún medio dormida, con los ojos morados
entrecerrados, Mara parecía más etérea que nunca.
—Y yo me estoy esforzando más para no comerte a besos que cuando debuté con BTS —susurró él, bajando la voz hasta hacerla temblar.
Ella rió, escondiendo el rostro en su cuello.
Ese 17 de agosto, Mara cumplía 24 años. Llevaban siete meses como pareja oficial, y nueve desde que sus destinos se cruzaron por primera vez en aquella cafetería de lujo en Barcelona.
Vivían juntos desde hacía siete meses, en una casa que parecía sacada de un cuento moderno: techos altos, madera clara, un jardín escondido y ventanales gigantes que daban al cielo de Seúl.
Aquel día no habría entrevistas, ni horarios, ni mánagers. Solamente ellos dos. Con una promesa que Jungkook había defendido a capa y espada.
—¿Estás lista para el regalo de cumpleaños número uno? —preguntó Jungkook cuando terminaron el desayuno.
Ella asintió, intrigada. Entonces él fue hacia el mueble del salón y sacó una cajita negra de terciopelo. Al abrirla, el brazalete brilló con la intensidad de mil promesas cumplidas.
—Es… una luna —susurró Mara, tocándola con los dedos—. Me encanta, es preciosa.
La luna llena era de un plateado
brillante, pulida y elegante. Al girarla, Mara leyó la inscripción grabada en la parte trasera del brazalete, en coreano: “사랑해, 마라 — Te amo, Mara”.
—Es lo único que sabía decir con seguridad en español cuando nos conocimos —dijo Jungkook, mirándola con dulzura—. Ahora sé muchas más cosas, pero esa siempre será mi favorita.
Ella se quedó en silencio, mordiéndose el labio, hasta que lo abrazó con una fuerza inesperada.
—Gracias por no soltarme nunca, ni siquiera cuando yo no sabía si podría con esto.
Él acarició su nuca con ternura.
—Debería ser yo quién te dé las gracias… Porque tú me salvaste antes, y yo sólo te sigo el paso.
Dos días después, Mara y Jungkook tomaban un vuelo privado a la costa de Amalfi, en Italia. La decisión fue espontánea, tomada tras una madrugada de risas, varios tipos de soju y canciones de BTS en acústico.
El mar los recibió con un azul que cortaba el aliento. Pasearon por callejuelas estrechas, comieron pasta a la orilla del agua y se escondieron del mundo en un hotel boutique con vistas infinitas al Mediterráneo.
Una tarde, mientras se tumbaban en una hamaca doble, Mara le dijo: —Aquí sí que podríamos desaparecer por un tiempo. Nadie sabría nada de nosotros.
—Pero entonces no escucharías más a Rinnie cuando te regaña por llegar tarde a los ensayos —bromeó él, besándole el hombro.
—Ni tú verías a Yoongi hacer como que no se muere de celos cuando me abrazas — añadió ella, en tono travieso.
Jungkook frunció el ceño.
—Espera un momento… ¿Sigues pensando que él siente algo por ti?
Mara negó con una sonrisa.
—Yoongi me respeta, eso es todo. Aunque sé que tu cabeza a veces lo imagina distinto.
Jungkook no respondió enseguida. Al cabo de unos segundos, deslizó los dedos por su espalda y dijo: —Prometo confiar. Incluso cuando el miedo me muerda los talones.
Ella lo miró con ternura, acariciando la cicatriz invisible que compartían: el miedo al abandono.
—Lo único que no puedes hacer es mentirme —susurró ella—. Todo lo demás, lo superamos juntos.
Tras cinco días de viaje romántico, regresaron a Corea agotados, morenos y llenos de fotografías que jamás subirían a redes. El calor de agosto aún se aferraba al aire, pero algo se sentía distinto.
El día después de volver, Mara escribió a Eliana por WhatsApp, como siempre. Pero no obtuvo ninguna respuesta. La primera hora no le preocupó, tampoco la segunda. Pero al caer la noche, la ausencia de su mejor amiga empezó a oprimirle el pecho.
—¿Ha dejado de postear en redes? —preguntó Jungkook, viendo la expresión sombría de Mara.
—Desde hace seis días no hay señales. No ha vuelto a subir ni stories, ni posteado en Twitter, ni contestado ningún mensaje. Y no contesta cuando la llamo… Es raro, demasiado raro.
Jungkook se sentó a su lado, con el ceño fruncido.
—¿Quieres que llame a alguien de HYBE para que la busquen en Barcelona?
—Aún no… Pero si mañana no contesta, haremos algo.
Al día siguiente, Jungkook cumplió su promesa.
Mientras Mara intentaba mantener la calma, Jungkook activó sus contactos.
Unos cuantos mensajes bastaron para que un mánager en Europa comenzara a moverse.
A la vez, él usó una cuenta privada de Weverse para consultar mensajes y movimientos recientes.
Entonces, un detalle llamó su atención: la cuenta de Eliana había sido silenciada por error administrativo, hacía siete días.
