Querida Srta. Santa Clausura 45. Gia
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45. Gia

Gia

Querida Srta. Santa Clausura:

Le escribo porque siento que mi relación necesita un lacito final, y nadie mejor que usted para ponerlo. No es que no la quiera, pero ya es como un polvorón en agosto: está ahí, ocupa espacio y no hay manera de tragárselo sin agua.

Así que le pido que clausure oficialmente esta relación antes de que la Befana se lleve también mi dignidad.

Atentamente,

Un clausurado voluntario

No he pegado ojo.

Literalmente. Nada. Cero. Niente. Null .

Me he pasado la noche entera en bucle: mirando el techo, abrazada a Turrón con una mano y a Suchard con la otra, como si fueran los únicos que todavía me quieren.

Y quizá lo sean. No me han juzgado , no me han gritado, no se han alejado de mí con esa mirada rota que se clava como un puñal en el estómago.

Solo han estado ahí. Respiran do fuerte, roncando y soltando babas en mi almohada.

Y yo…, bueno. Yo he estado en mi cabeza.

Ese lugar tan acogedor últimamente , lleno de frases que no dije a tiempo y decisiones estúpidas tomadas con la brillante lógica de «ya lo hablaré cuando sea el momento». Y el momento nunca lo es . Nunca llega.

Esto es una mierda. No sé qué esperaba . ¿Que se lo tomara bien? ¿Que me dijera: «Vaya, qué plot twist tan emocionante, cariño, muchas gracias por esta revelación impactante, ¿desayunamos mañana chocolate caliente?».

Hoy es su cumpleaños. ¿Le he regalado algo?

Sí, aunque no sé ni siquiera si lo habrá abierto.

¿Le he escrito una carta? Por supuesto .

Igual que hice como una estúpida estos últimos años el día de su cumpleaños.

Y se las he dado todas . Pero… ¿y el beso?

No. Y siempre era lo más especial. ¿Me voy a quedar aquí, bajo las sábanas, oliendo a perro y a culpa? Pues sí, de momento sí .

Me arde el pecho. Tengo esa sensación de que he perdido algo que ni siquiera me ha dado tiempo a disfrutar del todo. Como si la his toria acabara justo cuando estaba empezando a confiar. A creer que esto podía ser real. Que él era real. Que nosotros…

Uf. Stop.

No puedo seguir por ahí. Odio a la gente que se compadece de sí misma, y no quiero ser esa persona .

Respiro hondo. Turrón se mueve y me da con una pata en la cara.

No lo culpo. Yo también me abofetearía si pudiera.

Estoy hecha un desastre. No he sabido cómo gestionar esto.

No lo supe entonces, y sin duda no lo sé ahora.

Me levanto de la cama y me arrastro hasta la cocina a por café.

Mientras la cafetera hace su ruidito, yo miro el móvil.

Pantalla en blanco. Sin notificaciones (salvo una de Lele, que me dice que me quiere a las cinco en Monterosso para la cena de clausura que tenemos programada para hoy). Sin un «buenos días». Sin nada.

Es su cumpleaños y no le he dicho ni «felicidades». Dejo el móvil. Lo vuelvo a coger. Lo lanzo al sofá. Turrón me mira como si dijera: «¿Eres tonta o qué te pasa?». El corazón me va a mil. Me sudan las manos. ¿Le escribo? ¿No le escribo? ¿Y si no me contesta?

A la mierda . No puedo quedarme callada.

No hoy. No cuando me muero por hablar con él.

Por arreglarlo. Por abrazarlo. Por decirle que quiero hacerlo bien.

Que estoy dispuesta a ser valiente ahora, aunque sea tarde.

Abro WhatsApp. Pulso en su nombre . Miro la conversación.

Veo el «en línea» desaparecer y volver como una tortura china. Respiro. Tecleo.

Sé que esto llega en el peor momento,

y que probablemente no tengas ganas

de hablar conmigo. Pero es tu cumpleaños,

y… no quiero perder esto. No quiero

perderte de nuevo

Quiero hablar contigo. Cuando te sientas

preparado para hacerlo, me avisas. Yo voy a

estar aquí. Esperando. Sin presionar. Sin

exigencias. Solo… queriéndote bien

Porque te quiero, Gian. Espero que lo sepas

Feliz cumpleaños

Lo releo. Mil veces. Cada vez más insegura.

¿ Es demasiado? ¿Demasiado poco? ¿Debería haber añadido una foto nuestra?

¿ Una canción de Taylor Swift? ¿Una navideña?

No lo pienso más. Lo envío, y al instante me siento como si acabara de desnudarme en mitad de la calle.

Vuelvo al sofá. Me dejo caer como un saco de errores sentimentales.

Turrón salta encima de mí. Suchard me lame la cara.

Yo me dejo hacer. Pasan cinco minutos. Diez.

Veinte. Y entonces me llega la notificación. Un solo mensaje.

