Querido desconocido, me suenas CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El sol entraba tamizado por las cortinas blancas de la habitación de Mara.

Era domingo. Su único día de descanso. La luz se colaba como una caricia cálida, justo después de una noche que le había dejado el corazón temblando.

La video-llamada con Jungkook aún flotaba en su mente como una escena sacada de una película que no sabía si había soñado o vivido de verdad.

Bostezó, se desperezó bajo las sábanas, y sonrió al recordar las últimas palabras que él le había dicho antes de colgar: “Nos vemos muy pronto, te lo prometo”.

Ni siquiera se atrevía a interpretar qué significaba ese “pronto”. Se ponía nerviosa solo de pensarlo.

Se levantó con el cabello ligeramente revuelto y fue directa a la cocina.

Colocó dos rebanadas de pan en la tostadora, sacó el atún del armario y el tomate de la nevera.

Era su desayuno favorito desde pequeña. Mientras trituraba el tomate y lo aliñaba con sal y aceite, su móvil vibró sobre la encimera.

Era un mensaje de Eliana: “¿Paseo por la playa como en los viejos tiempos? , ahora estoy libre.

Mara sonrió y respondió con rapidez: “Te veo en veinte minutos en la entrada de la playa”.

Después de desayunar tranquilamente, se puso un vestido largo de algodón color burdeos y unas sandalias que dejó en la mochila, sabiendo que acabarían caminando descalzas como siempre. Esa era su tradición. El domingo, la brisa marina, y las confidencias.

Al llegar a la playa, Eliana ya la esperaba sentada en la arena con los zapatos en la mano y el cabello suelto bailando con el viento.

—¡Mira quién madruga un domingo! —dijo Mara riendo mientras se sentaba junto a ella.

—Tenía ganas de verte. Y de hablar —dijo Eliana, más seria de lo habitual.

Mara se quitó los zapatos y ambas comenzaron a caminar por la orilla, dejando que el agua les mojara los pies y la espuma se llevara los pensamientos más pesados.

—¿Todo bien? —preguntó Mara tras unos segundos de silencio.

—Sí… o sea, sí y no. Mira, tenía que decírtelo. Últimamente no me siento del todo yo. O quizás me siento más yo que nunca, no lo sé —dijo Eliana, mirando el horizonte.

—¿Qué pasa?

Eliana la miró de reojo y luego alzó el mentón, decidida.

—Creo que ya no me identifico como homosexual. Me he dado cuenta de que también me atraen algunos chicos. Así que… creo que soy bisexual.

Mara se detuvo por un instante. No por sorpresa, sino por la seriedad con la que su amiga lo había dicho. Luego le sonrió con dulzura.

—Eliana, ¿cómo te voy a juzgar por eso? Tú siempre me has aceptado por como soy. ¿Crees que yo no haría lo mismo?

Eliana dejó escapar una risa aliviada.

—Lo sabía, pero necesitaba oírtelo. Gracias, amiga. Y… por cierto, he dejado a la chica con la que estaba.

—¡¿Por qué!?, ¿tiene algo que ver con esto?

—Sí, y con muchas otras cosas. No me hacía bien estar con ella. Y me di cuenta de que merezco estar con alguien que me haga sentir viva. Como tú cuando hablas de… “el coreano misterioso”.

Mara se sonrojó y se tapó la cara con las manos.

—¡No me mires así!

—¿Cómo?, ¿no me vas a contar qué pasó esa noche?

—Luego, te lo prometo. Pero sí… cada vez siento que hay algo especial entre nosotros. Muy especial.

Mientras ambas seguían caminando por la orilla, con el agua acariciando sus pies y el sol acariciando sus rostros, Mara sintió que ese momento era casi perfecto. Pero no tenía idea de que, a muchos kilómetros de distancia, en Seúl, su historia estaba presente en otra conversación.

SEÚL — MÁS TARDE ESE DÍA.

El karaoke en Gangnam estaba en su punto máximo de euforia. Las luces de neón bailaban entre las risas y los gritos de los siete miembros de BTS, que se turnaban para destrozar —con estilo— clásicos del pop coreano y algunas canciones en inglés que Jimin insistía en cantar a gritos.

Jungkook estaba sentado en el sofá, con una bebida con alcohol en la mano, moviendo la pajita sin ganas. Hoseok se dejó caer a su lado con una carcajada.

—¿No piensas cantar tú también?, ¿o estás enamorado y no nos lo has contado? Namjoon apareció detrás de ellos, oyendo esa última frase.

—Sí, eso. ¿Quién será la afortunada que ha convertido a nuestro maknae en estatua? Jungkook se encogió de hombros, aunque la sonrisa lo traicionó.

