Querido desconocido, me suenas CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Mara llevaba días dándole vueltas a lo mismo, como si su cerebro se hubiera atascado en una sola canción. O en un solo rostro. O en unos ojos muy, muy

específicos.

No sabía en qué momento exacto lo había aceptado, pero lo sabía. Bueno, no sabía saberlo, pero lo sentía, y eso era aún más peligroso.

“mnJK” es Jungkook. Jungkook de BTS. El chico con el que me choqué. El chico con el que ahora hablo cada madrugada. El chico que me deja emojis de conejito. Ese Jungkook. Y claro, había intentado razonar con ella misma, como cualquier persona sensata haría.

—¿Qué probabilidades hay de que, de todas las personas del mundo, te escriba justo él… con nombre falso, y que le encantes tanto como para hablar contigo todos los días? —se decía Mara mientras barría la entrada de la cafetería.

Pero claro… ¿qué probabilidades había de chocarse con tres miembros de BTS al salir de trabajar?, ¿y que luego cuatro entraran a su cafetería una noche cualquiera como si fueran clientes habituales del Eixample?

En la vida de Mara, lo improbable era casi rutina.

Esa noche, después de cerrar la cafetería con Eliana —quien había quedado con su novia para ver una película coreana que ni Mara ni Netflix sabían que existía—, Mara llegó a casa con una idea fija.

Tenía que hacer algo.

No podía seguir hablando con “mnJK” como si no sospechara nada. Como si su corazón no latiera un poco más fuerte cuando él le decía “Descansa, florecilla”, como si ese apodo no fuera la cosa más tierna e irritante que jamás le habían dicho.

Así que se armó de valor.

Se puso su pijama favorito (el de gatitos con gafas de sol, por si hacía falta intimidar al adversario), se hizo dos coletas rápidas, y se sentó en el borde de la cama con el móvil en la mano.

—Vale, Jungkook… —murmuró mientras abría Kakaotalk.

Vio su última conversación. Él había mandado una foto de un cielo estrellado desde su terraza con el mensaje:

mnJK: Esta noche el cielo se parece a ti. No me preguntes por qué. Buenas

madrugadas, florecilla.

Mara hizo una mueca entre risa y ternura extrema. Le contestó:

Mara: ¿Y si te hago una video-llamada ahora?, ¿te atreves o te escondes, conejito misterioso?

Y sin esperar respuesta, pulsó el icono de video-llamada.

Una…

Dos…

Tres señales.

Nada.

Cuatro…

Cinco…

Pantalla en negro. Y de pronto, la llamada se cortó.

—¡Vamos! —exclamó Mara al aire—. No puede ser que me esté ignorando en mi momento más valiente del año.

Lo intentó de nuevo. Esta vez, sin señales. Directamente ocupado. Mara lanzó un cojín contra su peluche de Stitch.

—Fantástico. Lo peor es que seguro está roncando con cara de ángel, sin saber que acaba de arruinar mi impulso emocional de la década.

En Corea del Sur, eran las 9:44 de la mañana. Jungkook, en ese preciso momento, roncaba boca abajo con la cara medio hundida en una almohada con forma de mochi. Su móvil vibraba al borde de la cama, peligrosamente inclinado como si estuviera considerando un suicidio por falta de batería.

Al despertarse una hora después, con el pelo alborotado como un manga en fase beta y las marcas de la sábana en la mejilla, Jungkook vio el mensaje de la llamada perdida.

Se frotó los ojos. Le dio al botón de grabar audio.

—Hola florecilla… Acabo de despertar y he visto tu llamada. Perdón por ignorarte sin querer… Te juro que no era mi plan. Te tengo que compensar. Y no vale que me odies por ser un dormilón. O sí… pero solo un poquito.

Y lo mandó. Pero no se quedó tranquilo. Así que se levantó, se sirvió un vaso de agua, y mientras bebía, se le ocurrió una de esas ideas suyas. De esas que

normalmente su mánager le vetaría, pero su corazón de artista impulsivo aprobaba con entusiasmo. Abrió la app de Kakaotalk, fue a su conversación con Mara y escribió:

mnJK: ¿Tienes hambre?, ¿sí?, pues abre la puerta dentro de 45 minutos. Sorpresa internacional en camino.

Mara lo leyó tres veces.

—¿Qué? —se dijo en voz alta—. ¿¡Me va a enviar comida desde Seúl!?, ¿esto es una broma?, ¿va a mandar un kimchi por teletransportación?, ¿un bibimbap exprés?

Se rió sola. Y se quedó esperando. Cuarenta minutos después, alguien llamó a su puerta.

—No puede ser… —susurró.

Abrió lentamente.

No era Jungkook.

Pero sí era un repartidor de comida coreana.

—¿Pedido para Mara? —preguntó con acento marcado.

Ella asintió. El repartidor le entregó una bolsa con un cartelito atado al asa: “Para ti, florecilla. Desde Seúl, con picante y amor”.

Dentro había tteokbokki, un bibimbap vegetal, una soda de fresa coreana… y una galleta de la suerte con un papel doblado.

