68. Gia
Gia
Dear Miss Santa Clausura:
It appears you’ve been praying where you shouldn’ t have, as I’ve discovered your past correspondence with my girlfriend, Beatrice.
I must say I don’t appreciate surprises of this kind.
One might expect discretion, or at least subtlety, but apparently, I was mistaken.
I find it both amusing and insulting that Bea assumes I would quietly accept her decisions about us.
I therefore request that you do not take our case. I myself will make this closure as effective as her audacity was unfortunate. No further correspondence is required, unless it is to confirm that this matter is definitely closed.
Very truly yours,
Miss Cordelia Ashford
Hemos llegado hace unas horas desde Milán y, sinceramente , aún tengo el culo cuadrado por el viaje.
Pero también tengo la piel hidratada, gracias al lujoso aire acondicionado del jet privado de Giovanna, y una vista panorámica de Cinque Terre que me hubiese gustado fotografiar si no tuviera el móvil sin batería.
El avión nos ha dejado en un aeródromo ridículamente pequeño, y desde ahí un taxi nos ha traído hasta la oficina.
Hoy es Nochebuena. La Vigilia. En Italia, eso significa una sola cosa: pescado.
Nada de carne , por decreto eclesiástico y por amor a las tradiciones culinarias que implican bacalao, almejas, calamares y todo lo que haya tenido branquias alguna vez.
La famosa cena de los siete peces. Una mezcla de superstición, fe y colesterol del bueno .
Después de recoger a mis hijos perrunos de casa de mi madre (que me ha dejado claro que no soy tan buena madre como ella), he ido a dejar las maletas a Corniglia, me he pegado una ducha de esas que te reconcilian con la existencia, y he aterrizado aquí , en la oficina, con la firme intención de aprovechar estas horas de calma para trabajar.
Porque sí, es 24 de diciembre, pero la Señorita Santa Clausura no puede cogerse vacaciones antes de tiempo.
Estoy tratando de descifrar el correo de miss Cordelia Ashford cuando Lele entra con su ya mítico jersey de renos (ese que su madre le obliga a ponerse cada Nochebuena porque, «si no hay ropa ridícula, no hay bendición») y una taza de chocolate caliente que tiene encima tanta nata que podría clasificarse como postre con sombrero .
—Gia, escúchame una cosa —anuncia sin siquiera saludar, y se deja caer en el sofá como si le hubieran disparado con una bala de turrón—. El amor está en todas partes. Solo hay que saber mirar.
Levanto una ceja, sin apartar los ojos del portátil.
—¿Vas a seguir soltando frases profundas o piensas decirme qué quieres?
—No, en serio. Si lo buscas, tengo la corazonada de que descubrirás que el amor, en realidad, está por todas partes. Lo dijo… Shakespeare , creo.
Parpadeo lentamente. ¿Me está vacilando? ¿Estoy teniendo una alucinación inducida por los vapores del chocolate con nata? ¿Se le ha ido la pinza y no me he dado cuenta hasta ahora?
—Lele. Esa frase no la dijo Shakespeare.
—¿Y ? —responde, encogiéndose de hombros con toda la tranquilidad de quien jamás ha tenido razón, pero ha salido impune—. ¿Acaso no es la Navidad el momento ideal para creérselo todo un poquito? Incluso las frases mal atribuidas.
—Ay, Lele. Cállate, por favor.
—Vale, pero lo dijo Shakespeare.
—¡Que no lo dijo Shakespeare!
Ella sonríe con la satisfacción de una niña que ha escondido una rana en la mochila de su hermano . Se relame la nata del borde de la taza, me lanza una mirada cómplice y baja la voz.
—Bueno, vale , no lo dijo Shakespeare. Y, bueno, vale, te diré lo que quiero. Necesito que me hagas un favorcito. Pequeño. Pequeñín . Mis padres han encargado el postre para esta noche en la Trattoria dal Billy. Tendría que ir sobre las siete a recogerlo, pero no puedo.
—¿Y me lo pides así ? ¿Después de citar mal Love Actually y hacerme pensar que has perdido lo poco que te quedaba de juicio?