—Es… complicado.

—¿Es Mara, cierto? —preguntó Namjoon directo.

Jungkook se giró lentamente hacia él. Hoseok abrió mucho los ojos.

—¡¿Qué?!, ¿Mara?, ¿la chica del accidente en Barcelona?, ¿por qué me entero el último?

—Sí, esa misma… ¡Lo siento, hyung! — respondió Jungkook, bajando la vista.

Namjoon sonrió con ternura.

—¿Te gusta mucho, verdad?

Jungkook asintió, mirando la pantalla del karaoke como si fuera un espejo.

—Ella es diferente. Me entiende incluso cuando no hablamos el mismo idioma. Es graciosa, espontánea, no me trata como una estrella. Solo… como Jungkook.

—¿Y tú quieres estar con ella en serio?

—Sí. Y quiero pedirle otra vez que venga a Seúl conmigo. Pero no sé si lo haría. No quiero presionarla.

Namjoon le dio una palmada en el hombro. —Hazlo cuando estés seguro, pero no lo dejes pasar. El corazón no espera.

VIERNES — CAFETERÍA FLOR DE LUNA, BARCELONA.

El reloj marcaba las 23:48. Mara estaba terminando de limpiar una mesa cuando escuchó la campanilla de la puerta. No esperaba a nadie a esa hora, pero al levantar la mirada… ahí estaba él.

Con su gorra negra hacia atrás, una chaqueta abierta y los ojos más brillantes del planeta.

Jungkook, en persona. Otra vez.

Eliana, que estaba ordenando los estantes con dulces, giró la cabeza y lo vio. Sus ojos se abrieron tanto que por poco se cae al suelo.

—¡Dios mío…! —murmuró para sí misma, llevándose una mano al pecho. Por dentro gritaba. Por fuera fingía normalidad. Apenas.

Jungkook avanzó en silencio y se sentó en una mesa, observando a Mara con atención. No había dicho nada aún. Solo la miraba. Como si estuviera recordando cada milímetro de su rostro.

Mara, por su parte, estaba atendiendo a un cliente muy guapo. Le sirvió un café y una tarta con amabilidad, y cuando giró la cabeza para mirar al fondo, se encontró con los ojos de Jungkook.

Se detuvo un segundo, y luego le dedicó una sonrisa dulce. Él se sonrojó. Literalmente. Bajó la mirada y fingió revisar la carta como si no la conociera de nada.

Eliana lo miraba como si estuviera viendo una aparición divina. Tenía el móvil en la mano pero no se atrevía ni a mover un dedo. Por respeto… y por puro shock.

A la 01:34 de la madrugada, la cafetería cerró. Eliana se despidió con una reverencia, muy a la coreana, y salió con una sonrisita emocionada. Al otro lado de la puerta, gritó bajito como una

adolescente.

Jungkook y Mara caminaron en silencio por las calles de Barcelona hasta su casa. No hablaban, pero la tensión era deliciosa. Como si el aire mismo supiera que algo importante estaba a punto de suceder.

A las 02:15, ya en el salón, Jungkook se quitó la chaqueta y se sentó en el sofá. Mara también. El corazón le latía con fuerza.

—Tengo que decirte algo —dijo él, bajando la mirada.

Mara lo miró sin parpadear.

—Me faltas. En Seúl, en mi día a día, en mi música… en todo. Y no quiero seguir viéndote solo en video-llamadas. Quiero que estés allí, conmigo.

Ella lo observó en silencio. No era una confesión cualquiera. Era una decisión. Una propuesta. Una vida entera.

Jungkook respiró hondo.

—Ya te lo propuse una vez, pero… ¿vendrías conmigo a Seúl?

Pasaron segundos que parecieron minutos. Entonces, Mara dijo, sin apartar la mirada de sus ojos:

—Sí. Me voy contigo.

El silencio tras ese “sí” no fue incómodo. Fue sagrado.

Jungkook la miró con los ojos llenos de algo que Mara no se atrevía a nombrar todavía.

¿Admiración?, ¿ternura?, ¿amor? Tal vez una mezcla de todo eso. Él sonrió despacio, como si acabara de recibir el mayor regalo del universo.

—¿De verdad vendrías? —repitió él, casi en susurro.

—Claro que sí —confirmó ella con una sonrisa tranquila pero decidida—. Pero solo si me llevas a comer tteokbokki el primer día.

Él se echó a reír y le tendió la mano, como si sellaran un pacto.

—Hecho. Pero también te haré probar hotteok, y si no te gusta, te echo del país.

—Eso suena muy democrático.

—Lo sé. Soy el dictador del dulce.

