Querida Srta. Santa Clausura 44. El Espíritu de la Navidad
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44. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

Ah…, las segundas oportunidades.

Ese cóctel explosivo entre «ojalá esta vez sí» y «¿estoy siendo ri­dícu­la?

» cuya respuesta es «sí» . Pero también (y esto lo digo con una ceja levantada y una copa de prosecco en la mano) probablemente vale la pena.

Porque las segundas oportunidades no se presentan con bengalas ni banda sonora de fondo.

No. Llegan tímidas, despeinadas, medio tambaleándose como un reno con jet lag.

Y exigen mucho más que nostalgia y un par de gifs de perritos con gorrito de Santa.

Exigen mirar al otro de frente. Con todas sus metidas de pata, sus silencios cobardes, sus errores con nombre y apellidos.

Y decidir si esta vez vale más lo que podría ser que lo que ya fue.

¿Complicado? Como montar un mueble sueco sin instrucciones y con tres copas de champán encima.

¿Doloroso? A veces. ¿ Sexy? Bueno, depende de cómo te pongas a hablar de vulnerabilidad.

A mí me da un no sé qué que qué sé yo. Porque, claro, sostener la decepción sin lanzársela al otro como una bola de nieve con hielo dentro…

no es precisamente lo que uno sueña cuando piensa en las fiestas.

Ni tampoco aceptar que el amor no siempre llega en una caja nueva con papel brillante.

A veces viene con cicatrices. Con historias.

Con heridas que ya no sangran, pero todavía escuecen si te las tocan sin cuidado.

Pero, ¡ay, la Navidad! Ese fenómeno descarado y romántico que insiste en darle otra oportunidad a lo que parece roto.

Que agarra los restos de un «ya fue» y los pega con paciencia, con ternura, con ese amor valiente que no necesita instrucciones porque ya se equivocó antes.

Y mientras tú estás ahí, haciéndote la dura y comiéndote el turrón como si no te importara, ella (la Navidad, no el turrón) te susurra que la confianza vale más que cualquier principio con fuegos artificiales.

Porque sin confianza… lo único que queda bajo el árbol es papel arrugado y la amarga sensación de que «esto ya lo viví».

Y ahora viene lo jugoso. Lo incómodo. Lo real.

La verdad.

Sí, esa palabra que nadie quiere sacar a relucir entre brindis y villancicos porque puede estropearlo todo. Pero sin ella, queridos míos, el amor no es más que un muñeco de nieve en pleno agosto. Se derrite. Y deja un charco que no hay alfombra que oculte.

¿Y sabéis qué es lo más irónico de todo?

A veces hace falta una mentirijilla ( una tonta, una de esas que no duelen, pero que pican) para recordarnos lo mucho que importa la verdad.

O un ex borracho que aparece en la cena de cumpleaños con más verdades que filtros.

O una torpeza monumental justo después del postre (gracias, destino) que te hace recordar que perder el equilibrio no siempre es el final. A veces es el primer paso para flotar.

Porque cuando alguien vuelve, cuando, en lugar de irse sin mirar atrás, se detiene y dice: «¿Podemos hablar?

», y tú, en lugar de lan zarle una estrella de papel al entrecejo, dices simplemente: «Hoy no»…

, ese «hoy no» no es un portazo. Es una pausa.

Una grieta por donde puede colarse algo nuevo.

Una rendija para reconstruir sobre lo aprendido, con más verdad, más valor, y ese tipo de amor que ya no se esconde ni huye.

Y, si eso no es un milagro navideño…, entonces que baje Dios, se quite los zapatos, se sirva panetone y me diga en la cara que me he pasado de cursi. Y que me equivoco.

Pero ya os digo yo que eso no va a pasar.

No necesito pruebas, queridos míos.

La Navidad y yo lo sabemos de sobra.