CAPÍTULO 6
Una semana.
Eso era lo que había pasado desde que Mara había encontrado la nota de Jungkook en su almohada. Aún la tenía guardada en su cajón, doblada con tanto cuidado que parecía un papel sagrado, como si al desplegarlo una vez más se deshiciera la magia.
Jungkook se había ido sin hacer ruido. Sin despedidas dramáticas ni besos de película, solo una nota manuscrita con su letra imperfecta, diciendo en la parte de atrás: “Volveré. Lo prometo. Pero si algún día dudas, busca debajo de tu oreja. Ahí también estoy yo”.
Pero la vida continuaba, y Barcelona no se detendría porque una chica se enamoraba lentamente de una estrella del K-Pop.
En Seúl, el reloj marcaba casi la medianoche, pero en el edificio de HYBE la actividad no paraba. Jungkook estaba en el estudio, sentado en una silla giratoria, con la cabeza apoyada contra la pared acolchada y los ojos medio cerrados.
La melodía suave de “Life Goes On” resonaba por los altavoces. Ya lo habían grabado varias veces esa semana, pero Jungkook sentía que algo aún le faltaba. Quizá un poco más de emoción. O quizá era solo él, y su cabeza que seguía en Barcelona.
El micrófono estaba encendido, pero nadie cantaba. Jimin entró primero, con una botella de agua en la mano.
—¿Sigues aquí? —preguntó con una sonrisa tierna, como siempre.
—Ajá… —Jungkook asintió sin mucho ánimo.
Detrás de él llegaron Jin, Taehyung y Yoongi.
Como una banda de hermanos de película juvenil, los cuatro se sentaron alrededor de Jungkook sin decir palabra al
principio.
—¿Y bien? —empezó Jin, cruzándose de brazos—. ¿Te vas a dignar a contar qué demonios hiciste hace una semana cuando desapareciste del mapa como si fueras un fugitivo internacional?
—¿O un espía romántico con pasaporte europeo? —añadió Taehyung con picardía.
Jungkook suspiró y se rascó la nuca. —Fui a Barcelona. A ver a Mara.
Yoongi levantó las cejas.
—¿Esa chica con la que nos tropezamos después del concierto?
Jungkook asintió.
—La misma.
—¿Y por qué no nos dijiste nada? —preguntó Jimin, aunque en su voz no había reproche, solo una sincera curiosidad.
—No lo pensé demasiado. Solo… sentí que tenía que verla —Jungkook los miró—. Desde ese choque, no pude dejar de pensar en ella. Como si me faltara algo si no la volvía a ver.
Jin sonrió con ternura.
—Eso es bonito. Muy de película. O de fanfic.
Taehyung se inclinó hacia él.
—¿Y?, ¿la viste?, ¿qué pasó?
Jungkook se sonrojó ligeramente. Se quitó la gorra que llevaba y la giró entre sus manos.
—Sí… Subí a su casa. Hablamos. Me mostró su tatuaje.
—¿¿Entonces tiene un tatuaje como el tuyo?? —preguntó Jimin, boquiabierto. —El mismo. El número 7. En el mismo sitio. Debajo de la oreja.
Hubo un silencio. Luego Yoongi dijo en voz baja: —Eso no es una coincidencia. —Lo sé.
—¿Y la besaste? —preguntó Taehyung con una sonrisa de oreja a oreja.
Jungkook no respondió, pero su cara lo dijo todo. Los demás estallaron en vítores ahogados, como si fueran adolescentes cotillas en un campamento nocturno.
—¡Nuestro maknae ha caído! —exclamó Jin. Jungkook bajó la mirada.
—Lo peor es que no sé qué somos. Ella tampoco. Pero sentí que no podía irme sin… sin al menos dejarle claro lo que siento.
Yoongi se apoyó contra la pared.
—Eso ya es mucho más de lo que muchos logran hacer en toda su vida, Jungkook.
En Barcelona, mientras los miembros de BTS se retiraban a descansar en Corea del Sur, Mara abría la cafetería media hora antes de lo habitual.
Eliana apareció pocos minutos después, con su moño despeinado y una tostada en la boca.
—No puedo creer que me hagas venir antes de tiempo de lo pactado. ¿Qué clase de jefa cruel eres?
—Una que necesitaba distraerse antes de volverse loca —respondió Mara sin rodeos.
Una hora después, la cafetería bullía de clientes: turistas con gafas de sol dentro del local, oficinistas pidiendo café para llevar, y algún que otro curioso que solo entraba por el aire acondicionado.
Detrás del mostrador, mientras preparaban un chai latte, Eliana soltó la bomba: — Vale, ahora que estamos solas… ¿Quién era el hombre con el que estabas la semana pasada?
Mara se giró tan rápido que casi derramó la leche.
—¿Y cómo sabes que estaba con un hombre?
—Vecinos. Mirillas. Tal vez nuestra breve llamada. Y el hecho de que salieras a tirar la basura con esa sonrisa ridícula al día siguiente.
