52. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
He leído tus cartas.
Gian
(Extracto de un correo nunca enviado).
Estoy en pijama. Y no uno digno. El pantalón está tan cedido que podría usarlo de saco de dormir, y la camiseta es una de esas que sobrevivió a la adolescencia por razones puramente sentimentales.
Tengo un tazón de chocolate en una mano y el mando en la otra, zapeo entre partidos de fútbol como si eso fuera a revelarme el sentido de la vida.
Es entonces cuando suena el timbre.
Me levanto a regañadientes, con la taza aún en la mano, y me asomo al telefonillo.
Y ahí está. Ella. Gia. Bueno. Su cara, al menos.
La cámara es en blanco y negro, pero da igual.
Reconocería su expresión incluso pixelada.
Tiene una sonrisa nerviosa. Lleva gorro, bufanda y en los brazos… ¿un radiocasete?
Abro la puerta aún sin procesar del todo.
—¿Gia?
Ella levanta un dedo, en señal de que no hable. Luego pulsa un botón del radiocasete y empieza a sonar «Baby Please Come Home» , de Mariah Carey. Y lo sé antes siquiera de que pueda seguir escuchando más. Es una lista de reproducción. Mi lista. La nuestra. La de ella.
Ya estoy sonriendo. No sé por qué. Pero sonrío. Gia rebusca en una carpeta enorme y saca el primer cartel. Letras escritas a mano , algunas torcidas, otras decoradas con purpurina. La veo temblar. De frío o de nervios. O ambas.
Di: cantantes de villancicos . (Sí, aunque estés solo).
Frunzo los labios para no reírme. Maldita sea. ¿De verdad está haciendo esto?
—Cantantes de villancicos —digo en voz alta, aun sabiendo que nadie me ha preguntado quién toca a estas horas salvo yo mismo.
Siguiente cartel:
El año que viene, con suerte…
Pasa al siguiente:
Estaré con uno de estos chicos.
Y entonces aparecen fotos pegadas con celo y malicia. Damon Salvatore. Alessandro Borghi. Un modelo italiano con el que ha estado obsesionada la mayor parte de su vida…
Pasa el siguiente cartel:
Pero, por ahora, déjame decirte…
Y el siguiente:
Sin esperanza, ni otros fines…
Y el siguiente:
Simplemente porque es Navidad…
Y el siguiente:
(Y en Navidad se dice la verdad ).
Y el siguiente:
Para mí, tú eres perfecto.
Y el siguiente:
Y mi corazón desolado siempre te amará.
Y el siguiente:
Hasta que te veas así…
Hay una foto de una momia. Una auténtica. No un disfraz. Una momia egipcia. Su humor, claro. Su locura. Su forma exacta de hacerme sonreír incluso cuando estoy completamente desarmado.
Feliz Navidad.
No puedo evitarlo. Me sale solo, en un susurro:
—Feliz Navidad .
Como en la película. Como Mark. Pero esta vez soy Juliet. O algo así.
Gia deja caer la carpeta y empieza a sacar más carteles. Los suyos. Los que no vienen del guion de su película favorita. Los que vienen de ella.
No soy Andrew Lincoln, pero tengo rotuladores, cero sentido del ridículo y unas ganas tontas de un gran gesto de amor.
La música sigue. Entra otra canción. « Let It Snow! Let It Snow! Let It Snow!». Y yo estoy paralizado. Congelado entre el asombro y el amor más ridículamente gigante que haya sentido nunca.
Podría haber llamado . O escrito. O enviado una paloma mensajera.
Pasa al siguiente cartel:
Bueno, en realidad, lo he hecho todo. Menos lo de la paloma.
Me muerdo el labio. Asiento.
Pero esto es algo muy nosotros. O muy yo. Tú ya me entiendes.
Asiento otra vez. No puedo evitarlo. Me está desmontando con carteles y canciones.
Mañana me voy a Milán . Tengo una cena de clausura muy importante.
Y otro cartel más:
No es una excusa. Es solo para decirte que …
Cambia el cartel. Este viene en negrita. Con purpurina dorada .
Tienes espacio. Tómalo.
Y otro.
No quiero agobiarte. Solo decirte que lo último que quería era hacerte daño.
La veo tragar saliva. Las manos le tiemblan un poco más . El siguiente cartel tarda en salir. Cuando lo hace, algo en mí se cae, se rompe y se recompone en una nueva forma.
Y también quería decirte esto…
Letras rojas, grandes.
Para mí, tú eres perfecto. Y mi corazón desolado siempre te amará.
Y entonces lo entiendo. De verdad. Que no está aquí para cambiar nada. Que no exige. Que no reclama. Solo quiere que lo sepa.
Saca otro cartel más.
Si quieres, hablamos cuando vuelva. Y si no… también estará bien.
Último cartel. Está escrito en azul y con una letra más temblorosa. Como el corazón .
Solo quería que supieras que te amo. Y que siempre lo haré.
Gia apaga la música. Pone los pulgares en alto, justo como hace Mark en la peli. Sonríe . No dice nada. Y comienza a recoger sus cosas. Se gira. Empieza a alejarse. Y yo estoy ahí, de pie , con la boca entreabierta.
¿Qué coño se dice después de esto?
Nada.
Solo se puede hacer una cosa.
Salgo de casa. Camino hacia ella. Gia se detiene, pero no se gira.
Como si no supiera si quedarse o seguir andando .
Y entonces la toco. Y la beso. Allí mismo, en la puerta de mi casa, en pleno diciembre, a las tantas de la noche, con la música aún resonando en mi cabeza y el caos maravilloso de Gia latiéndome en el pecho.
La beso como si no supiera hacer otra cosa.
Como si mis labios pudieran decir todo lo que me he callado.
Todo lo que duele. Todo lo que quiero. No decimos nada.
Solo eso. Solo el beso. Y, cuando nos separamos, me mira y me sonríe, y suelta un susurro que solo yo podría oír. También como Mark en la peli.
—Basta. Ya basta.
Y se va, dejándome ahí con el corazón absolutamente vuelto del revés, y con la certeza de que acabo de vivir el gesto más loco, inesperado, ridículo y hermoso que nadie ha hecho jamás por mí.