53. El Espíritu de la Navidad
El Espíritu de la Navidad
Os lo digo yo, que llevo siglos observando esto de cerca: el amor a veces consiste en plantarte frente a la casa del hombre que te quita el sueño, con un radiocasete prestado, letras hechas con rotulador que se emborronan en cuanto cae la primera gota de nieve, y la esperanza de que alguien no te denuncie por alteración del orden público .
Sí, exactamente como en Love Actually . Y sí, con el mismo nivel de vergüenza.
El amor consiste en estar como una cabra.
Y bendita cabra. Porque todo el mundo habla del amor sensato, el que encaja en agendas y que jamás haría lo que hizo Colin Firth cuando se lanzó a aprender portugués solo para declararse con un acento horroroso pero adorable.
Pero del otro, del amor que no sabe conducir, pero acelera igual, del que se lanza sin red , con las rodillas temblando, sabiendo que quizá la caída duela como un demonio…
, de ese se habla poco. Y, creedme , ese es el bueno.
En eso, Gia es maestra. Ella no ama con medias tintas.
Ama con playlists que incluyen villancicos irónicos y canciones imposibles de quitar de la cabeza (sí, «Christmas Is All Around» también).
Ama con miedo, pero se lanza igual, incluso cuando no sabe si la puerta se abrirá o si Gian la mirará con cara de Alan Rickman a punto de comprar un collar sospechoso.
Y Gian…, bueno. Gian es ese espécimen masculino diseñado para resistirse .
Para analizar todo como si le pagaran por fruncir el ceño.
Pero también es el tipo de hombre que, cuando alguien se lanza de cabeza por él, no puede evitar lanzarse detrás.
Aunque esté en pijama de cuadros. Aunque no entienda nada.
Aunque termine besándola en la calle como si fuera la escena final en el aeropuerto, con todos aplaudiendo en sus cabezas.
No os equivoquéis: esta no es una historia perfecta.
Es un caos con luces parpadeantes y bolas de Navidad cayéndose del árbol.
Es equivocarse, meter la pata hasta el fondo y luego intentar recomponerlo como se pueda .
Es… la de dos personas que se empeñan en no rendirse: ni cuando duele ni cuando parece que ya no quedan cartas que jugar.
Porque el amor no siempre es armonía. A veces es ruido.
Mensajes en visto. Citas canceladas . Puertas cerradas y luego abiertas de nuevo.
A veces el amor es presentarte sin saber si te están esperando.
Es hacer el ridículo a plena conciencia, con frío en las mejillas y el corazón en combustión espontánea.
Y ahí estaba Gia, con los mofletes colorados y los ojos brillantes de puro pánico, alejándose calle abajo tras haber dejado su alma en car teles.
Y ahí estaba Gian, con la boca entreabierta , a punto de rendirse, corriendo porque no puede dejar que se le escape.
Y entonces ocurrió. Ese beso. Y yo , que he visto besos de todos los siglos y todos los estilos, todavía me derrito con estos.
Porque este no es un beso cualquiera: es una disculpa, una promesa, un rendirse con estilo.
Es la propia Navidad recordándonos que lo más cuerdo que podemos hacer es volvernos locos por amor .
Así que, si alguna vez os tienta la idea de declararos con carteles, besar sin garantías o amar sin seguridades , hacedlo. Poneos esa bufanda ridícula con renos, tragaos el miedo con polvorones y saltad. La vida ya es bastante sensata el resto del año.
En Navidad está permitido estar exactamente como una cabra.
Sobre todo si es por amor.