64. El Espíritu de la Navidad
El Espíritu de la Navidad
Navidad . Esa época en la que todo el mundo cree que se trata de luces, villancicos y dulces.
Y no. O no solo. Porque, si hay suficiente electricidad en el ambiente (y en ciertas habitaciones de hotel en Milán con sábanas de alto gramaje y calefacción centralizada), la Navidad, queridos míos , puede convertirse en la temporada con la mayor concentración de tensión sexual por centímetro cuadrado desde la invención del muérdago .
Y, si no me creéis, permitidme presentaros al caso clínico más reciente: GiGi.
Alias: «Esto-no-es-lo-que-parece » y «Pero-vamos-a-hacer-que-lo-sea».
Él: un hombre que normalmente tiene más autocontrol que un monje tibetano en huelga de orgasmos.
Ella: una mujer con la clara intención de ser buena, pero con un talento prodigioso para la provocación navideña de alto voltaje.
¿Resultado? Han pasado de correos formales con puntos y comas a llamadas tan intensas que hicieron que un par de renos del Polo Norte pidieran baja por agotamiento emocional.
Y lo mejor de todo, queridos míos, es que a veces esa pasión no se apaga con las luces de enero.
No se esfuma con los descuentos de rebajas ni con el táper de canelones que te da la nonna .
Se queda. Flotando. Como aroma de panetone recién hecho, sí…
Pero infinitamente más peligroso . Y mucho mucho más adictivo.
Así que si vosotros, inocentes criaturas, aún pensáis que la Navidad es solo nieve, villancicos y calcetines con renos… es que nunca habéis vivido una Nochebuena con Gia y Gian.
Y, francamente, eso es algo que deberíais plantearos añadir a vuestra lista de deseos.