Mara bajó la voz.
—Era Jungkook.
Eliana parpadeó.
—¿Perdona?
—Jungkook. De BTS.
Eliana soltó un chillido tan agudo que el cliente de la mesa cinco se atragantó con su cruasán.
—¿¡Qué!?, ¿¡Y ME LO DICES ASÍ, SIN MÁS!? —¡Baja la voz!
—¡Imposible!, ¿cómo demonios ha pasado eso?, ¿estaba con alguien más?, ¿viste a Jin?, ¿¡A MI JIN!?
Mara negó con la cabeza.
—Solo estaba él. Aunque durante una llamada, escuché a todos los demás al fondo. No entendí casi nada… solo voces y risas en coreano.
Eliana se aferró al mostrador como si fuera a desmayarse.
—Tengo envidia. Envidia sana. Pero sigue siendo envidia.
Mara rió y le puso una galleta en la mano. —Para que no mueras.
—Voy a enmarcar esto. No, mejor… lo voy a escribir en mi epitafio: “Aquí yace Eliana, cuya mejor amiga se lió con Jungkook de BTS sin saber quién era”.
Ambas rieron, y justo entonces entraron nuevos clientes. La magia del momento quedó suspendida entre pedidos de café con leche y croissants rellenos de chocolate.
Cuando por fin llegó la hora de cerrar, Eliana se fue bailando como si acabara de ganar un viaje a Corea. Mara se quedó sola, bajando persianas y ordenando tazas.
Fue entonces cuando vibró su móvil. Jungkook: ¿Cómo estás sin mí por allí? Ella sonrió al instante.
Mara: Rodeada de tostadas, croissants y una mejor amiga que ya sospecha todo. Jungkook: ¿El qué sospecha?
Mara: Bueno, se lo confirmé. Y también le dije que tu líder gritó tu nombre por altavoz mientras tú huías de Corea para venir a besarme.
Jungkook: ¡Oye!, yo no “huí”. Fue una misión ultra secreta. Nadie podía saber que me volví romántico.
Mara: Demasiado tarde. Eliana ya quiere tatuarse tu nombre.
Jungkook: Dile que Jin está soltero. Ella soltó una carcajada y escribió:
Mara: Lo de menos es Jin. Creo que ahora tiene un crush contigo también.
Jungkook: Normal… Me pasa mucho 😎.
Mara apoyó el móvil en la barra de la cafetería y suspiró. Luego escribió una frase más.
Mara: Te echo de menos.
Pasaron unos segundos. Luego apareció la respuesta.
Jungkook: Yo también. Pero esto no termina aquí.
Cuando Mara llegó a casa, pensó que estaría sola como siempre. Pero su hermana estaba en el sofá viendo una comedia tonta con subtítulos en inglés.
—¿Tú aquí?
—Estoy viva, sí. No me secuestró ningún marciano.
—Mejor. Aunque si viniera un coreano tatuado a secuestrarme, yo no diría que no.
—¿Eh?
—Nada. No mires la televisión hasta tan tarde. Vete a dormir a una hora decente por una vez.
—Te recuerdo que soy mayor que tú.
—Y aún sigues viendo películas de Adam Sandler como si no supieras que existe el buen cine.
Se lanzaron cojines. Rieron. Y el “7” oculto debajo de la oreja de Mara pareció latir una vez más.
La noche había caído en Seúl, tiñendo las grandes cristaleras del estudio de un azul oscuro apacible. Las luces del skyline titilaban a lo lejos mientras Jungkook caminaba descalzo por el suelo de madera pulida del piso que compartía
momentáneamente con Jimin. El resto del grupo había regresado a sus casas tras una larga jornada de grabación. Solo Jimin se había quedado para terminar unos arreglos vocales. Jungkook, por su parte, solo podía pensar en una cosa. O mejor dicho, en una persona.
En Mara.
Sacó su móvil, sonrió al ver su nombre en la lista de chats recientes en Kakaotalk, y le envió un simple mensaje: “¿Videollamada ahora?, tengo algo que
mostrarte…”.
En menos de un minuto, el móvil vibró con la aceptación. La video-llamada comenzó, y la imagen de Mara, con el cabello suelto y un suéter enorme que claramente no era suyo, apareció en la pantalla. Estaba tumbada sobre la cama, con una expresión a medio camino entre alegría y nervios.
—¡Ey! —dijo Jungkook sonriendo y
acomodando el móvil frente a él—. ¿Me extrañaste?
—Hmm… no sé. Quizá un poco. Quizá demasiado. Quizá al punto de volverme loca. Pero lo normal —Mara bromeó mientras tomaba su taza de té.
Jungkook se llevó una mano al pecho, fingiendo dolor.
—¡Auch!, estás rompiéndome el corazón… Y eso que te iba a enseñar algo muy bonito…
—¿Ah, sí? —dijo ella, incorporándose con curiosidad—. ¿Más tatuajes secretos?