También había una denuncia falsa en su contra por “contenido inadecuado”, sin pruebas.
Cuando Mara leyó eso, algo le vibró en las costillas.
—Esto no es casual. Alguien no quiere que me contacte con Eliana.
—¿Crees que sea la misma sasaeng que te mandó la nota anónima? —preguntó Jungkook, serio.
—No lo sé… pero tengo un mal
presentimiento, muy malo.
A los pocos días, llegó la noche del Daesang. Eclipse había sido nominada por primera vez a ese premio. El escenario estaba colmado de estrellas, luces cegadoras, y gritos enloquecidos del público.
Mara subió al escenario junto con Chani y Rinnie, con un vestido plateado de hombro descubierto y el colgante de luna colgando en su cuello. Al tomar el micrófono, su voz sonó segura, aunque sus ojos escondían una ansiedad sutil.
—Este premio no es solo por nosotras tres —dijo, mirando a las cámaras—. Es por todas las mujeres que aprendieron a cantar sus verdades. Por todos los sueños que parecían imposibles. Y por los eclipses, que también brillan bajo la luz de la luna.
El aplauso fue inmediato. Jungkook, desde la platea, se puso de pie, con los ojos húmedos y las palmas rojas de tanto aplaudir. Mara bajó del escenario con el corazón latiendo como un tambor. Rinnie la abrazó con fuerza.
—Nos lo ganamos, joder —susurró,
temblando.
Chani, en cambio, no dijo nada. Solo sonrió, pero su mirada estaba fija en la multitud. Horas más tarde, mientras Mara se cambiaba en un camerino, algo impensado ocurrió.
Una mujer con mascarilla y gorra entró como si perteneciera al staff. En sus manos llevaba un cuchillo. Mara la vio reflejada en el espejo… y giró justo a tiempo. La mujer se abalanzó, gritando en voz baja: —¡Tú no mereces estar con él!, ¡le robaste su libertad!
Pero antes de que pudiera tocarla, la puerta del camerino se abrió
violentamente. Jungkook y Taehyung entraron como una tormenta. Jungkook la apartó de un salto y sujetó a la atacante por detrás. Taehyung quitó el cuchillo de sus manos mientras dos guardias irrumpían. La mujer gritaba el nombre de Jungkook una y otra vez. Era Yeji, la sasaeng expulsada de HYBE.
Mara, temblando, se agarró al pecho, respirando con dificultad.
—Estoy bien, estoy bien… —repetía, como un mantra.
Jungkook no dijo nada. Solo la abrazó, tan fuerte que pareció querer sellarla contra su alma. Y en medio del caos, de la sangre en el suelo y los flashes de emergencia, Mara solo pensaba en una cosa: “¿Por qué ahora?, ¿y por qué justo después del silencio de Eliana?”.
Días después, el escándalo de Yeji se filtró a los medios. HYBE lo intentó ocultar, pero algunos periodistas ya hablaban de una “supuesta agresión tras bambalinas”. Mara recibió mensajes de fans, algunos de odio, otros de
preocupación.
La presión volvió, pero también la fuerza.
A pesar del susto, Mara subió un vídeo a Weverse agradeciendo el Daesang, con palabras cálidas, ojos brillantes…
y sin una sola mención a lo ocurrido. Porque si algo había aprendido, era esto: “El escenario es su casa. Pero el amor verdadero, ese lo lleva puesto”.
Última semana de agosto — Seúl, Corea del Sur.
El mundo seguía girando a su ritmo voraz, pero dentro de la casa de Jungkook, el tiempo parecía haberse estirado como una seda tibia.
Tras el atentado de Yeji, Mara solo se sentía segura en los brazos de él, y Jungkook apenas se separaba de ella, como si un instinto antiguo lo obligara a protegerla incluso del aire.
Las primeras noches fueron difíciles. A veces ella despertaba sudando frío, con la imagen del cuchillo en la mente. Otras, simplemente lloraba en silencio sin saber por qué. Pero entonces Jungkook cantaba, no importaba si eran las dos o las cuatro de la madrugada: su voz era bálsamo.
Una noche, mientras ella se duchaba con la puerta entreabierta, él se sentó junto a la cama y grabó una nota de voz en su móvil. Una canción nueva, suave, con acordes que parecían latidos.
La tituló simplemente: “Unreal”.
Al día siguiente, la subió sin querer a su carpeta de trabajo compartida. Un técnico la descargó por error. Y unas horas después, la filtración ya estaba en Twitter y Weverse, con millones de fans llorando.
“¿Quién es Mara?”
“¿Por qué Jungkook canta su nombre?” “¿Es por Mara de ECLIPSE?”
HYBE intentó apagar el fuego, pero ya era demasiado tarde. El hashtag “Unreal” fue trending mundial durante varios días.
Mara le pidió disculpas entre susurros.
—No fue tu culpa —le dijo Jungkook, acariciándole la mejilla—. Si tenía que saberse una vez más… que fuera así. En mi voz. No en chismes ni rumores.
