Querida Srta. Santa Clausura 50. El Espíritu de la Navidad
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50. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

Dejadme contaros un secretito navideño.

Hace muchos inviernos, en uno de esos fríos que te obligan a abrazarte a la taza de chocolate caliente, una niña de seis años decidió que su primer gran amigo merecía un regalo.

El problema era evidente: su bolsillo estaba tan vacío que hasta el eco le pedía monedas prestadas.

Y ya sabéis cómo son los niños: sinceros hasta la brutalidad.

—Señora Agnese, Gian me ha invitado a su cumpleaños…, pero no tengo dinero para comprarle un regalo —dijo Gia, con esa mezcla de orgullo y pánico que solo los seis años pueden perfeccionar.

Todavía no la llamaba nonna . Apenas la conocía. Pero Agnese, que era un alma sabia y ligeramente traviesa que hacía que hasta los elfos se sonrojaran, la miró y sonrió como solo las abuelas saben hacerlo.

—¿Dinero? ¿Quién necesita dinero cuando tiene dos manos y un corazón? —dijo, con ese brillo en los ojos que te hace sospechar que sabe más de magia que cualquier Espíritu de la Navidad—. Hagámosle un jersey, y de paso te enseño a tejer.

Y así empezó todo. Mientras el viento aullaba fuera, Gia aprendió que los regalos de verdad no se compran: se tejen.

Literalmente. Cada punto de lana era un «me gusta ser tu amiga» silencioso, y cada hilo, un deseo de felicidad para ese niño que no sospechaba el tsunami de amor que estaba por caerle encima.

El primer jersey fue un desastre glorioso: los renos parecían ovejas confundidas y el cuello se enroscaba como si quisiera escapar. Pero Gian lo recibió con una sonrisa bien amplia. Y eso bastó.

Desde entonces, cada año, Gia y la nonna Agnese añadían un jersey más a la colección .

Uno por cada cumpleaños, uno por cada año que Gia recordaba con amor y un poquito de malicia cómo comenzó todo.

Algunos tenían duendes, otros, copos de nieve, y otros más eran tan intensamente coloridos que podrían cegar a un reno de un vistazo.

Pero t odos compartían lo mismo: amor puro , sincero, del que te hace reír y llorar a la vez, y de ese que solo los niños (y luego los adultos que se niegan a olvidar) saben dar.

Incluso el último. Incluso ese que Gia tejió con el corazón hecho trizas y la nonna Agnese con artrosis en los dedos.

Incluso ese que terminaron juntas en silencio, con la ausencia de él bailando entre los hilos, convirtiendo cada punto en un susurro de nostalgia, esperanza y un amor que se negaba a desaparecer.

Y yo, que soy un experto en regalos, las observaba desde mi rincón etéreo, pensando en que hay obsequios que ninguna tienda podría vender. Porque esos jerséis tenían calor, y no hablo solo del de la lana recién tejida. Hablo del calor que brota de un corazón que da sin esperar nada a cambio.

Al fin y al cabo, queridos míos, la Navidad siempre encuentra la manera de volver a unir los hilos.