—Sí . Porfa. Gracias, preciosa. Te adoro.
Suspiro. Porque es Nochebuena, porque su jersey es objetivamente feo y porque, aunque no me lo merezca, soy una buena persona.
—Vale, vale. Pero deja de decir tonterías de una vez. Me estás preocupando. Quizá deberías ir dejando el chocolate. Tiene efectos secundarios.
—Gracias, amore . Sei un angelo.
A las siete en punto (que en mi idioma significa las siete y cuarto y con el abrigo mal abrochado) llego a la Trattoria dal Billy, con el móvil en una mano y una bolsa de tela en la otra. Me reciben con una sonrisa, olor a salsa casera y música de Andrea Bocelli de fondo.
El pedido de Lele está listo. Tres bandejas perfectamente empaquetadas con postres que huelen a gloria celestial: un tronco de Navidad de chocolate, unos cannoli de ricotta y algo que parece ilegalmente bueno y que Lele ha llamado «sorpresa semifredda ».
— Buona Vigilia , Gianna —me dice el chef con una sonrisa.
—Igualmente, Roberto.
Cargo con todo, doy las gracias, intento no llorar de emoción por el olor a vainilla y mantequilla, y me dirijo hacia la puerta, dispuesta a volver al mundo exterior.
Tengo que pasar por casa de Lele a dejarle el pedido, y luego seguir rumbo a la cena familiar con mis padres y mis tíos de Castel Gandolfo, que vendrán con más regalos de los necesarios, cotilleos romanos y muchas preguntas sobre por qué sigo soltera y si de verdad me pagan por ser una «rompe relaciones».
Y pienso enseñarles la transferencia generosísima que me hizo anoche Giovanna como respuesta.
Estoy cruzando la puerta cuando la magia navideña decide hacer acto de presencia.
Porque, justo cuando la empujo para salir, entra Gian.
Y, como si el día de por sí no fuera demasiado dramático, me choco con él.
Pecho con pecho. Cara con cara. Olor a colonia masculina elegante y sexy con olor a postre navideño.
Y mis manos, con las tres cajas apiladas, tiemblan.
—Perdón —decimos los dos a la vez.
Levanto la vista. Y ahí está. Con el pelo algo despeinado por el viento, la bufanda gris de siempre y una expresión en la cara que mezcla una sonrisa sospechosa y algo más. Algo que reconozco. Porque yo también lo estoy sintiendo.
Nos quedamos los dos parados en la puerta. Yo con las bandejas en la mano, él con la suya todavía en el pomo, y ese silencio repentino que hace que de pronto todo el mundo parezca haberse metido dentro de las casas.
Sobre nosotros, está el muérdago. Una sola baya.
Solitaria. Blanca. Como si fuera el comodín de una película romántica navideña.
Como si el universo tuviera un presupuesto limitado para milagros y dijera: «Bueno, venga, una bolita para estos dos pesados.
Os doy una última oportunidad, no la fastidiéis».
Él la ve. Yo la veo. La vemos. Y nos miramos.
—Oh.
—Oh —me imita , y está sonriendo.
—Hola.
—Hola —dice él, con la voz un poco más grave que la última vez. O quizá es que hace frío y todo suena distinto.
Se me revuelve el estómago. Porque no estaba preparada. Porque no me había mentalizado todavía. Porque no me he pintado los labios ni he ensayado el discurso ingenioso que quería soltarle antes de abalanzarme sobre él.
Levanto las bandejas como si fueran pruebas forenses de… algo. No sé de qué. No sé qué estoy haciendo.
—Estoy traficando con repostería de lujo. Encargo navideño. Misión semifredda . Entrega especial a Lele Claus.
—Ya veo .
Nos quedamos ahí, en medio de la puerta, interrumpiendo el flujo natural de los clientes, que ahora tienen que maniobrar entre nosotros como si fuéramos estatuas vivientes.
Nadie dice nada sobre el muérdago. Pero todos lo miran.
Y yo también . Y él también. Y lo sé. Y él lo sabe .
Y el universo, ese sádico que se divierte con mi vida sentimental, también lo sabe.
