Querida Srta. Santa Clausura 66. Gia
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66. Gia

Gia

Dear Miss Santa Clausura:

I write to you from the breathtaking Cinque Terre, where the sea sparkles and the air smells of lemon and salt, a place where love should feel effortless…

and yet, here I am, heart heavy. My girlfriend, whom I once trusted entirely, has suggested engaging in…

a ménage à trois. I must confess, this proposal has shattered the delicate trust I placed in her.

What was once a bond of intimacy now feels precarious, and I can no longer convince myself that her intentions align with mine.

I am here, ostensibly for a serene Christmas by the Ligurian coast, but in truth, I seek the courage to close this chapter.

I request, therefore, that you assist me in formally terminating this relationship before the festive celebrations descend in full glory. Let it be done discreetly, elegantly, and without further emotional casualties.

Yours faithfully,

Lady Beatrice Harrington

Mi primer propósito de año nuevo va a ser apuntarme a una academia de inglés.

A una buena, con profesores nativos y todo eso.

Porque, sinceramente, ni con mi B1 he logrado descifrar el correo de lady Beatrice Harrington sin recurrir a Google Translate, intuición femenina y una pizca de desesperación.

Mi segundo propósito es aún más ambicioso: hacerme tan obscenamente rica que pueda cenar en restaurantes como el Cracco todos los fines de semana.

Vestida de gala, con copa de champán en la mano y una sonrisa de satisfacción en la cara.

Porque sí, estoy cenando aquí. Rodeada de mármol, arte y un nivel de opulencia que haría llorar de envidia a cualquier influencer de Dubái.

Estoy sentada en la misma mesa que Giovanna y su próximamente exmarido.

Lo cual, ya de por sí, tiene cierto morbo, pero se vuelve aún más interesante cuando te cuento que, por primera vez en toda mi trayectoria, no estoy detrás de la cortina organizando luces, flores y el discurso final.

Esta vez soy comensal. Invitada. Y, aunque Lele y yo normalmente evitamos a toda costa participar en nuestras cenas, Giovanna ha insistido tanto que habría sido de mala educación decir que no.

Especialmente cuando esta viene con entrantes de estrella Michelin y un plan secreto para humillar en público a su marido infiel durante el postre.

Así que aquí estoy. En el corazón palpitante de Milán, con un vestido que me aprieta justo lo suficiente como para recordarme que hoy voy a disfrutar (y a cobrar miles de euros), en una mesa larga, elegante mente decorada, compartiendo cubiertos y tensiones con varios miembros de la familia de ambos.

Incluida ella. La hermanastra. Esa misma con la que Francesco tuvo la brillante idea de enredarse.

Los presentes tienen todos una mezcla entre incomodidad, curiosidad y expectación.

Y lo más surrealista de todo es que la única que parece disfrutar de la velada, además de Lele y yo, es Giovanna.

Giovanna, con su moño de bailarina, su vestido rojo de pura venganza y esa sonrisa de mujer que sabe que tiene un as bajo la manga.

O, en su caso, una serie de fotos comprometedoras que piensa sacar justo cuando sirvan el tiramisú.

La velada comienza con una sucesión de miniobras de arte comestibles que llegan a la mesa como si fueran joyas en una subasta.

Y cada bocado es perfecto. Tan perfecto que me da rabia no poder disfrutar lo sin estar pendiente de cuándo va a estallar el escándalo.

Porque la tensión en el ambiente podría cortarse con un cuchillo de mantequi lla.

O, mejor dicho, con uno de esos cuchillos de plata que hay en la mesa y que no sé para qué sirven, pero me da miedo usarlos mal y quedar como una ignorante.

Para añadirle una capa más de drama millonario, en una esquina del salón hay un cuarteto de cuerdas tocando piezas clásicas.

En directo. Violines, viola y violonchelo.

En estos momentos están interpretando una versión delicadísima de Clair de Lune , y te juro que, si Giovanna sacara una daga del bolso y la clavara en el plato de Francesco, no desentonaría en absoluto.