Mara la abrió con manos temblorosas. “La próxima vez, el postre te lo lleva el propio conejito”.

Soltó una carcajada.

—Este chico está completamente loco. Y quizá por eso, le gustaba más.

En el otro lado del mundo, mientras Mara cenaba comida coreana en pijama, en Seúl, Yoongi estaba recostado en el sofá de su estudio con el móvil en la mano y la ceja arqueada como si estuviera a punto de resolver un crimen.

—No me jodas —murmuró.

Entró otra vez al perfil “ _jkshadow7” en Weverse. Ese perfil que se dedicaba a contestarle a una tal “MaraOMG” con más frecuencia que un ARMY medio. Y luego fue al perfil de ella.

Vio una foto de una taza de café con espuma en forma de luna. Lo reconoció. —¿No es esa la cafetería en Barcelona a la que fuimos…?

Empezó a atar cabos. El nombre de usuario. Las horas de publicación. La forma de escribir.

—Este tipo no es un fan. Este es Jungkook haciéndose el misterioso.

Se rió. Y le mandó un mensaje a Taehyung. Yoongi: Tengo algo que contarte. Es sobre nuestro conejo preferido y cierta cafetería en Barcelona…

Taehyung: ¿Qué ha hecho ahora?, ¿se ha tatuado el nombre de la chica en hangul?

Yoongi: Casi. Se ha hecho pasar por un fan en Weverse para ligarse a una barista. Y creo que está funcionando.

Taehyung: JA,JA,JA. ¿Y tú cómo lo sabes? Yoongi: Porque soy un genio. Y porque tengo ojos.

Pasa un mes.

Mara y Jungkook hablan todos los días. A veces hasta las cinco de la mañana para ella (doce del mediodía para él).

En sus conversaciones hay de todo: fotos de comida, memes de gatos, reflexiones sobre el miedo al futuro, listas de reproducción de Spotify compartidas, y una rivalidad absurda sobre quién adivina más emojis sin contexto.

Una noche, después de una conversación sobre sus peores citas (la de Jungkook incluyó una alergia al marisco y un baño de emergencia), él le escribió algo que a Mara le hizo el estómago girar como una lavadora:

mnJK: Barcelona es bonita… pero será más bonita cuando vuelva y estés tú para hacerme café o limonada.

Ella respondió:

Mara: ¿Eso es una pista de que vas a volver pronto, conejo misterioso?

mnJK: Puede ser. O puede ser que ya esté más cerca de lo que crees. ¿Quién sabe? Ella lo leyó cinco veces.

Al día siguiente, en la cafetería, mientras servía un capuchino con espuma de corazones, Eliana la observó en silencio.

—Te lo dije —murmuró—. Es Jungkook. —¿Y si no lo es? —respondió Mara, pero sin convicción.

—Mara, por favor. Es adorable, creativo, te manda comida coreana desde Seúl, escribe como Jungkook y te llama

florecilla. Está tan claro que duele.

Mara sonrió, pero no dijo nada.

Porque dentro de ella, ya lo sabía. Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de conocer a alguien al otro lado del mundo no le daba miedo.

Le daba mariposas.

Y una limonada de ilusiones.

Era sábado. El sol se colaba entre las cortinas de la habitación de Mara como un invitado insistente en una fiesta privada.

Ella se removió en la cama, medio dormida, medio soñando con una versión alternativa de la realidad donde el chico que le gustaba no era, probablemente, el hombre más famoso del planeta.

Revisó el móvil sin pensar.

mnJK: ¿Estás despierta, florecilla?, ¿tienes cinco minutos para un juego? Mara se frotó los ojos. Eran las 10:07 a.m. Y eso, para ella, era madrugada. Mara: Si este juego incluye pensar antes del café… retiro mi participación.

mnJK: Sólo tienes que adivinar tres cosas sobre mí. Yo confirmo o niego. Si aciertas dos, te doy un premio.

Mara: Mmm… trato hecho. Pero me debes una limonada de propina si acierto las tres.

mnJK: Trato doblemente hecho. Empieza, detective Mara.

Ella se incorporó en la cama, ya

completamente despierta. Pensó unos segundos y escribió:

1. Tienes un tatuaje de caligrafía en el brazo derecho.

2. Eres cantante. Famoso, pero no me lo has dicho directamente.

3. Te encantan los arándanos (esto es deducción pura por tus emojis).

Tardó un minuto en responder.

mnJK: Correcto, correcto, error. (No me gustan los arándanos, florecilla. Pero tu deducción es adorable, y aterradora).

Mara abrió los ojos como platos.

—¡Ajá! —gritó al aire, despertando a su gato invisible.

Mara: Entonces sí eres cantante. Y famoso. Sabía que ese brazo con tatuajes me sonaba.

mnJK: Premio para ti. Te grabo un audio cantando algo solo para tus oídos. ¿Alguna petición?

Mara sintió un nudo en el estómago.

Sabía que él podía ser quien ella sospechaba. Pero si le cantaba… su voz lo delataría por completo.

