69. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura :
A partir de esta Navidad, nuestras familias no deberían comer por separado nunca más. Y sabes lo que eso significa , ¿verdad? Que estás atrapada conmigo para siempre, cariño. Y no pienso soltarte jamás.
Abrazo de oso,
Gian
Acompañarla es lo más natural del mundo. Como si el beso no hubiera dejado dudas. Como si después de tantas vueltas, tanto ruido mental, tanto miedo, nuestros silencios hubieran aprendido por fin a hablar en el mismo idioma. El nuestro.
Gia camina a mi lado, con las cajas de postres agarradas como si fueran lo único estable en este universo inestable. El viento le alborota el pelo de una forma que me cuesta no tocar. Lo dejo estar. Apenas.
No dice nada, pero lo está diciendo todo con el cuerpo.
Lo noto en la manera en que se muerde el labio inferior sin darse cuenta, en cómo aprieta los dedos sobre el cartón con un poco más de fuerza de la necesaria, en cómo gira la cabeza cada pocos pasos para asegurarse de que sigo ahí.
Como si no se fiara del todo de que esto esté ocurriendo.
Y yo la entiendo. Vaya si la entiendo. Porque tengo el mismo miedo.
Así que no digo nada. Dejo que hable el silencio.
Que el deseo se cocine a fuego lento, como los ragús de su madre, como los inviernos de Manarola, como las segundas oportunidades.
Nos detenemos frente a la casa de la madre de Lele.
Gia toca el timbre y, en menos de cinco segundos, la puerta se abre con un estruendo y aparece Lele disfrazada de reno psicodélico, agitando los brazos como si acabáramos de salvar la Navidad.
—¡Gracias, gracias, gracias! —grita , con teatralidad—. ¡Os debo la vida! ¡Os donaré un riñón si lo necesitáis! ¡O los dos! ¡Adiós!
Y, antes de que podamos responder o asimilar el tsunami de entusiasmo, cierra la puerta de golpe.
El silencio vuelve. Pero no es incómodo.
Es expectante. Gia se queda quieta, con las manos por fin vacías.
Las observa como si no supiera qué hacer con ellas.
Y entonces me mira. Esa clase de mirada que no sabe si reír o llorar, que se aferra al presente porque el pasado pesa y el futuro asusta.
—Estaba compinchada, ¿verdad?
—Compinchadísima —respondo, sin adornos.
Ella suelta una risa que le sacude los hombros, esa mezcla de incredulidad y cariño resignado que solo se reserva a las mejores amigas. Niega con la cabeza.
—¿Vamos a mi casa ? Aunque te advierto que está toda mi familia y… no sé si será un poco raro.
—Vamos a la mía —le digo, bajando la voz solo un poco. Lo suficiente para que suene íntimo—. Necesito hablar contigo antes de que entres en la jungla navideña de Castel Gandolfo.
Ella me estudia por un segundo, sonríe y asiente.
Y caminamos. Mi casa está a tres calles, y las luces navideñas parpadean por todo el barrio como si fueran latidos.
Cuando entramos , Gia se quita el abrigo sin que se lo pida .
Lo cuelga. Se queda ahí, en medio del salón, con el jersey un poco demasiado ajustado y las mejillas encendidas por el viento. O por mí. O por los dos .
Nos quedamos de pie, uno frente al otro, con las luces del árbol encendidas y el reloj marcando algo más que el tiempo. Marca un después. Un «¿y ahora qué ?». Ella toma aire, como si estuviera a punto de lanzarse a una piscina de palabras. Pero me adelanto.
—No hace falta que me lo expliques de nuevo —le digo, suave .
Gia frunce el ceño, confusa, pero no me interrumpe.
—No hace falta que me digas que no querías hacerme daño . Lo sé. Siempre lo he sabido.
—Yo…
—Escúchame —le pido , acercándome un poco más. Lo justo para que pueda sentir mi calor, pero no tanto como para tocarla. Aún no —. Todo lo que pasó, todo lo que callamos, todo lo que no supimos hacer mejor… nos jodió, sí. Pero también nos ha enseñado.
Ella contiene la respiración. Yo no.
—Hemos aprendido que las verdades hay que decirlas a tiempo, Gia .
Que el silencio puede herir más que un grito.
Que el amor no basta si no lo cuidamos. Y que una segunda oportunidad no es volver al punto de partida , es empezar desde un lugar nuevo.
Uno donde ya sabemos lo que duele. Y, aun así, decidimos quedarnos.
La distancia entre nosotros ya no es distancia. Es un umbral.
—Yo no quería perderte —susurra ella.
—Y yo no quería volver a encontrarte solo para tener que dejarte otra vez.
Silencio . De esos que erizan la piel. De esos que solo existen cuando hay algo más que deseo. Cuando hay historia . Cuando hay ganas. Entonces ella se ríe. Apenas. Como para romper la tensión. Como para no llorar.
—Eres un cursi de los que ya no quedan.
—Y tú tienes miedo , cariño.
—Sí, un poco.
—Bien. Porque yo también.
Doy un paso más. Ya no hay espacio entre nosotros. Siento su respiración contra mi cuello. Su pecho rozando el mío. Su perfume, ese que me recuerda a finales felices que aún no han pasado.
—Quererse bien —le digo— no significa no equivocarse. Significa aprender a hacerlo mejor. Juntos. Aprender a perdonarnos . A decir la verdad incluso cuando da miedo. A mirarnos a los ojos y decidir que el amor no es un premio, es un trabajo de dos.
