Querida Srta. Santa Clausura 46. Gian
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46. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura Gia:

Yo… No. No puedo. No sé qué decirte.

Gian

(Extracto de un correo nunca enviado).

Cumplir años nunca me ha hecho demasiada ilusión.

La gente asume que es un día para celebrar, darte abrazos que no has pedido y recibir llamadas de personas que ni recuerdas haber conocido .

Pero para mí siempre ha sido otro número en la lista de cosas que no controlo: un calendario que avanza sin pedirme permiso, paste les demasiado dulces que no me apetecen , globos que se desinflan enseguida y una parada obligatoria en la que me miro al espejo y evalúo si me parezco, aunque sea de lejos, al tipo que imaginé que sería a esta edad. Y no. Ni de coña.

Sin embargo, aquí estoy. Otra vez. Sentado a la mesa del comedor de mi madre, con un plato de pasta frente a mí, pan caliente, ensalada y una copa de vino que no he tocado desde que me la sirvió.

Todo huele a infancia, todo tiene ese aire de perfección doméstica que deber ía reconfortarme y resultarme acogedor.

Pero tengo una presión sorda en el pecho.

Como si algo estuviera fuera de lugar. Como si yo estuviese fuera de lugar.

Es la sensación de que debería sentirme feliz aquí, pero solo siento que no puedo concentrarme en nada.

Mi madre charla como siempre. Yo asiento, murmuro monosílabos y finjo sonrisas. Pero no estoy aquí. No del todo. Estoy allá arriba. En mi antigua habitación. O, más bien, con lo que hay encima de mi cama: la bolsa que Gia se dejó en mi coche. Con seis sobres. Seis puñeteras cartas. Y un regalo.

Han sido cinco cumpleaños sin ella. Seis, si contamos el de hoy.

Y, aun así, siempre ha estado ahí. En mi cabeza y en las cartas que me escribió aun estando separados y sin hablarnos.

Pero no las he leído todavía. No me he atrevido.

Aunque están ahí . Y, cada vez que cierro los ojos, las veo.

Como si ardieran en la oscuridad detrás de mis párpados.

—Gian , cariño. —Mi madre interrumpe el zumbido mental en el que me encontraba—. ¿Por qué no subes a echarte una siesta ? Tienes cara de no haber dormido nada.

Eso es porque no he dormido nada. Me he pasado toda la noche recordando todas las veces que Gia firmó una carta como la Srta.

Santa Clausura, y yo nunca supe que era ella.

Porque su voz todavía me resuena en la cabeza , leyéndome frases que ahora no sé si fueron sinceras o nacieron del miedo.

Porque me mintió… al ocultarme su identidad , justo ahora que he vuelto.

Y, aun así, durante cinco años siguió escribiéndome, cuidando de mí desde la distancia, manteniendo viva nuestra conexión sin que yo lo supiera.

No puedo ignorar eso. No puedo dejar de valorar lo que hizo .

—Sí. Voy a tumbarme un rato.

Subo las escaleras como si me dirigiera al matadero.

Cuando llego arriba, me detengo frente a la puerta de mi cuarto.

Mi madre nunca lo ha cambiado. Ni un centímetro.

Sigue habiendo pósters de bandas que hace siglos que no escucho, una maqueta del Big Ben sin terminar en el escritorio y una lámpara de lava nunca funcionó del todo bien.

Es como si una parte de mí se hubiera quedado aquí, congelada en el tiempo. La parte que no sabía mucho del amor .

Entro, cierro la puerta y permanezco mirando la maldita bolsa.

Porque dentro está ella. O al menos las versiones de Gia que han existido sin mí durante estos seis años.

Me siento en la cama y deslizo la bolsa hacia mí.

La abro despacio, como si pudiera explotar.

Los sobres es­tán apilados. Tomo el primero.

Tiene escrito «15 de diciembre de 2021, Manarola» en la solapa. El primer cumpleaños lejos de ella.

Querido Gian:

No sé si vas a leer esto alguna vez. De hecho, estoy bastante segura de que no. Pero necesitaba escribirlo. O tal vez (y esto me cuesta más admitirlo) necesitaba escribirte. Porque no sé hacer otra cosa hoy. No sé pasar el día de tu cumpleaños como si no significara nada.

Me he despertado con esa sensación rara en el cuerpo, ¿sabes? Como cuando aún estás un poco dormido y durante un par de segundos no recuerdas que algo te falta, hasta que ocurre. Hasta que el hueco vuelve a doler. Y lo he sentido . La falta de ti.

Por eso no podía no escribirte . No podía no decirte que hoy, como cada 15 de diciembre, he pensado en ti.

No sé si estás celebrándolo . No sé si alguien te ha hecho un regalo, o si has pedido algo al soplar las velas.

Pero, si lo has hecho, espero que hayas pedido algo bonito.