Vale. Y gracias

Me quedo helada. Me quedo flotando. Me quedo en pausa. Porque no es mucho. De hecho, es casi nada. Pero es algo. Y, cuando una está en ruinas, un « vale» puede ser el primer ladrillo para volver a construir. O simplemente otra forma educada de mantener la distancia.

Me abrazo a mis perros y, por primera vez en horas, respiro. Con cuidado. Como si cualquier esperanza pudiera romperse si inspiro demasiado fuerte.

Estoy sentada en una terraza de Monterosso al Mare, con vistas al mar, una copa de vino blanco en la mano y una croqueta de ansiedad en el estómago.

Todo el casco antiguo parece salido de un catálogo de viajes de ensueño.

Las fachadas están desgastadas de forma artística, los farolillos emiten una luz cálida, y hay ese aroma a sal, limones y mariscos que debería relajarme… , pero no.

Monterosso tiene ese encanto viejo de los pueblos que se aferran a su belleza sin tener que gritarla.

Las callejuelas estrechas, las contra ventanas verdes desportilladas, la ropa tendida entre balcones.

Y luego está la playa, justo al final de la calle, con las olas rompiendo suavemente como si el Mediterráneo supiera que hoy no es día de gritar.

Pero nada me tranquiliza. Porque, aunque todo es precioso, yo estoy en guerra conmigo misma.

—¿Estás mirando al mar como si esperases ver una señal divina o estás teniendo un episodio de disociación silenciosa? —pregunta Lele, que cruza las piernas como si fuera una espía rusa infiltrada en una boda italiana.

—No lo sé. Tal vez ambas.

—Ah. Genial. Yo también suelo entrar en trance hipnótico cuando me mandan un « vale». Es una respuesta muy estable emocionalmente. Transmite mucha esperanza. Te juro que, si algún día me caso, quiero que en los votos diga eso: «Vale. Te acepto. Vale».

—Para mí significa más de lo que parece, ¿vale?

—¿Vale? ¡¿Otra vez?! ¡La palabra maldita!

—exclama, haciendo el gesto de una cruz con los cubiertos—.

Ya está, esto se está convirtiendo en una secta pasivo-agresiva.

Mira, yo te quiero mucho, pero, si ese mensaje fuera un plato, sería una tostada sin mantequilla.

Un espagueti sin sal. Un calzoncillo sin elástico.

No puedo evitar sonreír. Lele siempre hace eso. Siempre llega con su humor y arranca el peso del pecho a base de sarcasmo. Me ayuda. Aunque me vuelva loca.

—Solo… necesitaba saber que no me odia. Que hay un mínimo espacio para hablar. Ya está —suspiro—. ¿Sabes qué es lo peor? Que e s su cumpleaños. Y yo estoy aquí, contigo, tomando burrata con pesto, como si nada.

—¡Eh! ¿Cómo que « como si nada»? Estás conmigo, que soy la mejor compañía posible.

Y encima estamos en un restaurante que huele a gloria bendita, rodeadas de luces colgantes, al lado de una mesa de canadienses que se están declarando su amor a gritos y una camarera que claramente odia su vida.

Esto es cine. ¡Y acabamos de clausurar otra relación con éxito! Anímate, anda.

—Es que… Tenía que haberle dicho la verdad antes. Haber confiado más en él. En lo que somos.

Lele se inclina hacia mí y me clava la mirada. Tiene esa habilidad inquietante de ponerse seria justo cuando necesito que alguien me diga lo que no quiero escuchar.

—Gia. Mira. Eres una dramática de manual, pero no una persona horrible.

Cometiste un error, sí. Pero ¿sabes qué?

A veces no decimos las cosas porque nos da miedo perder lo poco bueno que tenemos.

Y ahora lo importante no es castigarte. Lo importante es qué haces con esto.

Si decides quedarte en modo mártir llorando a la orilla del mar o si te subes las bragas emocionales y luchas por lo que quieres.

—¿Subirme las bragas emocionales?

—Literal o figurado, como prefieras. Pero vamos a ver: ¿lo quieres?

—Claro que sí.

—¿Y crees que él te quiere?

—Sí… Bueno…, eso creo. Ojalá. No sé.

—Pues ahí lo tienes. No es tan complicado. Es una conversación difícil, no el fin del mundo.

Sonrío un poco mientras acerco la mano para apretar la suya.

—Gracias.

—De nada. Estoy para lo que haga falta: darte consejos, hacerte reír y pedir un tiramisú mientras tú decides si vas a escribirle otra vez o no.

—¿ Crees que debería hacerlo?

—Creo que deberías esperarte un poco. Que el «vale» respire.

Y luego, cuando lo veas, lo mires a los ojos, sin esconderte, y le digas: «Mira, lo hice mal.

Y tú también, ¿eh?, que no eres un santo.

Pero ahora… quiero hacerlo bien contigo».

Y, si no le tiembla el labio, sabrás que todavía hay esperanza.

Lele agarra su copa y la levanta.

—Así que brindemos, amore .

—¿Por qué?

—Por los errores. Porque a veces son la única forma de llegar al lugar correcto.