Le temblaban los dedos al responder:

Mara: ¿Te atreverías con un trocito de “Still With You”?, es mi canción favorita de ese… famoso del que no voy a decir el nombre.

La respuesta tardó más de lo normal. Y luego… llegó.

Audio recibido: 01:34 segundos.

Mara se llevó el móvil al oído.

Una guitarra suave. Una voz melódica, conocida, dulce y quebrada en ciertos puntos.

“Still with you…”

Su corazón dio un vuelco.

Era él.

Era Jungkook. Sin máscara, sin misterios. Su voz inconfundible.

Cuando terminó el audio, se quedó sentada en silencio, con las mejillas ardiendo. Volvió a escribir.

Mara: Ya no hay duda, ¿verdad?, eres tú. Y aunque una parte de mí está en shock, la otra parte… está muy feliz.

Pasaron unos segundos eternos.

mnJK: No quería esconderme de ti. Quería saber cómo era conectar con alguien sin que el “Jungkook de BTS” se interpusiera. Solo yo. Solo un chico con insomnio y demasiadas canciones sin terminar.

Mara apoyó la frente en las rodillas. —No puede ser tan tierno… —susurró.

Mara: Pues el chico con insomnio me gusta. Mucho. Incluso si se viste de emoji. Él respondió con una lluvia de caritas de conejo, lunas y guitarras.

Mientras tanto, en Corea…

Yoongi y Taehyung habían decidido hacer lo impensable: organizar una “intervención” para Jungkook. O más bien, una broma pesada camuflada de intervención.

La idea surgió en el estudio, cuando vieron que Jungkook no paraba de sonreírle al móvil con cara de adolescente

enamorado.

—Está que no pisa el suelo —murmuró Yoongi, tomando una foto como prueba para el futuro museo del caos.

—Podríamos… no sé… hacerle creer que su cuenta “se filtró” por error —sugirió Taehyung con una sonrisa diabólica.

Yoongi lo miró como si acabara de nombrarlo director creativo del universo.

—¿Sabes usar Photoshop?

Horas después…

Mara estaba fregando vasos en la cafetería cuando recibió una notificación extraña en su móvil.

@seungban_times ha publicado: ¿Quién es MaraOMG y por qué el supuesto perfil secreto de Jungkook (@_jkshadow7) solo interactúa con ella?”.

—¿¡Qué!? —soltó, dejando caer un vaso (de plástico, por suerte).

Abrió el artículo. Un “filtrado” de perfiles de Weverse mostraba capturas de pantalla de interacciones entre ella y el usuario en cuestión.

Incluso se incluía una teoría de fans que decía: “Es evidente que hay algo romántico entre ellos. Ella vive en Barcelona. Él estuvo allí el mes pasado. ¿Coincidencia? No lo creemos”.

Mara se quedó de piedra. Eliana, que lo vio desde el mostrador, se acercó corriendo.

—¿Te ha explotado el móvil o es que finalmente confirmaste que sales con Jungkook?

—¡Mira esto! —le mostró el artículo. Eliana lo leyó y luego estalló en carcajadas.

—Es broma, ¿no?, ¿esto lo ha hecho un fan?

Pero entonces, otra notificación surgió: una publicación desde la cuenta de Jungkook en Weverse (la oficial). “A veces, lo mejor que puedes hacer es dejarte encontrar. Aunque sea detrás de un nombre raro y un emoji de conejo. Gracias por verme, florecilla”.

Las redes enloquecieron. El “Jungkook gate” se volvió tendencia. Pero lo mejor fue el final: un vídeo casero, grabado por Taehyung, donde Jungkook aparecía frente a cámara, con una camiseta negra de la marca Calvin Klein y el pelo despeinado.

—Hola, mundo. Lo de la cuenta anónima… sí. Era yo. Y sí, estaba hablando con alguien especial. Con mucho respeto. Por favor, no ataquéis a nadie. Y por cierto, no me gustan los arándanos.

El vídeo terminaba con un grito de fondo (Yoongi): “¡TE LO DIJE!”

Esa noche, Mara recibió una video-llamada. Era Jungkook.

Esta vez sí respondió.

Él estaba nervioso. Con una gorra puesta hasta las cejas, en una habitación con luz morada tenue.

—Hola, florecilla… —dijo.

Ella sonrió, casi llorando.

—Hola, conejo famoso.

—¿Sigues queriendo limonada? —preguntó, sonriendo también.

—Solo si la preparas tú.

—¿Y si te la llevo en persona?

—¿Desde Corea?

Él asintió.

—Ya estoy en Barcelona. En realidad… estoy abajo, en tu portal. ¿Puedo subir? Mara se quedó helada. Corrió a la ventana. Y ahí estaba él.

Con mascarilla, gafas de sol… y un paquete en la mano con una etiqueta: “Para la chica que vio al chico detrás del ídolo”.

Bajó las escaleras como si volara. Abrió la puerta.

Él se quitó la mascarilla. Ella lo miró como si aún no pudiera creerlo. Y luego, simplemente, lo abrazó.

Ninguno dijo nada. Porque a veces, lo improbable… es solo el principio.