55. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
Para mí tú también eres perfecta.
Abrazo virtual,
Gian
(Extracto de un correo nunca enviado).
Llevo horas mirando la pantalla. Horas. Literalmente. He escrito tres correos, dos mensajes de voz, una nota de móvil y un poema. Un jodido poema. Que no rima. Que es ridículo. Que no leerá jamás.
Lo he borrado todo porque no sé cómo empezar. Porque no sé cómo no parecer un idiota. Porque, pese a todo lo que siento, todavía estoy dolido. Y porque me ha dejado sin un manual de instrucciones.
Tengo ojeras que podrían solicitar la nacionalidad. La luz del portátil ya no me ilumina la cara, me la juzga. Son las diez y pico de la noche y todo huele a futuro, a desvelo, a nostalgia y al perfume que dejó en mi sofá.
Escribo cosas como «Gracias por venir. Por hacer eso .
Por ser tan tú. No tienes idea de lo que significó para mí.
Te he pensado cada minuto desde entonces .
Sigo sin saber cómo sentirme. Todavía duele la desconfianza…
». Pero lo borro todo. Otra vez. Porque no quiero so nar frío .
Pero tampoco quiero abrirme del todo. Aún no.
Aún no puedo. Y ella, lo quiera o no, se merece algo entero, no a medias.
Pero, joder, ¿cómo se hace eso cuando una parte de ti todavía se resiste?
Me dolió que no confiara en mí. Que no me dijera quién era.
Que me dejara creer una versión de ella sin terminar.
Y sin embargo… no hay una sola hora desde que se fue en la que no me haya acordado de su voz.
De su forma de mirar cuando está a punto de hacer una locura.
De su risa, que me desarma, de cómo mueve las manos cuando habla como una metralleta.
De cómo dijo «te amo» con un cartel y no con la voz, porque probablemente sabía que no podría soportarlo de otra manera.
Es un puto torbellino y me ha dejado hecho polvo. Pero también… También me ha enseñado algo. Que a veces hay que hacer el ridículo por amor. Que a veces el gesto más tonto es el más valiente. Que a veces alguien que te duele puede ser quien te cura.
Me paso los dedos por el pelo. Me levanto. Camino por el salón a oscuras. Miro el móvil. No hay nada nuevo. Ni ella. Ni yo. Ni el valor que me falta. Abro WhatsApp. Empiezo a escribir. Parpadeo. Me quedo ahí, congelado. Lo borro. Cierro el portátil y me dejo caer en el sofá.