Al final, con el tiramisú, presentado en un platito de porcelana tan bonito que me entran ganas de metérmelo en el bolso, llega también la artillería pesada.

Un camarero con guantes blancos aparece con una bandeja.

Pero no lleva postres extra. Ni petit fours .

Lleva sobres. Uno para cada comensal. Como si fueran tarjetas de agradecimiento, pero en versión «te voy a destrozar la reputación delante de toda nuestra familia».

Y justo entonces, Giovanna, siempre tan divina, tan glacialmente compuesta, coge su tenedor y hace sonar suavemente el borde de su copa de vino.

Clin, clin, clin.

Todas las conversaciones cesan. Los cubiertos se quedan a medio camino entre plato y boca, e incluso los músicos se miran entre sí, preparados para parar de tocar bruscamente y hacer más intenso el momento.

Giovanna inclina un poco la cabeza, sonríe y, con la voz más dulce del mundo, suelta:

—Francesco, mi amor, ¿ te acuerdas de la vez que te confundiste de cama y acabaste en la de tu hermanastra?

Se hace el silencio. Ese tipo de silencio incómodo en el que hasta los camareros se congelan y fingen reorganizar las servilletas como si les fuera la vida en ello.

Francesco se atraganta con su vino. La hermanastra, sentada justo enfrente de mí, parpadea como si le hubieran lanzado un flash a la cara.

Y yo me acabo de beber medio vaso de agua de un trago, porque en este momento el vino me parece una decisión de alto riesgo.

—Ay —añade Giovanna, girando su copa con una elegancia asesina—, qué tiempos. Menos mal que la memoria del iPhone es infinita. ¿Verdad, tesoro?

Francesco intenta sonreír. Pero es como ver a un gato mojado intentando hacerse el interesante.

—Giovanna…, mi amor…, no estarás hablando en serio.

—¿Yo? —responde ella, con fingida sorpresa—. Claro que sí. No interrumpiría un tiramisú como este por una broma. Tengo límites, ¿sabes? Podéis abrir los sobres.

Ras. Ese es el sonido de veinte personas abriendo papel satinado a la vez.

Y lo que hay dentro…, bueno. Las fotografías.

Una selección impecable de imágenes en las que Francesco aparece con su hermanastra.

En varias posiciones. Ninguna de ellas legalmente recomendable si compartes un árbol genealógico.

Una de las fotos tiene como telón de fondo un cuadro que reconozco del pasillo de casa de Gio vanna, y en otra está el pañuelo de su madre (sí, el que la pobre señora lleva en estos momentos) haciendo de esposas.

—¡No es lo que parece!

—¿Ah, no? —replica Giovanna con la ceja levantada—. ¿ Entonces no estás tú, con el pañuelo favorito de mi madre, y con tu hermanastra, en mi cama?

Francesco hace lo que cualquier hombre pillado con las manos en la lencería ajena haría: las levanta como si se rindiera ante la evidencia.

Y, en ese momento exacto, el mismo camarero que había traído los sobres vuelve a aparecer con otra carpeta.

La deja frente a Francesco. Con una reverencia discreta.

— La cuenta, señor —dice—. Y… el paquete de documentos legales, cortesía de la señora Giovanna.

Francesco abre la carpeta. Saca las hojas.

El divorcio. Listo para firmar. Con bolígrafo incluido.

Y, sin decir ni una palabra más, se l evanta, empuja la silla, tira la servilleta al plato y se va, atravesando el comedor del Cracco igual que si fuera la pasarela de la vergüenza.

La hermanastra sale detrás, y las puertas se abren con un susurro elegante y se cierran tras ellos como si hasta el local quisiera sacarlos de su sistema.

Y luego hay más silencio hasta que los músicos, retomando su función como si nada, comienzan a tocar una versión instrumental de «I Will Survive».

Giovanna se acomoda en su silla y me sonríe orgullosa mientras toma otro sorbo de vino.

—Misión cumplida, querida.

Yo solo puedo levantar la copa y brindar por ella. Por la planificación. Por la ejecución. Por todo.

—Me encanta mi trabajo —suelta Lele, antes de unirse al brindis.