Querida Srta. Santa Clausura 54. Gia
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54. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Declaro mi relación oficialmente terminada.

Todo se torció cuando descubrí que mi pareja alquilaba mi belén gigante para rodar un reality con enanos disfrazados de camellos.

Los Reyes Magos ya no traían oro, incienso y mirra, sino cerveza barata, apuestas ilegales y un pavo relleno de marihuana.

Yo intenté comprenderlo, incluso participé en un ensayo, pero acabé vestida de Virgen María mientras me perseguía un Niño Jesús cuarentón con la picha volando. Y fue… demasiado.

Clausúremelo, por favor, antes de que acabe actuando como figurante en el pesebre de Manarola.

Atentamente,

Alessandra De Santis

Dicen que la mejor venganza se sirve fría, pero Giovanna Landini prefiere servirla con champán francés, langosta al azafrán y una selección de testigos cuidadosamente posicionados para garantizar su viralidad.

—Esto es mejor que un reality —comenta Lele, recostada en uno de los sofás de terciopelo del Armani Hotel Milano—. Si esto fuera un capítulo de The Crown , sería el episodio navideño especial. Con traición, escándalo y mucha joyería de lujo.

Tiene razón. No hay mejor escenario que este: suite presidencial, vistas al Duomo iluminado, moqueta que parece diseñada para pisarla con tacones de Louboutin (aunque yo vaya descalza con calcetines peludos de renos) y una nevera que tiene más botellas de prosecco que agua mineral.

Giovanna Landini, futura exesposa de un hombre con más infidelidades que neuronas activas, quiere una cena de clausura elegante y una venganza social deluxe , todo en uno.

En Milán. Antes de Nochebuena. Porque, cuando eres rica , poderosa y estás despechada, no tienes tiempo que perder. Y nosotras tampoco.

—¿Ya has confirmado el restaurante? —pregunto, desde la cama. Tengo una mascarilla en la cara y el portátil sobre las piernas.

—Claro. En el Cracco, como ella quería . Salón privado, decoración floral personalizada y la reserva está a nombre de «Landini: última cena». El maître se rio.

—Normal —sonrío.

—Mañana tenemos que ir a ver el salón por si quiere algo más de mármol, drama y digestivos a veinticinco euros. Me ha escrito para decirnos que nos recogerá un coche a las diez.

Vuelvo a concentrarme en el éxcel infernal donde estoy gestionando la lista de invitados.

Solo la selección de los fotógrafos «discretos pero letales» me ha llevado una hora.

Giovanna quiere que parezca una cena casual, pero que cada gesto, cada brindis y cada plato servido sea una co reografía de venganza emocional milimétrica.

Hasta me ha dado indicaciones del segundo exacto de la noche donde los músicos tienen que parar de tocar.

En seco. Para que todo el mundo contenga la respiración.

—¿Qué has pensado para las fotos del adulterio? —me pregunta.

—Quiere que lleguen con el postre. En un sobre lacrado. Con la cuenta.

— Dios, qué mujer. Me dan ganas de aplaudir y pedirle matrimonio yo. ¿Van con sello de cera y todo?

—Y papel con filigrana, como si fueran invitaciones a Hogwarts. Te juro que solo falta que salten chispas y una voz diga: «Bienvenido a tu divorcio, cortesía del suflé de chocolate».

— Iconic —dice, haciendo una castañeta con los dedos. Luego deja el iPad a un lado y se me queda mirando —. ¿Te ha dicho algo Gian?

Mi mandíbula hace lo posible por parecer relajada, pero dudo de que la esté engañando .

Me encojo un poco. Lo justo para que no parezca que me estoy encogiendo del todo.

Porque la verdad es que esta noche, por más elegante, quirúrgica y espectacular que sea la venganza que estamos orquestando, mi cabeza está en otra parte.

—No. Todavía no.

Lele asiente con una seriedad inesperada y se acomoda mejor en el sillón, cruzando las piernas como si se preparara para una reunión del consejo de administración del corazón roto.

—¿Y el beso?

Ahí sí la miro directamente, porque… el beso sigue ahí.

Pegado a mi boca, como un caramelo que no se disuelve.

Pegado a mi pecho, como un imán. Pegado a mis costillas , como una canción que no se va.

El beso de la puerta. El que no esperaba.

El que no supe si fue un comienzo, un simple «yo también» o si solo me siguió el juego e imitó lo que pasaba en la película.

—Me ha dado esperanza —admito, bajito—. No sé si debería, pero me la ha dado.

No dijo nada, pero… a veces no hace falta.

A lo mejor el beso era la respuesta. No sé.

—Me froto la cara con las manos—. Y antes de que digas nada : sí, lo sé.

La parte en la que lo beso y luego desaparezco sin dejarle hablar suena exactamente tan mal como parece.

Como si fuera la villana de una comedia romántica barata.

Pero puedo defenderme. —Levanto un dedo—.

Uno: tú y yo teníamos que coger un vuelo.

Literalmente. Con puertas que se cierran y azafatas que te miran como si fueras un delito contra la aviación civil si llegas tarde.

—Levanto un segundo dedo—. Y dos: necesitaba…

preparación psicológica. Ya sabes, ese pequeño de talle de darme tiempo para aceptar con dignidad que quizá fuera a decirme que no.

