Querida Srta. Santa Clausura 49. Gian
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49. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Gia:

….

Gian

( Extracto de un correo nunca enviado).

El reloj del despacho marca las siete y media de la tarde y todavía no hemos pasado de la tercera cláusula del contrato .

Perfecto. El infier no legal debe de parecerse bastante a esto: un mar interminable de pape les, términos en latín que ya ni los jueces recuerdan y Ángelo haciendo chistes malos para mantenerme despierto.

—Si vuelves a decir mutatis mutandis con ese tono de sabelotodo, como si el latín fuera tu lengua materna y lo hablaras perfectamente, te juro que te empujo por la ventana —le gruño, sin despegar la vista de las hojas.

—Admítelo, Gian, sin mí serías un abogado gris.

—Hoy lo soy. No estoy de humor.

Cojo el móvil, desbloqueo la pantalla con el pulgar y vuelvo a leer por decimoquinta vez los mensajes de Gia.

«Insistiré las veces que hagan falta». «Por favor, ¿podemos hablar?».

Lo bloqueo y lo dejo caer en la mesa con un suspiro.

—¿Todo bien? —pregunta Ángelo.

—Sí, todo perfecto .

Es mentira, por supuesto. Nada es perfecto.

Pero me fuerzo por olvidarme de ella mientras la reunión sigue, aunque yo ya no estoy del todo allí.

Las palabras se convierten en ruido blanco, las cláusulas, en un galimatías que ni en mis peores días, y lo único que veo es la notificación en mi pantalla, como una puerta que no me atrevo a abrir.

Cuando unas pocas horas después cierro el despacho y conduzco hacia casa, mientras las farolas se suceden sobre el asfalto como puntos de luz cansados, intento convencerme de que mañana será más fácil. Que siempre hay un mañana para contestar.

Entro en casa y me dejo caer en el sofá sin quitarme la chaqueta.

El silencio me recibe con la familiaridad de un viejo enemigo: cómodo , sí, pero áspero.

Sobre la mesa está la última de sus cartas.

El sobre blanco con un «15 de diciembre de 2026» escrito con su caligrafía.

No quiero abrirla y , a la vez, me muero por hacerlo.

Como si el papel pudiera perder fuerza si yo finjo no verlo, y arreglarlo todo si lo leo.

Pero ahora, después de su insistencia, el sobre parece brillar con una luz propia. Una invitación. O una condena. Lo tomo entre las manos. Dudo . Trago saliva. Y, al final, lo abro.

Querido Gian:

Hoy cumples veintinueve (¡vejestorio!), y, aunque sé que lo último que quieres es que te recuerde la edad en letras negras sobre un papel blanco, aquí estoy yo, fiel a la tradición.

No sé si lo sabes (supongo que no, porque nunca las recibiste), pero no he faltado a un solo cumpleaños.

Todos los años, sin excepción, te he mandado un beso a Londres y te he escrito.

Sí. Incluso cuando no hablábamos. Incluso cuando me prometí que no volvería a pensar en ti.

El ritual se repetía: un sobre, unas palabras y la certeza absurda de que nunca llegarían a tus manos.

Supongo que era mi manera de no perderte del todo.

O de no perderme a mí misma por completo.

Ahora estás aquí otra vez, en carne y hueso, y de repente tengo la oportunidad (y el miedo) de darte esta carta (y todas las demás, si me atrevo) sabiendo que vas a leerla. Y me tiemblan los dedos. Porque nunca había sido tan consciente de lo mucho que me importas.

Tu regreso, después de tanto tiempo, ha sido como un terremoto.

Yo iba por la vida convencida de que estaba bien, de que había aprendido a vivir sin ti.

Y entonces apareciste y descubrí que lo que yo llamaba «estar bien» no era más que un vacío elegante y bien decorado, pero vacío al fin y al cabo.

Nada me ha llenado en todo este tiempo como lo hacía tu risa.

Ninguna voz ha sonado como la tuya cuando decías mi nombre.

Nadie ha tenido la paciencia, ni la ternura, ni la capacidad de verme entera, incluso en mis peores días.

Y me duele admitirlo, pero es la verdad: había estado sobreviviendo, no viviendo. Y lo entendí solo cuando volviste.

Sé que pensarás que exagero, que el tiempo distorsiona las cosas. Pero no. Ni la distancia ni el tiempo han borrado nada. De hecho, lo han subrayado. He descubierto que no hay sustitutos para ti, Gian.

Quizá estas palabras suenen desesperadas.