Espero que alguien te haya abrazado. Espero que, aunque sea un segundo, hayas sentido que el mundo es menos duro de lo que parece.

Y si no… Si estás solo, si estás triste, si por algún milagro me echas de menos …

, entonces quiero que sepas que yo también.

Que no te escribo porque quiera remover cosas.

Ni porque crea que esto va a arreglarnos.

Te escribo porque no hacerlo me habría dolido más.

Porque hoy cumples años. Y no estás aquí .

Feliz cumpleaños, Gian. Este año no hay regalo. Pero te mando el beso hasta Londres igualmente. Uno de esos que no se gastan ni con el tiempo ni con los silencios.

Con todo lo que aún no sé cómo soltar ,

Gia

La doblo con manos torpes, porque Gia escribe como vive: sin filtros.

Y yo la leo como siempre la he mirado: con hambre.

Con esa necesidad de entenderla del todo, de saber qué siente en cada palabra no dicha .

Y lo peor es que sí la entiendo. Porque yo también pasé ese día sintiendo que me faltaba algo. Y era ella.

Miro el resto de los sobres. Tomo el segundo. El del año siguien te. 2022. Mi cumpleaños número veinticinco . Y de nuevo, ahí está ella. En tinta. En papel . En carne viva.

Querido Gian:

Hoy me he levantado pensando en ti, como cada 15 de diciembre desde que te fuiste. Y no es un pensamiento dulce ni fácil: es un hueco que se siente en el pecho, como si hubiera un lugar exacto que solo tú sabes ocupar.

Hay algo extraño en cumplir años lejos de quienes queremos. Es como soplar velas sin pedir deseos, como abrir un regalo y descubrir que falta lo que realmente importa. Y sí, faltas tú.

Este año he aprendido a seguir con mi vida sin ti, aunque no del todo.

He reído más de lo que esperaba, he conocido lugares que no pensé visitar y he hecho cosas que me asustan un poco y otras que me gustan demasiado.

Pero, Gian…, incluso en medio de eso, todavía hay un hueco que nadie más logra tocar.

Y eso duele, pero también me recuerda lo que fue real.

Feliz cumpleaños. Espero que encuentres un instante que te haga sonreír de verdad. Y, si lo haces…, recuerda que alguien en algún lugar todavía se acuerda de ti como si nada hubiera cambiado.

Un beso a Londres,

Gia

Siento un pinchazo en el esternón, como si la carta me hubiera atravesado sin avisar. Saber que, incluso dos años después de rompernos, Gia me miraba con los mismos ojos… me duele.

Cojo el siguiente sobre. 2023. Veintiséis. Una edad que no se me ha quedado especialmente grabada por nada, salvo por el hecho de que empecé a beber martini solo. Y por esta carta que no sabía que existía hasta ahora.

Rasgo el sobre. Despliego el papel . Su letra. Otra vez.

Querido Gian:

No debería estar escribiéndote esto. Lo sé.

No porque haya una norma que lo prohíba.

Sino porque…, bueno. Tengo novio. Sí. Ya lo sé.

Impactante giro argumental de los acontecimientos.

Tú ahora haces una mueca irónica, yo me río sola mientras escribo esto, y voilà , aquí estamos otra vez, en este extraño lugar en el que solo nos encontramos en papel.

Se llama Nicola. Es bastante majo. Menos cuando se emborracha con sus amigos.

Ahí no lo soporto. Empieza a gritarle a la tele y se pone existencial con el reguetón.

Y, por supuesto, no tiene ni idea de lo que hago cada 15 de diciembre.

Porque no es 15 de diciembre sin escribirte.

Sin pensarte. Y eso es lo que me jode. Que sigas apareciendo.

Que sigas aquí a pesar de todo. A pesar de Nicola. A pesar de mí.

He intentado ser otra sin ti y, honestamente, no me gusta tanto quien soy cuando tú no estás.

No lo digo por ser dramática. Ni por hacerme la interesante.

Lo digo porque es verdad. Contigo yo era más valiente.

Más divertida. Más yo. Sin ti, me cuesta el doble dormirme.

El triple reírme con ganas. Y, cuando algo bueno pasa, mi primer impulso sigue siendo contártelo. Aunque no lo haga.

No sé si sigues en Londres. No sé si me has olvidado. O si a veces, muy de vez en cuando, aún te acuerdas de mí. Pero por si sí, por si aún hay un rinconcito donde quede un poco de nosotros: feliz cumpleaños, Gian. Aún te deseo lo mejor. A veces incluso imagino que es conmigo.

Un beso a Londres. O dondequiera que estés.

Gia

Es peor que si me hubiese dicho que se iba a casar.

Peor que si no me hubiese escrito. Porque todavía me quería.

Y sin embargo estaba con otro. Y yo ahora tengo esa sensación asquerosa de haber llegado tarde a mi propia historia.

Me aprieto el puente de la nariz. Cierro los ojos.