Ella no se mueve. Pero la tensión lo dice todo. Está ahí. En sus hombros tensos, en el leve temblor de sus labios , en cómo sus pupilas bajan a mi boca.
—¿Y si volvemos a cagarla?
—Entonces lo hablamos y lo arreglamos. Juntos .
Gia alza la mano, despacio, como si temiera romper algo , y me roza el cuello con la yema de los dedos. Es un gesto minúsculo. Pero me recorre la columna como una descarga eléctrica.
—Quiero construir algo contigo —dice, apenas audible—. Pero no desde la culpa. Lo quiero desde la verdad. Desde ahora. Desde este beso.
Y entonces me besa . Ella. La valiente. No hay muérdago esta vez.
No hay excusas. No hay nada entre nosotros, salvo todo lo que sentimos.
Su cuerpo se pega al mío con una confianza que me desarma.
Su boca me busca como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si nunca se hubiera ido . Mis manos la rodean con una certeza feroz. Como si por fin hubiese vuelto a casa.
El beso es distinto . No es despedida. No es disculpa.
Es promesa. Es ancla . Es fuego. Y, cuando se rompe, lo hace con un suspiro.
El de ella. El de mi Gia. Su aliento roza mis labios como una confesión muda, y nos quedamos así, tan cerca que, si uno respira, el otro lo siente.
Tan cerca que el mundo se reduce a esto . A nosotros.
—¿Acaso tienes idea de lo que significas para mí, Giancarlo Di Laurentis? —susurra, con la voz rota, dulce , valiente. Como si preguntarlo la hiciera vulnerable. Como si no supiera que acaba de volverse la dueña de todas mis certezas.
—Sí —respondo. Y lo digo como si acabara de abrir el mejor regalo del mundo. Porque lo he hecho . Porque es ella. Porque es ahora—. Porque tú también lo eres para mí, Gianna Bellini.
Fuera suena un villancico. Uno de esos lentos, ridículamente melosos, tan perfectamente navideños que casi parecen una broma cósmica. Gia sonríe. Yo me enamoro un poco más. Como si eso fuera posible.
—Feliz Navidad, Gian .
—Feliz Navidad, Gia.
Pero no nos movemos. No todavía. Hay una chispa entre nosotros.
No se ha ido. Nunca se fue. Es el eco del beso, el calor retenido en la piel, el deseo apenas contenido que flota en el aire como electricidad estática, esperando un roce, un gesto, una decisión.
Y entonces ella lo hace. Se acerca un poco más.
Solo un poco, pero lo suficiente para que su cuerpo roce el mío.
Para que el latido entre mis costillas se dispare como si no entendiera que esto es real.
Que ella está aquí. Que hemos sobrevivido a diciembre , al pasado, a nosotros mismos.
Gia me mira con esa mezcla de ternura y peligro que solo ella sabe manejar . Me recorre con los ojos como si estuviera memorizando el mapa de un lugar al que siempre ha querido volver . Y, cuando habla, su voz es apenas un murmullo, pero tiene la fuerza de una tormenta.
—Llevo días esperando que llegue Nochebuena. Esperando… esto.
No dice más. No hace falta . Porque «esto» es su cuerpo contra el mío, su boca todavía húmeda por el beso, mis manos que tiemblan por no recorrerla ya. «Esto» es el deseo contenido, el amor aprendido, la certeza nueva. «Esto» es futuro. Con ella. Con nosotros.
—Créeme, yo también. Y, si sigues mirándome así, Gia , voy a tener que besarte otra vez. Y no pienso parar. Tu familia puede esperar.
Ella sonríe. Esa sonrisa suya . Esa que viene de muy dentro. Esa que me jodió la vida y ahora me la está salvando.
—¿Y quién dice que quiero que pares?
Y entonces, como si hubiéramos estado aguantando la respiración desde hace meses, la tensión explota en algo más.
Mis labios encuentran los suyos, y esta vez no hay espacio para la contención.
No hay pau sa . No hay miedo. Solo el presente.
Sus dedos se enredan en mi camisa, mis manos bajan por su espalda hasta que noto cómo se arquea contra mí.
Es calor y piel y necesidad envuelta en jersey de lana.
Es una danza antigua que nuestros cuerpos recuerdan mejor que nosotros. Es ella, de nuevo, y yo, por fin.
Y en algún momento (no sé si entre su risa jadeante o el tirón impaciente con el que me desabrocha el primer botón ) lo entiendo.
Este es el final. El final de todas las excusas.
El final de la espera. El final donde , por una vez, el beso no significa adiós, sino casa .
Donde el amor no se pide permiso, se elige. Una y otra vez.
Ella me empuja hacia el sofá sin romper el contacto. Se sienta sobre mí con una facilidad peligrosa, como si siempre hubiera sido su sitio. Mis manos en sus caderas. Su boca en mi cuello. Su voz , apenas un susurro contra mi oído:
—Solo una cosa, antes de que me quites el jersey.
—Dime.
—Tú tampoco llevas nada debajo, ¿verdad?
Me río. Santo cielo, me río como un idiota enamorado.
—Gia…
—¿Sí?
—Cierra la puerta con llave . Esto va para largo.
Y, mientras el villancico de la calle cambia a otro aún más cursi (uno con campanitas y todo, porque el universo es así de cruel y de exacto), ella me besa de nuevo. Y el mundo por fin se detiene en el lugar exacto donde siempre debió empezar.
Con ella. Conmigo. Con un «te quedas» que no hace falta decir porque ya lo estamos haciendo.