Y darle tiempo a él también para pensarlo bien, por si acaso .

Así que sí. Hui antes de que pudiera responder.

¿Cobarde ? Probablemente. ¿Estrategia de supervivencia emocional de una mujer que ya ha hecho suficientes ridículos románticos para llenar tres temporadas de reality?

También. —Suspiro—. Pero aun así… me dio esperanza.

Lele hace un ruidito de asentimiento que parece más propio de una terapeuta que de alguien que cinco minutos antes estaba viendo vídeos de novias resentidas en TikTok.

—Bueno, no estuve presente, pero es que fue un beso, Gia. Un beso de los que cambian cosas. Seguro.

—¿Y si no cambia nada?

—Entonces, al menos te has llevado un último beso. Uno bueno. Uno de esos que, cuando tienes ochenta años y estás regando geranios en bata, todavía recuerdas y dices: «Ay, aquel idiota…».

Me río, pero se me aprieta el estómago.

—A lo mejor está esperando a que vuelvas . O a lo mejor no sabe qué decir. O a lo mejor está como tú, en una suite de hotel , mirando el móvil cada tres minutos y sin saber si escribirte o seguir fingiendo que no le importas —añade.

—¿Tú crees?

—Yo creo que, si vuelve a verte en persona , se le olvida hasta cómo se llama. Y probablemente a ti también.

—No sé yo. Le dije «Basta. Ya basta » después del beso. Como en la peli. Me lo tomé muy en serio.

Abre mucho los ojos.

—¿Le dijiste «basta» ?

—Con voz de cervatillo asmático. Y luego me fui caminando rápido, como si tuviera prisa.

Lele suelta una carcajada.

—Dios mío, qué escena tan… rara. Y mona. ¿Lo grabó alguien ? ¿Había cámaras de seguridad? ¡Necesito material para cuando hagamos el documental!

—Voy a fingir que no has dicho eso.

—Bueno , lo importante de todo esto es que besaste al amor de tu vida. Lo demás son detalles.

—Presunto amor de mi vida —corrijo—. Está en proceso de validación. En revisión técnica.

—Ya. Y tú en proceso de negación. Mira, puedes seguir llenando celdas de un éxcel, pero te conozco . Se te nota en las orejas.

—¿En las orejas?

—Se te ponen rojas cuando estás enamorada. Lo descubrí en 2010 cuando Gian te cogió la mano en ese parque de atracciones.

Sonrío sin poder evitarlo.

—No sé, Lele. ¿Y si me estoy equivocando? ¿Y si me estoy agarrando a un beso porque no sé soltarlo?

—¿Y si no? ¿Y si era exactamente lo que parecía?

Me muerdo el labio.

—¿Y si me vuelve a romper el corazón?

—Entonces me avisas . Primero para cargármelo. El tráfico de órganos está muy bien pagado. Y luego para que recojamos los trozos del suelo juntas, como siempre.

Le lanzo un cojín con una sonrisa en los labios.

—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí. Aunque estoy insoportable. Es la temporada. Me vuelvo sabia de más en diciembre. Como una galleta de la fortuna con personalidad .

—Con mucha personalidad.

—Y con una suite en el mejor hotel de Milán. —Me guiña un ojo.

—Sí, y unas ganas enormes de meterte en mi vida.

—¿Para qué son las mejores amigas si no es para meterse hasta el fondo y opinar sin que nadie se lo pida?

—Para hacerme sentir menos sola cuando tengo miedo, por ejemplo.

—Eso también. Pero sobre todo para opinar. Es mi deporte olímpico .

Me río mientras miro el móvil. Nada. No hay mensajes . Ningún «oye, lo he estado pensando…». Ningún «te echo de menos». Nada de «te espero en Nochebuena para hablar…». Pero tampoco hay arrepentimiento. Porque hice lo que sentía. Y eso , a mis veintiséis años, ya es un milagro.

—Bueno —dice Lele, levantándose—. ¿Vamos a seguir organizando una cena que arruine un matrimonio millonario o vas a seguir suspirando por algo que no puedes controlar todavía?

—Sip.

—¿«Sip» significa «sí a lo primero» o «sí a lo segundo»?

—Sí al éxcel .

—Bien. Esta va a ser nuestra mejor cena, Señorita Santa Clausura. Te lo prometo.

Resoplo.

—No me llames así. Ya me ha traído demasiados problemas.

—Y demasiados éxitos. No lo olvides.

Volvemos al éxcel. A la logística. A la lista de reproducción. A las flores (solo blancas, con ramas de abeto y cero purpurina, porque Giovanna ha especificado que no quiere parecer una «influencer que se ha caído dentro de un árbol de Navidad»). A la música. Volvemos al plan .

Pero mi cabeza no.

Mi cabeza sigue en otra puerta . En otro momento. En otra mirada.

En ese instante después del beso, justo antes de separarnos, cuando por un segundo pensé que Gian iba a decir algo. Algo. Lo que fuera. Pero no lo dijo. Bueno. En realidad… no le di tiempo a decirlo. Porque me fui.

Y ahora mi cerebro —dramático, insistente y claramente enemigo de mi paz mental — no deja de preguntarse qué habría pasado si me hubiera quedado un segundo más.

Si hubiese dicho algo.

O si lo dirá la próxima vez.