Puede. Tal vez lo sean. Pero lo que me da más miedo que la desesperación es la idea de quedarme callada y no decirte lo que siento.

Porque lo que siento es grande . Es lo bastante grande como para sobrevivir a cinco años de distancia y silencio.

Es lo bastante grande como para sobrevivir a toda una vida.

Lo que quiero que quede grabado en este papel es simple: me haces feliz.

Me haces sentir viva de una manera que había olvidado, como si me hubiesen devuelto colores que no sabía que echaba de menos.

No te imaginas lo que significa para mí volver a escribirte esta carta sabiendo que esta vez sí vas a leerla.

Que no es un secreto guardado en un cajón, sino un regalo que puedo poner en tus manos. Es diferente. Es mejor. Somos nosotros.

Hay cosas de mí que todavía no sabes, pese a ser la persona que mejor me conoce en el mundo (aunque Lele se atrevería a discutirlo, y probablemente me tiraría un cojín a la cabeza mientras lo hace).

Secretos que aún me guardo y que espero poder contarte cuando tenga el valor suficiente.

Pero lo más importante ya lo sabes: estoy enamorada de ti.

De nuevo. Todavía. Siempre. GiGi ha vuelto para quedarse.

Y espero que para no volver a irse jamás.

Sigo queriendo ese futuro que un día soñamos juntos.

Feliz cumpleaños, Gian. Esta vez por fin te escribo con la certeza de que vas a recibir cada palabra. Que vas a estar aquí para leerlas. Y eso, créeme, es el mejor regalo de cumpleaños que yo puedo tener.

Te ama,

Gia

P. D.: El beso ya no tengo que mandarlo. Por fin puedo dártelo.

Las palabras me golpean una a una, como si cada línea estuviera diseñada para recordarme todo lo que ahora me duele.

«Me haces feliz».

Trago saliva y cierro los ojos. Lo peor no es la nostalgia. Lo peor es esa parte de la carta en la que confiesa que aún guarda secretos, que hay rincones de sí misma que no me ha mostrado. Y ahora sé a ciencia cierta que uno de esos rincones es el que nos ha estallado en la cara.

Doblo el papel despacio, con un cuidado absurdo, como si pudiera romperse con un simple gesto. Lo apoyo sobre la mesa, pero mis manos siguen cerradas en puños, porque la verdad es que cada palabra que ella ha escrito para celebrar mis veintinueve años no hace más que recordarme lo que he perdido.

La miro durante un largo rato, como si pudiera encontrar en los bordes de la tinta alguna respuesta que no está escrita. Y después reparo en el regalo que todavía no he sacado de la bolsa. Tiene un envoltorio sencillo, papel kraft con un lazo rojo torpemente anudado. Muy Gia.

Lo abro con cuidado, deshago el nudo como si estuviera tocando algo frágil, casi sagrado. Dentro, doblado con precisión, hay un jersey navideño. Y, encima, una tarjeta.

«Este es el último jersey que tu nonna y yo cosimos juntas, sin saber siquiera si llegaría el día de dártelo.

Pero sí. Ha llegado. Elegimos el burrito porque, ese año, no estaba en el belén, y nos pareció injusto.

Así que lo pusimos aquí. Para que no faltara.

Para que estuviera contigo. Para que, aunque fuera solo en forma de lana y puntadas torcidas, te acompañara. Como yo, siempre que me dejes».

Lo saco con cuidado. Lo huelo. Y, de pronto, estoy en la cocina de mi nonna , con olor a romero, a café recién hecho y a esa mezcla inexplicable de hogar y nostalgia.

Es de lana gruesa, verde oscuro, con un burrito en el centro y un cuello torcido que parece gritar con la voz de Gia: «Sí, soy adorablemente imperfecto, ¿algún problema? ».

Paso los dedos por la lana irregular, y ahí está: el nudo en la garganta. Visualizo a Gia, enredada en ovillos, resoplando porque se le escapan los puntos, mientras mi nonna le da órdenes como si estuvieran en plena campaña militar.

Me lo acerco al pecho. Cierro los ojos. Y entonces lo entiendo. No es solo un jersey. Es un pedazo de memoria. Un puente de lana entre lo que fuimos y lo que…, joder, lo que no sé si todavía podríamos volver a ser.

El aire pesa. La carta y el jersey están ahí, mirándome sin mirarme, susurrándome lo mismo: «Esto es real.

Esto eres tú. Esto sois vosotros». Y yo, que me creía blindado, me descubro deseando, con una intensidad francamente alarmante, que me la sude todo lo demás.

Porque tal vez, solo tal vez…, todavía podemos serlo.