Se miraron entre bromas y carcajadas, y la tensión que había envuelto el aire unos minutos antes se transformó en una energía cálida, cómoda e intensa. Como si llevaran años compartiendo ese mismo sofá.

—¿Y cuándo piensas irte? —preguntó ella con un matiz de curiosidad temerosa.

—Pasado mañana. Solo vine a por ti. Mara abrió los ojos como platos.

—¿Cómo?

—Bueno, y por una campaña especial que hicimos con el equipo español de Vogue. Pero lo de verte era la prioridad. Necesitaba saber si lo que siento tiene sentido fuera de la pantalla.

Ella lo observó. Por un momento, su corazón titubeó. No por miedo, sino porque no recordaba la última vez que alguien había hecho algo así por ella. Volar a otro continente solo para comprobar si su conexión era real.

—¿Y si yo te hubiera dicho que no?

—Lo habría respetado. Pero igual me habría tomado un café aquí, solo para recordar tu aroma.

Mara se mordió el labio.

Él la conocía más de lo que pensaba.

—A veces siento que ya me conocías de antes —le dijo ella, sin pensarlo demasiado.

Jungkook se quedó pensativo.

—A veces siento lo mismo. Como si esta historia ya la hubiéramos vivido antes… en otra vida.

Ambos se quedaron callados, como si el tiempo se hubiese suspendido. Mara no sabía si era por el cansancio, por la intensidad del momento o por la madrugada, pero sentía que estaba soñando despierta. Que si parpadeaba, él desaparecería. Así que no parpadeó.

—¿Te quedas a dormir? —preguntó ella con suavidad.

—¿Contigo?

—Con un futón en el salón. Todavía no somos pareja, Jungkook.

—Ya, pero me gusta cómo suena eso de “todavía”. Como si tuvieras un plan para más adelante.

—No tengo planes. Pero sí tengo curiosidad —dijo, y se levantó para buscar una manta.

Él sonrió, recostándose en el sofá como si ya fuera su casa.

—Eres la chica más rara que he conocido. —Gracias, lo intento —respondió ella desde la cocina.

Cuando volvió, le lanzó la manta en la cara.

—No ronques, conejo dorado.

—Tú tampoco hables dormida.

—¿Cómo sabes que hablo dormida?

—Porque lo hiciste aquella noche, después del beso… Dijiste algo como: “Este helado no es de fresa”.

Mara se tapó la cara con ambas manos, riéndose como una niña.

—¡No puede ser!

—Y luego te reíste tú sola. Fue adorable. —Por favor, no le cuentes eso a nadie.

—Demasiado tarde. Ya lo puse en mi diario secreto.

—¡No puede ser!, ¿tienes un diario? —No. Pero si tuviera, escribiría sobre ti.

El silencio volvió, pero esta vez fue un silencio distinto. No incómodo. No sagrado, sino un silencio de hogar.

LUNES — AEROPUERTO DE BARCELONA. Eliana no podía dejar de llorar, y eso que prometió que no lo haría.

—Vas a estar bien, lo sé. Pero igual te voy a extrañar como loca.

Mara la abrazó fuerte. Ya llevaba puesta una chaqueta oversize que Jungkook le había regalado. Detrás de ellas, él hablaba con discreción por teléfono con su equipo.

—Yo también te voy a extrañar, Eli. Pero te prometo que te voy a escribir todos los días.

—Y video-llamadas. Y mensajes. Y memes coreanos con subtítulos.

—Todo eso, y más.

—¿Y si te enamoras tanto que te olvidas de mí?

—Eso no va a pasar nunca. Y si pasa, me vienes a buscar y me das una colleja.

—¿Y si me enamoro yo de un idol también? —Entonces compartimos club.

Se abrazaron una vez más y Eliana, entre lágrimas, le susurró:

—Hazlo, Mara. Vive esto como si fuera tu historia. Porque lo es.

Ella asintió con los ojos brillantes. Jungkook volvió a su lado, tomó su maleta y le sonrió con dulzura.

—¿Estás lista?

Mara miró una última vez a su mejor amiga y luego asintió.

—Sí, estoy lista.

EN EL AVIÓN — RUMBO A SEÚL.

El vuelo era largo, pero Mara no sentía cansancio.

Tenía los auriculares puestos, pero no escuchaba música.

Solo pensaba…

Pensaba en su vida, en su decisión, en todo lo que dejaba atrás… y en todo lo que se abría ante ella.

Jungkook dormía a su lado, con la cabeza ladeada hacia la ventana. Tenía una expresión tan pacífica que daba ganas de tocarlo, para asegurarse de que era real.

Ella abrió su diario y escribió una sola línea: “Querido desconocido, ya no me suenas… ahora me perteneces”.