Querida Srta. Santa Clausura 51. Gia
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51. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Le informo de que necesito cerrar mi relación con carácter ultranavideño de urgencia.

No porque me falten ganas de amar, sino porque mi pareja decidió financiar los regalos enredándose, sin previo aviso, con el abuelo de su mejor amigo.

Sí, con el nonno . Y todo por dinero. Resulta que el anciano paga en efectivo.

Así que, por favor, clausúreme oficialmente esta historia antes de que termine cantando villancicos en la ventana de una residencia de ancianos.

Con gratitud,

Lorenzo L.

Si me hubieran dicho hace un año que mi ritual poscena de clausura exitosa sería sentarme en el sofá con Lele a ver Love Actually por enésima vez en este diciembre, con botes de helado entre las piernas y mantas hasta las orejas, probablemente me habría reído en su cara .

Y luego les habría pedido unirme, claro.

Porque resulta que nada cura el cansancio acumulado de montar una cena para dos personas (más tres gatos disfrazados de renos) como un litro de helado, una comedia romántica y mi mejor amiga comentando cada escena como si estuviera narrando una final del Mundial.

—Te juro que, si un día alguien me canta «All I Want for Christmas Is You» delante de todo un colegio, me caso en ese mismo instante. Aunque sea un desconocido. Aunque cante como el culo. Aunque sea alérgico al gluten y yo esté vestida de cupcake . Me da igual.

Me río. Es un sonido flojito, casi de rendición . En la tele, Karen (la pobre Emma Thompson) está llorando en su habitación mientras suena Joni Mitchell. Lele hace una pausa dramática, se pone la mano en el corazón y dice:

—Esta parte debería estar prohibida por la OMS . Cada año me arranca el alma por los lagrimales.

—¿Y entonces por qué la ves siempre?

—Porque soy masoquista. Como tú .

No puedo contradecirla. Lo cierto es que Love Actually es mi película de consuelo. Mi chaleco salvavidas. Mi manta de seguridad. Mi excusa para llorar con dignidad. Me sé los diálogos de memoria. Qué canción suena en cada escena. Total , solo la he visto unas mil trescientas veces. O cuatro mil.

—Oye… —empiezo mientras Mark aparece en pantalla—. ¿Tú crees que eso funcionaría en la vida real? Lo de los carteles. Lo que hace él. ¿Tú crees que eso puede cambiar algo?

Lele traga un bocado gigantesco de helado y se queda pensativa. Mucho. Sospechosamente mucho.

—¿Quieres que sea sincera o quieres que sea tu mejor amiga?

—¿Ambas?

—Pues… es una grandísima gilipollez.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Es la escena más legendaria del cine romántico!

—Es muy bonito, sí. Y muy cinematográfico.

Y Andrew Lincoln tiene cara de perrito abandonado , que ayuda.

Pero en la vida real eso sería incomodísimo .

Imagínatelo: tú estás en casa, tan tranquila, y aparece un tío con una cartulina diciéndote que te ama en silencio desde hace años. ¡Yo le cierro la puerta en la cara!

—¡Pero ella sonríe! ¡Y le da un beso! —protesto .

—Porque Juliet no duerme con un moño y una camiseta sudada como tú y como yo.

Doy un suspiro largo por no decirle que no estoy nada de acuerdo.

En la pantalla, Mark se va calle abajo, orgulloso y derrotado al mismo tiempo.

Juliet cierra la puerta. La música sube .

Fin de la escena. Y entonces… me da. El clic .

La epifanía. El momentazo cinematográfico en el que la protagonista se incorpora de golpe, con una cucharada de helado aún en la boca y los ojos muy abiertos, porque se le acaba de ocurrir algo que cambiará el curso de su historia.

—¡Lo tengo!

Lele da un salto como si hubiera sonado una alarma estatal y Turrón nos ladra por el susto. Suchard, en cambio, sigue dormido en su cama como si nada.

—¿El qué? ¡¿Qué tienes?! ¡¿Pulgas?! ¡No me digas que estos dos te han pegado las pulgas!

—¡Ellos no tienen pulgas! —protesto, y luego añado—: Lo tengo claro . Sé lo que voy a hacer.

—No sé si quiero que me lo cuentes. Nunca eres muy razonable cuando ves Love Actually y te empapas de amor surrealista.

—Voy a hacer lo de la peli. Voy a hacer lo de Mark, Lele. Con los carteles. Pero en versión GiGi.

Lele me observa como si acabara de decir que me voy a casar con uno de los renos del Babbo Natale .

—¿Estás hablando en serio?

—Totalmente. Voy a ir a su casa. Me voy a plantar allí con una bufanda, carteles enormes, y voy a decirle, palabra por palabra, lo que dice Mark. «Para mí, tú eres perfecto. Y mi corazón te ama. En silencio. Completamente. Desde hace tiempo».

—¡Pero Mark lo dice porque no puede tenerla!

—Yo no puedo no tenerlo —le respondo. Y, madre mía, suena tan melodramático que casi me aplaudo.

Lele niega con la cabeza.

—Esto va a salir tan mal…

—O tan bien —le respondo, ya en pie—. Si algo hemos aprendido en esta vida, Lele , es que el amor se recupera con grandes gestos. Y a Gian le encanta esta escena. Probablemente le haga gracia y le ablande un poco el corazón.

—O crea que se te ha ido la maldita pinza y pida una orden de alejamiento.

Me detengo un segundo. Vuelvo a mirar la pantalla, donde la película sigue, donde el amor (aunque sea caótico y ridículo) siempre gana.

—¿Tú crees que va a pensar que estoy loca?

—Sin duda —dice Lele —. Pero eres tú. Te conoce. Así que, pensándolo bien…, no tienes nada que perder.

No acabo la película. Salgo corriendo hacia mi habitación, dispuesta a recortar letras de revistas, escribir frases que den vergüenza ajena y, por primera vez en mucho tiempo, decir lo que siento sin filtros, sin excusas , sin esperar a que sea «el momento perfecto».

Porque si algo me ha enseñado Love Actually (además de que el karaoke romántico debería ser obligatorio por ley) es que el amor de verdad, el que aprieta el pecho y desordena la cabeza, no espera. No se esconde. No se calla .

Y yo, sinceramente, nunca he sabido callarme.