Y como soy yo, y estoy nerviosa, y tengo una larga y documentada historia de decir estupideces cuando me da ansiedad, empiezo a hablar.
—Aunque técnicamente no estoy traficando porque esto no es ile gal.
O eso creo. Quiero decir, sería ilegal si estuviera revendiendo los postres en el mercado negro, pero no, solo los estoy transportan do, como una especie de elfo pastelero de la Navidad .
Y además huele todo tan bien que, si tú me dijeras ahora mismo que quieres comerte uno aquí en la acera, yo te diría que sí, aunque sería raro.
Un poco. Bastante. En plan ¿quién se besa bajo el muérdago con olor a cannoli de ricotta?
¡Aunque no es que vayamos a besarnos! O sea, no lo he dicho por eso.
Lo he dicho como ejemplo. No porque quiera.
Quiero decir, no porque tú quieras. O sea. No sé. ¡Ay , Dios!
Me paro. Me detengo. Porque estoy a punto de decir la palabra «feromonas» y eso sería ya irreversible.
Y entonces él me mira. Pero me mira bien.
Con esa mezcla de paciencia y peligro, como si me estuviera escuchando y al mismo tiempo estuviese planeando algo que haría sonrojar a las monjas del convento de Volastra.
Y da un paso más cerca, apenas un palmo, pero suficiente como para que yo lo sienta todo. Su olor. Su cuerpo. Su intención…
—Estamos debajo de la última baya del muérdago, cariño . Sería un crimen no besarnos.
Mis rodillas se convierten en mantequilla fundida. Mi cerebro lanza una alerta general que si existiera realmente diría algo como «¡Alerta roja! ¡Sistema central caótico ! ¡Reiniciar emociones ya!» Y mi boca, que no sabe cuándo callarse, intenta contraatacar.
—Bueno, técnicamente no es la última, última . O sea, seguro que hay más muérdagos en Manarola con bayas, en las puertas de casas o colgando en iglesias o…
Pero él ya ha dejado las palabras atrás.
Inclina la cabeza. Y baja la mirada a mis labios.
Y yo dejo de hablar. O al menos lo intento.
Porque Gian, ese Gian que me rompió el corazón y que me lo volvió a coser con hilo rojo y descaro , se inclina un poco más.
Y el frío, las cajas , la gente entrando y saliendo de la trattoria, todo lo demás …
desaparece. Solo estamos él, yo y esa baya solitaria que, francamente, brilla más que todas las luces del belén.
Y, antes de que sea capaz de reaccionar, me besa.
Despacio, al principio. Como si estuviera esperando que yo decidiera si sí o si no.
Como si se acordara de cada uno de los sitios en los que nos habíamos roto y eligiera, con cuidado, dónde volver a empezar.
Y yo no pienso. No razono. Solo sé que dejo las cajas sobre el banco de madera junto a la entrada, que libero mi mano izquierda y que mis dedos se enredan en su bufanda, acercándolo más.
El beso se vuelve más profundo, más urgente, como si la Navidad no empezara oficialmente hasta que sus labios tocaran los míos.
Mi corazón va tan rápido que creo que ha abandonado el cuerpo, y él se inclina un poco más, una mano en mi cintura, la otra apoyada junto a mi cabeza, contra el marco de la puerta.
Como si quisiera protegerme de todo lo demás.
Como si el mundo no tuviera derecho a interrumpirnos todavía.
Todo en mí vibra. El pecho, la piel, el recuerdo de él. Y lo que es peor: las ganas. Ganas de quedarme así para siempre. Ganas de confiar. Ganas de que no sea solo un beso bajo un muérdago barato, sino algo más. Algo que no se dice con la boca, sino con la intención.
Cuando nos separamos, lo hacemos despacio. Como si quitáramos una tirita. Como si no quisiéramos romper el hilo invisible que aún nos une. Nos miramos. Él aún tiene la mano en mi cintura. Yo aún ten go la respiración secuestrada.
—Vamos, Señorita Santa Clausura —dice, sonriendo—. Te acompaño a casa.