Esa noche, la canción sonó en bucle en su salón. Ella lo escuchaba sentada en el sofá, abrazada a sus piernas. Él la observaba desde la cocina, con una copa de vino tinto en la mano. Cuando la canción terminó por quinta vez, Mara lo miró.
—¿Puedo darte mi regalo de cumpleaños ahora?
—Pensé que ya lo habías hecho: tú, en esta casa, ese beso que me diste en Amalfi junto a los limoneros…
Ella sonrió con picardía.
—No es eso, este es diferente.
Se puso de pie lentamente y desapareció por el pasillo. Al regresar, traía un marco delgado, envuelto en papel satinado. Se lo entregó sin palabras. Jungkook lo abrió. Dentro, con caligrafía manuscrita, estaba una frase sencilla: “Querido desconocido, te amo”.
Él la reconoció de inmediato. Era la frase que él mismo había escrito en una hoja del libro de Mara cuando se conocieron en Barcelona, el día en que ella le pidió firmar como si no supiera quién era. Jungkook se quedó en silencio largo rato, luego la miró.
—Te juro que ese fue el momento exacto en el que supe que te amaría.
Ella se acercó. Le besó la mejilla, la mandíbula, el cuello…
—Y tú —susurró—, me salvaste sin saberlo.
La besó como si fuera la primera vez. La llevó en brazos hasta el dormitorio, con el marco aún en la mano.
Esa madrugada, el reloj marcó las 0:17 del 1 de septiembre. El cumpleaños número 25 de Jeon Jungkook comenzaba con la única persona que le importaba.
Despertaron ya cerca del mediodía, cubiertos solo por las sábanas revueltas y la luz suave que entraba por los
ventanales. El sol del sur de Seúl dibujaba líneas doradas sobre sus pieles entrelazadas.
—Buenos días, feliz cumpleaños —dijo Mara con voz ronca.
—Buenos días, eclipse mío —respondió Jungkook, tocando su clavícula con los labios.
Desayunaron en la cama, vieron películas malas, ignoraron llamadas y rieron como adolescentes. Luego Mara sacó una Polaroid y tomó una foto de él, despeinado, mordiéndose un dedo.
—Esta es para mi diario —dijo ella—. “El día en que Jungkook se convirtió en mi hogar”.
Él hizo lo mismo: la fotografió mientras se reía a carcajadas, con el colgante de luna brillando en su cuello.
—Y esta será mi fondo de pantalla para siempre.
Esa misma semana, algo más ocurrió. En la madrugada del 7 de septiembre, Eliana volvió a aparecer.
Un mensaje de voz llegó al móvil de Mara desde un número español: “Perdóname por desaparecer. No podía avisarte, estaba siendo observada y me fui a Lisboa. No confíes en nadie de HYBE hasta que te lo cuente en persona. ¡Te quiero!, y ten cuidado. No estás sola, hay alguien más”.
Mara se quedó helada. Repitió el audio cuatro veces.
El corazón se le apretó. ¿Quién la observaba?, ¿por qué no podía hablar antes?, ¿qué sabía que Mara aún ignoraba?
Le mostró el mensaje a Jungkook en silencio, y él apretó los puños.
—Voy a protegerte. Aunque tenga que enfrentarme a mi propia compañía.
Mara lo abrazó con fuerza. Y comprendió que el verdadero amor no era perfecto, ni pacífico, ni simple.
Era esto. Solo era real.
La guerra compartida, la herida mutua, la promesa rota y vuelta a hacer.
El 11 de septiembre, en la gala de premios “Asia Music Alliance”, Mara se tropezó durante su actuación de Stay in my heart, cayendo de rodillas justo en medio del escenario. El micrófono rebotó, y el público se quedó en silencio. Pero Jungkook corrió desde el backstage, sin pensarlo.
La levantó entre aplausos, abrazándola ante todos. Y luego la tomó de la mano, la miró a los ojos, y cantó con ella los últimos versos, a capela. Nadie lo había ensayado, pero fue perfecto. Fue real.
Los medios lo titularon: “Cuando el amor interrumpe el guion y lo mejora”.
La madrugada del 12 de septiembre volvió a encontrarlos en su cama. Afuera, la luna menguante flotaba sobre el río Han. Adentro, dos cuerpos enredados respiraban en sincronía.
Mara apoyó la cabeza sobre su pecho. —¿Sabes que hoy cumplimos ocho meses desde que hicimos oficial lo nuestro?
Jungkook sonrió.
—Y diez desde que firmé un libro como si yo fuera un simple mortal.
Ella se rió.
—Sigo pensando que hay algo de eso en ti. No eres tan perfecto como parece, pero eres real.
Él se giró, colocándola encima suyo, como si el mundo ya no importara.
—Pero contigo… lo intento. Todos los días. Mara lo miró, con los ojos violeta brillando.
Entonces, dijo algo que nunca antes había pronunciado así: —Jeon Jungkook… quiero pasar todos los eclipses de mi vida contigo.
Él la besó. Y fue como si todas las estrellas del universo estuvieran de acuerdo.