Inhalo como si el oxígeno fuera a arreglar algo.

Pero no arregla nada. Nada. Porque Nicola existió.

Y yo no estuve. Y ella siguió. Aunque no le guste cómo es sin mí.

Aunque aún me pensara cada diciembre. Aunque siguiera escribiéndome en secreto.

Y, si eso no es amor, entonces no sé qué cojones es.

Mi mano va sola. Ni lo pienso. Ni respiro. Solo agarro el siguiente sobre. 2024.

Querido Gian:

Antes de nada, aviso: me he cortado el pelo. Mucho. No te asustes si un día nos cruzamos por la calle y no me reconoces. Soy yo. Solo que con menos melena y las mismas botas cowboy de siempre.

Sigo en Manarola. Sigo tomando café con seis cucharadas de azúcar. Y sigo durmiendo en el mismo lado de la cama. Sí, ese. Aunque ya no haya nadie en el otro.

Hoy cumples veintisiete. Y no sé por qué me sigue importando tanto.

Lo intento. De verdad. Intento fingir que no me acuerdo.

Me doy paseos, me regalo libros de thriller, me compro pasteles absurdamente caros y hago listas de cosas por las que debería estar agradecida. Y aun así… Joder. Me faltas tú.

Te echo de menos. Cada segundo de cada día.

A veces te echo de menos porque veo algo que te habría hecho reír.

O porque paso por delante de un sitio y me acuerdo de cómo me cogías la mano por la calle como si el mundo fuera demasiado grande y yo demasiado pequeña.

A veces te echo de menos porque me siento valiente, y me acuerdo de que tú siempre me decías que lo era.

Y otras… Otras simplemente porque sí. Porque no he dejado de quererte.

Aunque no te lo diga. Aunque no se lo diga a nadie.

Aunque te hayas ido a un lugar tan lejos que ya no sé si eres el mismo.

Y aun así, cada año, vuelvo a escribirte. Como si escribir fuera la única manera que tengo de no olvidarme de ti. De mí contigo.

Espero que hoy alguien te abrace. De esos abrazos largos, sin prisas.

De los que duran más de tres segundos y se quedan pegados en la piel.

Y si no… Ojalá pienses que, en algún rincón de este planeta, hay una recién estrenada pelicorta con botas cowboy que sigue pensando que el mundo es mejor si tú estás en él.

Feliz cumpleaños, Gian. Un año más, mando un beso por la ventana que espero que cruce el océano y te llegue. Siempre el más especial.

Gia

Me tapo la cara con la carta.

«Te echo de menos cada segundo de cada día».

Eso no se dice en vano. Eso se dice cuando te duele. Cuando no hay un solo puto rincón del cuerpo que no tenga su nombre escrito. Y yo tengo el corazón en carne viva.

Tardo más en coger esta carta. La miro desde la cama como si fuera un animal que no quiero espantar. 2025.

Querido Gian:

No es 15 de diciembre si no te escribo una carta.

Sigo en Manarola. Pero ya no me parece el mismo sitio.

Tal vez porque yo ya no soy la misma. O tal vez porque tú no estás.

Este año me he acordado de tu nonna . Mucho.

No sé por qué. O sí lo sé, pero me da miedo decirlo.

Siempre fue mi nonna también. Y sé que la echas de menos.

Sé que la sigues buscando en los domingos, en los mejores platos de pasta , en las manos de las señoras mayores que caminan despacio .

Lo sé porque yo también. Ojalá pudiera devolvértela.

Ojalá pudiera devolverte muchas cosas. Pero lo único que puedo hacer hoy es esto.

Escribirte. Desearte un feliz cumpleaños.

Y recordarte algunas cosas que espero que no hayas cambiado: eres más fuerte de lo que piensas.

Más noble de lo que admites . Más generoso de lo que permites que se vea.

Y que hay alguien, en algún rincón del mundo (vale, en Manarola), que sigue pensando que el planeta tiene más sentido con personas como tú dentro.

No sé si estás solo . No sé si estás enamorado.

No sé si has dejado de pensar en mí. Pero si alguna vez te encuentras perdido, si alguna vez no sabes qué camino coger…

, elige siempre el que te haga feliz. Aunque no sea hacia mí.

Hoy cumples veintiocho. Y aunque no lo celebre contigo , aunque no lo sepas, aunque esta carta probablemente siga escondida en algún cajón de mi piso en Corniglia (porque sí , vivo aquí), sigo creyendo que fuiste lo mejor que me pasó.

Mando otro beso más a Londres. Sé que sigues allí. Tu madre, cuando no se da cuenta, me habla de ti.

Con cariño,

Gia

Me quedo sentado en la cama. Carta en la mano. Silencio en el pecho . Ahora solo queda una carta más. La de este año . La que escribió para mí hace unos días, fingiendo que no sabía que la veía. Y no sé si estoy listo para leerla.