Querida Srta. Santa Clausura 60. Gia
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60. Gia

Gia

Estimada Srta. Santa Clausura:

Me veo en la imperiosa necesidad de rogarle la extinción inmediata de mi noviazgo con la señorita Elisabeth.

La dama ha cometido la osadía de servirme, en una cena supuestamente romántica, un risotto elaborado con arroz de grano largo.

Y, como comprenderá, semejante herejía culinaria atenta no solo contra la tradición italiana, sino contra mi delicado sistema digestivo.

Solicito, pues, que procedan al archivo definitivo de esta relación, que lo sellen con lacre y que lo custodien bajo llave junto con las reliquias de los amores indignos.

Firmado,

Don Carlo Moretti

—¡Me ha escrito!

Se me cae un ravioli. Literalmente. Un ravioli entero.

Relleno de espinacas, ricotta y una cucharada generosa de ansiedad cocida al punto.

Rebota en la encimera de mármol con un sonidito húmedo y termina su viaje a los pies del segundo chef del Cracco , que frunce el ceño con el mismo nivel de horror con el que imagino que reaccionaría si le sirvieran un risotto con nata.

Lele ahoga un grito. Giovanna suelta una carcajada que no sé cómo demonios hace para que suene elegante.

—¿Quién te ha escrito para reaccionar así? ¿La Virgen María? —p regunta el chef.

Me agacho para recoger el ravioli de la vergüenza, como si fuera mi dignidad en formato pasta.

—¡Gian!

—¿Doy por hecho que Gian es tu especie de paréntesis? —pregunta Giovanna.

—Sí, sí —respondo, incorporándome y dejándome caer en el taburete más cercano—. El mismo.

El chef , que hasta hace cinco segundos parecía más interesado en que no se le pasara la reducción de vino tinto, se gira con una cucharita de plata en la mano y un brillo de «me apunto a este culebrón» en los ojos.

—Me encantan los dramas amorosos.

—Este lo disfrutarías de lo lindo, créeme —le dice Lele.

Yo solo suspiro. Como una adolescente. Como una señora. Como una persona que lleva semanas esperando algo. Una señal. Una frase. Un gesto. Cualquier cosa que no fuera silencio. Y ahora… Ahora ha llegado .

Lele me arrebata el móvil sin pedir permiso. Ni lo intenta. Lo hace con la naturalidad con la que una hermana mayor entra a tu cuarto a cotillear tu diario .

—«He visto a tu madre», bla, bla, bla… «Estar con ellos me ha hecho sentir cerca de ti…». Vale, eso ha sido precioso —apunta, con voz aguda de «esto es una novela y yo quiero capítulos diarios»—. «Me encantaría que hablásemos cuando vuelvas», bla, bla, bla… ¡Tía, qué mono!

—¿Qué más dice? —pregunta Giovanna.

—Léelo tú misma. —Y le pasa el móvil.

Giovanna lo lee todo. En voz alta. Y, cuando termina, el chef carraspea. Las tres giramos la cabeza como si acabara de aparecer Babbo Natale en bata de chef.

—Lo que se cocina a fuego lento tiene más sabor. —Prueba su salsa con el mismo cuidado con el que yo leería otro mensaje de Gia n—. Pero, si no le pones sal en el momento justo, se convierte en una masa insípida de arrepentimientos.

Silencio. Santo silencio. Giovanna suelta un «uf» con voz ronca de mujer rica que ha vivido varias vidas y una ópera.

Lele parpadea como si necesitara procesar lo que acaba de oír.

Y yo… Yo solo pienso que el chef del Cracco acaba de resumir mi vida sentimental en una metáfora de cocina. Aplausos lentos . Internos.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Lele, devolviéndome el móvil .

—Contar los días hasta Nochebuena. Obviamente.

—Qué tensión, cariño —suspira Giovanna, reclinándose sobre la mesa—. Esto es como esperar el final de temporada de tu propia vida amorosa. Te acompaño en el sentimiento.

—Gracias.

—Al menos estás monísima mientras te consumes por dentro —a ñade Lele, dándome un toquecito en el hombro con la manga de su blazer.

—Gracias a ti también. Estoy intentando convertir la ansiedad en colágeno.

El chef vuelve a girarse con una cuchara en alto, como si estuviera a punto de bendecirnos.

—Si sabes que te importa , no la cagues otra vez —suelta, sin más.

Así. Con esa crudeza elegante que solo pueden permitirse los chefs con estrella Michelin y vida amorosa superada.

—No pienso hacerlo.

Y lo digo en serio. Porque si hay algo que tengo claro es que no voy a volver a esconderme detrás de excusas o silencios.

—Eso está mucho mejor —asiente, y da una palmada—. Y ahora, el postre.

Nos sirve tres platos, cada uno colocado con una precisión que pa rece diseñada por arquitectos suizos.

El postre es, según Giovanna, uno de los clásicos del Cracco: uovo soffice, caramello e mandorla .

Parece un huevo, pero al romperlo se abre una cascada tibia de caramelo con almendra tostada y crema suave como suspiros bien batidos.

—Vale. —Lele cierra los ojos al probarlo—. Estoy llorando por dentro.

—Yo estoy llorando por dentro y por fuera. —Me llevo la cucharita a la boca como si fuera una catarsis comestible.

Giovanna no dice nada. Solo hace un gesto afirmativo con la mano.

Y por un momento , mientras el caramelo se derrite en mi lengua y el corazón se me aprieta un poco más de la cuenta , pienso que Gian no me ha cerrado la puerta.

Que todavía está ahí, abierta. Entreabierta, más bien.

Y que solo tengo que esperar. Aguantar. Contar los días.

Porque a veces el amor no llega cuando tú quieres, sino cuando estás lista para no volver a joderlo todo.

Y esta vez —me lo juro mientras saboreo el último bocado— voy a llegar a tiempo.

Aunque me cueste cada maldita hora de espera hasta Nochebuena.