67. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
¿Podemos adelantar lo de la lencería roja de Año Nuevo a Nochebuena?
Siempre te ha quedado de muerte.
Abrazo virtual,
Gian
La trattoria está casi vacía. El tipo de sitio donde las luces son lo bastante tenues como para perdonar tus ojeras, la música suena a volumen de confesionario y los camareros no te juzgan si estás con la tercera cerveza sin haber tocado los entrantes.
Un lugar perfecto para hablar de mujeres imposibles y decisiones que arruinan vidas. O las salvan.
Ángelo está enfrente, girando su copa de vino como si esperara que dentro apareciera una respuesta. Yo estoy en ese punto del día en el que el cansancio se mezcla con los pensamientos que has estado empujando mentalmente durante horas, hasta que se cansan de esperar y te atropellan todos a la vez.
—¿Le escribiste? —pregunta, con esa media sonrisa suya que parece inocente, pero no lo es—. Qué calladito te lo tenías.
Sus cejas están algo arqueadas, su copa medio vacía y su paciencia completamente a mi servicio. Como siempre .
—Sí. Es… una historia larga.
—Las que merecen la pena siempre lo son —dice, sin pestañear.
—Pues prepárate para la versión resumida: le escribí sobre Gia. Y… resultó que ella era Gia.
Ángelo me mira. Parpadea. Y luego suelta un silbido bajo mientras se recuesta en la silla.
—¿Me estás vacilando?
—Ojalá. Le mandé un montón de correos sin saber que era ella. Luego hubo una cena de reconciliación. Magia . Nos arreglamos. Todo parecía bien. Hasta que en mi cumpleaños apareció su ex, un gilipollas, y lo soltó como quien dice que va a llover.
—Joder…
—Sí. Joder. Fue como si todo se me cayera de las manos.
Me enfadé . Me… dolió. Sentí que me lo había ocultado a propósito , que me había…
traicionado. Supongo que no era tanto por lo que hizo, sino por lo que me removió.
Y luego, para variar, me sentí culpable por estar enfadado.
Porque …, joder, es Gia. Ella no hace las cosas para hacer daño.
Ángelo asiente. No me interrumpe. Solo me mira, con esa cara suya de psicólogo emocional no titulado pero altamente efectivo.
—Ella trató de explicármelo. Me pidió perdón, con esa forma suya de hacerlo sin suplicar.
Me contó por qué lo ocultó, por qué tuvo miedo de decirme la verdad .
Y yo… no quise escucharla. Tenía el ego demasiado herido .
Pero ahora… —me llevo las manos al pelo, agotado—, ahora es como si todo tuviera sentido. Ya ni me importa .
—¿Y entonces? —dice él, con suavidad.
—Entonces… nada. Se fue a Milán a una de sus cenas. Voy a verla mañana.
Ángelo se inclina un poco hacia mí.
—¿Y qué esperas encontrar?
—A ella —respondo, seguro—. A la Gia de siempre. La que me descoloca con una sola frase. La que me escribe cosas que me ponen duro en medio de una junta de abogados. La que me rompe y me recompone sin darse cuenta. La que no quiero volver a perder.
Ángelo me mira con esa intensidad silenciosa que solo tienen los amigos de verdad. Él me ha visto en todas mis versiones: la decente, la desastre, la orgullosa , la enamorada. Y entonces, sin florituras, sin dramatismo, sin fuegos artificiales, dice:
—Pues… dúchate. Con agua caliente. Lávate bien el pelo, por Dios. Y ponte esa camisa roja que te hace parecer menos imbécil de lo que eres.
—Eh… Vale —respondo, medio riendo.
—Y lleva condones —añade, levantando su copa —. Por si la conversación se pone… productiva.
Levanto la mía .
—Eres un imbécil.
—Pero… —prosigue, ignorándome—. Hagas lo que hagas , no la pierdas, tío. No pierdas al amor de tu vida.
Y yo solo puedo asentir. Porque, cuando has tenido a Gia entre los brazos, no hay un solo universo en el que perderla te parezca una opción.