Querida Srta. Santa Clausura 65. El Espíritu de la Navidad
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65. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

Ese día, por ejemplo , el amor llegó en forma de paquete urgente a un hotel de Milán. Pequeño. Discreto. Con remitente italiano.

Dentro había un vibrador.

Sí, queridos míos. No me miréis así. La Navidad es una época de generosidad.

Gia abrió el paquete con la curiosidad peligrosa de alguien que conoce demasiado bien al remitente.

Lo sostuvo un momento en la mano. Lo observó como si fuera una pieza de arte contemporáneo titulada «Las malas decisiones sentimentales de mi vida, volumen II».

Y entonces hizo lo que cualquier mujer con carácter, curiosidad y una relación complicada con su novio haría.

Lo probó.

Mientras tanto, a unos doscientos kilómetros, Gian entraba en su despacho con Ángelo detrás, preparándose para una tarde de abogados, contratos y frases larguísimas que nadie entiende, pero todo el mundo finge entender.

Estaba convencido de que Gia tardaría en responder . Que lo haría esperar. Que lo castigaría un poco. Dos minutos después, su móvil vibró. Y permitidme deciros algo: pocas cosas en este mundo cambian tan rápido el ritmo cardiaco de un hombre como ese tipo de notificación.

De hecho , estoy generoso. Comprobadlo vosotros mismos:

Paquete recibido. Y probado

¿Veredicto?

Me gusta más la tuya

Controla esa lengua, cariño. Estoy trabajando

Si supieras lo que sé hacer con la lengua…

Dos días y estaré allí, Gian. Para hablar

Sí, para hablar. Claro. Mañana tienes

esa cena tan importante, ¿verdad?

Importantísima. Estamos hablando

de la alta sociedad milanesa. Me van

a pagar un pastizal

Me alegro de que te vaya tan bien

¿No odias a Santa Clausura?

¿Odiarla? Pienso que es una genialidad. Estoy

deseando que me cuentes toda la historia

¿De verdad?

De verdad. Tan de verdad como que estoy

empalmado delante de mi nuevo jefe

¿Te acuerdas de la vecina de tu madre? ¿Esa

a la que no le gustaba ducharse y desde la

puerta de su casa se olía el hedor a moho,

queso fétido y pis de gato? Pues piensa en

ella. Desnuda

Joder, menudo bajonazo. Se me ha arrugado

tanto que parece un pulgar

De nada

Y así, queridos míos, terminó uno de los intercambios más eficaces en la historia de las erecciones interrumpidas por intervención estratégica femenina.

La Navidad está llena de milagros. Algunos traen paz.

Otros traen besos bajo el muérdago. Y otros, como este, consisten simplemen te en un paquete inesperado, un poco de provocación…

y una mujer que sabe exactamente cuándo subir la temperatura y cuándo bajarla de golpe.

Y, si me preguntáis a mí, todo esto encaja perfectamente con el espíritu de estas fechas.

Al fin y al cabo, la Navidad siempre ha sido una época de entregas especiales.

Ahora bien…

Veo vuestras caras desde aquí arriba. Esa mezcla entre escándalo, diversión y «por favor, sigue contando el chisme».

Y creedme: lo entiendo. Pero yo no estoy aquí solo para el salseo.

También estoy aquí para culturizaros un poco, queridos míos.

Porque si algo he aprendido en todos estos siglos observando a los humanos es que os encanta besaros bajo el muérdago…

, pero muy poca gente sabe por qué demonios empezó esa costumbre navideña.

Así que, ahora que tengo vuestra atención, acercaos, acomodad ese jersey feo, servíos otro vaso de vino caliente y prestad atención. Porque voy a ponerme histórico.

Empecemos por lo básico: el muérdago no es ese duende sexy que aparece en las pelis y se planta en el marco de la puerta en plan «¡Sorpresa, beso obligatorio!

». No, queridos. El muérdago es una planta parásita.

Hemiparásita, si nos ponemos técnicos. Se posa sobre otros árboles y les chupa la vida.

Tiene unas bayas blancas que parecen minilunas, sí, pero su nombre viene de una mezcla etimológica entre « rama» y «excremento».

Porque las semillas las transportan los pajaritos, y no precisamente en una cestita navideña.

Romántico no es. Pero es que la ciencia rara vez lo es.

Ahora, pongámonos solemnes: los druidas celtas lo adoraban.

Lo cortaban con hoces doradas. Lo usaban en rituales de fertilidad con resultados inciertos, pero mucho entusiasmo.

Luego llegaron los nórdicos, con sus traumas divinos y su drama de ópera noruega.

¿Conocéis a Baldur? Dios brillante, guapo, con vibes de protagonista de saga romántica mitológica.

Un día empieza a soñar con su muerte. Su madre, Frigg, intenta protegerlo haciendo prometer a todo el universo que no le harán daño.

Pero se olvida del muérdago. Porque (ja, inocente de ella) «¿qué daño puede hacer un arbustito? ». (Spoiler: mucho).

Loki, el señor del caos con el eyeliner más afilado del Valhalla, construye un arma con muérdago.

Baldur muere. Tragedia. Dolor. Lágrimas.

Frigg, devastada, decide que ese arbusto asesino debe reconvertirse.

Nada de odio. Nada de guerra. Desde ahora, el muérdago será símbolo de besos.

De reconciliación. De amor. Sí, lo mató, y ahora lo besan.

El plot twist emocional más navideño de la historia.

Y, a partir de ahí, la cosa solo mejora.

El muérdago se convierte en un signo de tregua.

Si te cruzas con alguien bajo él, te besas. Y punto.

Luego llega Inglaterra, siglo xviii . Y los ingleses, con su elegancia emocional pasivo-agresiva, lo convierten en excusa oficial para robar besos con ruido de cascabeles de fondo.

Y, como siempre hace falta un poco de orden, crean una regla: por cada beso, se arranca una baya.

Cuando se acaban las bayas, se acaban los besos.

(El equivalente romántico a «cerrado por inventario», vamos).

Mi normativa personal: los besos bajo el muérdago solo cuentan el 24 de diciembre.

Una fecha. Una noche. Una chispa. Porque, si lo dejas abierto todo diciembre, se convierte en un festival de besos low cost con cero magia.

Pero, si lo reservas para ese momento perfecto…

, ay, queridos míos, se convierte en leyenda.

Y ahora que ya estáis un poco más culturizados, podéis volver tranquilamente a vuestros dramas románticos.

Pero recordad: si esta Nochebuena veis una ramita colgando del dintel, no frunzáis la nariz ni pongáis los ojos en blanco.

Estáis participando en una tradición que mezcla ciencia, mitología, fertilidad, sangre, drama, reconciliación…

y un poquito de descaro navideño con lengua.

Besad.

Con intención.

Que el beso merezca la última baya.

Y, si no hay beso…, que haya al menos una mirada de esas que derriten el Polo Norte.

Buon Natale, cari miei.