Querida Srta. Santa Clausura 62. Gia
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62. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Le escribe Giuseppa , quien todavía cree en el amor, aunque el corazón se le haya vuelto pesado.

Porque él, en Navidad, me ha dejado el alma vacía.

Prometió pasar la Nochebuena conmigo, con mi familia, pero finalmente no va a venir.

Ha preferido quedarse jugando a la Play con sus amigos, como un ragazzino que no ha crecido nunca.

Y eso no es amor, señorita, es egoísmo. El amor se demuestra en los detalles, en estar presente, en brindar juntos aunque la botella sea humilde. Y él ha elegido estar lejos.

Por eso les pido, con toda la firmeza y la tristeza que me caben en el pecho, que clausuren esta historia. Porque yo necesito un hombre, no un niño grande con mando a distancia en la mano.

Atentamente,

G. B.

Estoy en la cama. Técnicamente. Lo que hago en realidad es dar vueltas, revisar mentalmente todas las formas en las que puedo provocar a un hombre por WhatsApp sin arruinarlo todo.

O arruinándolo justo lo suficiente como para que quiera venir a buscarme en Nochebuena con una maleta y cero intenciones de discutir.

Le mando una foto que me he hecho hace unos minutos en el espejo del baño.

Salgo casi entera. Tengo la clavícula y el hombro al descubierto, porque mi camiseta de pijama (que, casualidad, es una camiseta suya que le birlé) se ha resbalado estratégicamente.

Y… no llevo pantalones. Nada que Instagram habría censurado, pero tampoco inocente. Lo justo.

Probablemente estarás buscando tu camiseta

La tengo yo

Sorpresa!

Cinco segundos después, aparece el doble check azul.

Voy a necesitar la ubicación exacta del hotel,

el número de habitación y una explicación muy

convincente de por qué estás haciendo esto

Sonrío triunfal.

Te echo de menos

Y echo de menos hablar contigo

De alguna forma teníamos que dejar a u

lado los correos, que están muy bien

también, no digo que no, pero esto es…

más eficaz

Y te he dicho ya que te echo de menos ?

Dos veces. Ninguna ha sido suficiente

Quieres que te lo diga otra vez?

No

Quiero que me lo susurres

Desde muy muy cerca además

Con mi camiseta puesta. Y nada más

La respiración se me para un segundo. Así. Sin más.

Estás suponiendo muchas cosas

Que llevo puesta tu camiseta todavía

Que no tengo nada más debajo…

No estoy suponiendo nada. Te conozco.

Sé cómo te pones cuando te apetece

provocarme. Sé exactamente cómo te

queda esa camiseta. Y estoy dispuesto

a apostar que te la has puesto justo

después de ducharte

Lo peor es que tiene razón.

Sigo esperando que me lo pidas por favor.

Las chicas que secuestran camisetas ajenas

necesitan ser tratadas con educación

Por favor

Tan fácil era?

Sí

Quieres jugar, Gia?

Pues juguemos

Te toca mover ficha. Yo he empezado

Ay, cariño. Si empiezo a decirte todo lo que

quiero hacerte, ya no vas a poder dormir

Me arriesgaré

Tres puntitos. Él está escribiendo . Yo estoy dejando de respirar.

De repente, para de escribir .

De repente, llamada entrante.

De repente, creo que voy a morirme.

Me quedo mirando el móvil. Durante dos segundos no hago nada. En el tercero, contesto.

—¿Gia?

Su voz. Grave . Íntima. Tan baja que parece que la esté respirando, no escuchando. Como si no estuviera al otro lado del teléfono , sino detrás de mí. Justo detrás. Con la boca en mi cuello.

—¿Sexo telefónico? ¿En 2026? —respondo, con una media sonrisa que me traiciona.

Estoy intentando sonar ligera. Desenfadada. Y no hay nada ligero en cómo estoy respirando. Estoy desnuda bajo la camiseta. Y, de repente, eso no es un detalle. Es un detalle importantísimo. Como si mi cuerpo acabara de darse cuenta de que él lo está imaginando.

—Me da igual en qué año estemos —dice, sin reírse. En serio. Con ese tono que tiene cuando ya ha cruzado una línea y no piensa retroceder—. Has empezado tú, Gia . Y ahora no puedo dejar de imaginarte.

Trago saliva. El calor me sube en espiral desde el estómago hasta el cuello. Hasta las orejas. Hasta el sitio exacto donde su voz parece querer tocarme.

—¿Y qué estás imaginando, exactamente?

Mi voz suena más grave de lo normal. Como si también se estuviera desnudando.

—Que entras en mi habitación con esa camiseta. Solo eso. Sin sujetador. Sin bragas. Con el pelo húmedo y esa forma tuya de mirar me…

Cierro los ojos . Y sonrío. Porque sé qué cara pone él cuando dice algo así. Sé cómo levantaría las cejas. Sé cómo se le entornan los ojos. Sé qué parte de su voz se oscurece cuando empieza a desearme sin filtros.

—¿Y qué harías?

No estoy segura de querer saberlo. Pero lo deseo . Con esa clase de deseo que no pide permiso, solo espacio.

—Te acercaría a la pared —dice sin pausa, sin dudas.

Como si ya estuviera viéndolo—. Te levantaría la camiseta .

Solo un poco. No necesito ver todo. Ya me lo sé de memoria.

Te mordería el cuello, suave, lento. Con las manos en tus muslos.

Te quiero así. Temblando. Apoyada en mí. Diciendo mi nombre sin darte cuenta.

Respiro hondo . Mi mano libre se posa en mi cintura, como si pudiera sostener algo de lo que siento. Pero no hay dónde apoyarse. Porque todo está ardiendo.

—Gian…

—¿Sí?

—Da igual todo lo que tengamos que decirnos, ¿verdad? —Mi voz se rompe en susurro—. Esto… Esto no le hace daño a nadie.

Silencio. El tipo de silencio que se cuela por debajo de la piel.

—No. Y si supieras lo que me estás haciendo ahora mismo, Gia…

—Dímelo —le exijo, en un susurro que ya no disimula nada—. Dímelo todo.

—Me estoy tocando. Pensando en ti. En cómo te moverías encima . En cómo sonarías si te mordiera justo ahí… —Su respiración se acelera al otro lado, y juro que puedo sentirla en mi oído—. En cómo gemirías si te abriera las piernas con la rodilla y te dijera que no pares .

Un jadeo. Mío. Que no reconozco. Pero tampoco me importa . Porque no soy la de siempre. No esta noche. No con su voz así.

—Gian… Mi mano ya no está solo en la cintura.

—Tócate —susurra—. Tócate conmigo.

—Sí —respondo . Sin pensar. Sin respirar.

—Bien. Despacio. Como si fuera yo . Quiero que termines diciendo mi nombre.

No sé quién de los dos está más cerca del límite. No sé si ya lo hemos cruzado. O si estamos justo en ese borde suspendido, temblando. Pero sé esto: me arde la piel . Él me escucha. Yo le escucho. Y en medio de todo lo que aún no nos hemos dicho… Esto, ahora , es lo único que importa.