—No, aunque… podría enseñarte otro que nadie más ha visto de cerca. Pero eso para otro día.
—¡Qué malvado eres!
Jungkook sonrió. Después se puso más serio. Se quedó en silencio unos segundos mirándola con intensidad.
—Mara… estos días aquí han sido un caos. La música, las coreografías, las sesiones con los chicos… Pero todo me lleva de vuelta a ti. A ese día que nos conocimos por accidente. Y no sé cómo explicarlo, pero… me estás cambiando por dentro.
Mara lo miró, sin saber si reírse o llorar. Porque ella sentía lo mismo. —Me has dejado sin palabras, Jeon Jungkook.
—Ese es mi superpoder —le guiñó el ojo—. Pero tú… tienes otro.
—¿Cuál?
—Me haces sentir como si pudiera detener el tiempo. Como si no importara cuán lejos esté de ti, sigues siendo mi centro.
Ambos se quedaron en silencio. Era uno de esos silencios hermosos, llenos de significado.
De pronto, se escuchó un portazo en el estudio de los chicos.
—¡Jungkook-ah!, ¿estás hablando con ella? —gritó Taehyung desde la puerta.
—¡Dile que se una a una video-llamada grupal! —añadió Jimin, asomándose con la cara llena de mascarilla facial.
—¡No! —gritó Jungkook, tapando la cámara—. ¡Estamos en una llamada privada!
Mara se reía a carcajadas. Y entonces, alguien más apareció detrás de Jungkook. Era Yoongi.
Con una camiseta blanca holgada, y una taza de café entre las manos, se acercó al móvil y saludó con una ligera inclinación de cabeza.
—Hola, Mara.
—¡Hola, Yoongi! —respondió ella con simpatía.
Yoongi se quedó mirándola unos segundos más de lo necesario. Había algo en sus ojos morados… un brillo, una intriga, una especie de ternura que ni él mismo entendía del todo.
—¿Qué haces todavía aquí? —le preguntó Jungkook a su hyung, algo incómodo.
—Me dejé algo en el escritorio… y escuché tu voz. Quería asegurarme de que no hablases solo.
Jungkook resopló. Yoongi se marchó, pero no sin antes lanzarle una mirada
silenciosa a la pantalla. Una mirada que Mara notó, aunque no supo interpretar del todo.
Mientras tanto, en Barcelona, tras terminar la llamada con Jungkook (que duró dos horas más), Mara bajó a la cocina para hacerse una infusión. Su hermana no estaba en casa otra vez. La soledad la golpeó fuerte.
Fue entonces cuando se preguntó, por primera vez, si podría dejarlo todo por alguien como él.
¿Cómo sería su vida en Seúl?, ¿podría adaptarse?, ¿dejaría la cafetería?, ¿y su hermana, qué pensaría?
Subió a su habitación y encontró una nueva notificación.
Jungkook había compartido una nota de voz.
Lo reprodujo: “Mara… si pudiera, iría ahora mismo a buscarte. Pero esta vez… no solo para visitarte. Quiero que vengas conmigo. Que me acompañes en esta locura. No tienes que responder ahora. Solo… piénsalo. Saranghae”.
Se tapó la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Una mezcla de miedo, emoción, y un amor tan nuevo como profundo.
Al día siguiente, en el estudio de HYBE, Jungkook estaba repasando unas notas cuando Jin entró con un par de botellas de agua.
—¿Todo bien, maknae? —le preguntó Jin, sentándose a su lado.
Jungkook asintió.
—Estoy pensando una y otra vez en proponerle algo importante a Mara.
—¿Vas a declararte oficialmente?
—Aún no… pero quiero traerla a Seúl. Quiero que esté aquí conmigo.
Jin lo miró con asombro.
—Eso es un paso enorme, Jungkook. No es solo una visita.
—Lo sé. Pero cuando estoy lejos de ella… es como si faltara una parte de mí. Y no quiero seguir así.
—¿Estás seguro?
—Más que nunca.
Jin le palmeó el hombro.
—Entonces hazlo y no lo pienses más. Pero hazlo bien. Hazlo con el corazón.
En el estudio contiguo, Yoongi estaba editando una pista cuando Taehyung entró con su móvil en la mano.
—Hyung, ¿a ti no te parece que Jungkook está demasiado metido con esta chica?
Yoongi alzó la vista.
—¿Y eso te preocupa?
—No. Me intriga. Porque yo también la recuerdo… cuando nos la cruzamos en Barcelona. Tiene algo especial.
Yoongi no respondió. Pero en su interior, empezaba a pensar que sí. Que Mara tenía algo especial. Algo que lo había tocado también a él.
Esa noche, Mara y Jungkook se enviaron más mensajes. Memes, fotos tontas, una nota de voz de él imitando a su perro Bam, y un vídeo de Mara haciendo el peor intento de la coreografía de “Permission to Dance”.
Y en medio de las risas, la conexión. Cada vez más fuerte. Cada vez más real.