Querida Srta. Santa Clausura 43. Gian
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43. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura:

¿O debería decir mejor… querida Gia?

Solo quiero saber el porqué.

Gian

(Extracto de un correo nunca enviado).

¿Sabes ese instante exacto en el que todo se congela?

No hablo de frío literal. Hablo de ese clic interno.

El momento exacto en el que todo se detiene, como cuando conduces de noche, a toda velocidad, y de repente un ciervo se cruza en mitad de la carretera.

No hay tiempo para pensar. Solo tienes medio segundo para decidir si frenas, giras o te estrellas.

Pues eso siento ahora, solo que el ciervo es el exnovio borracho de la mujer con la que creía estar empezando, de nuevo, algo real. Y yo no voy conduciendo. A mí me han atropellado.

Me dejo caer en el primer bordillo que veo.

No muy lejos de ella. Pero lo suficiente.

Su voz se ha quedado clavada detrás de mi oreja.

Y sus ojos empañados. Y ese gesto que hizo con la mano cuando dijo «sí, soy yo».

No la escucho venir a buscarme y no sé si eso me alivia o me destroza un poco más.

Solo sé que tenía que salir de ahí. Respirar algo que no oliera a salitre, a azúcar, a ella y… a mentira.

La «famosa Señorita Santa Clausura».

Me lo repito en bucle como si decirlo una y otra vez pudiera hacerlo menos absurdo.

Menos doloroso. Porque es ella. La mujer que me escribía con esos ojos que parecían entenderlo todo.

La que escuchaba mis historias como si fueran importantes.

La que , a pesar de todo, ha sido la valiente.

La que ha vuelto a arriesgar el corazón con alguien que ya se lo rompió una vez.

La que, al parecer, lleva años organizando cenas de ruptura para otros, triunfando en lo suyo.

Y maldita sea, me explotaría el pecho de orgullo si no me sintiera tan…

engañado. Y confuso. Porque yo también le he abierto mi corazón.

Cinco años tarde, pero lo he hecho. Y ahora siento como si alguien lo estuviera apretando entre sus manos con saña.

Empiezo a reírme . Es una risa corta. Hueca.

Porque, si no me río , grito. O doy la vuelta y subo a buscarla.

A preguntarle cómo pudo no decirme nada.

Cómo se sentaba frente a mí sabiendo todo lo que yo ha­ bía hablado de ella, con ella, sin saber que era ella.

Las luces de Vernazza parpadean como si también quisieran disimular que todo esto es una jodida tragedia.

El suelo empedrado parece tambalearse bajo mis pies.

Me duele algo en el pecho. No de forma poética.

Literalmente. Me duele, como si las palabras que no dije se hubieran clavado por dentro.

No sé cuántos minutos pasan hasta que vuelvo a oír su voz , pero sé que han sido los suficientes como para que ella haya intentado recomponerse.

—Gian. Por favor…

Su voz me atraviesa, pero no me giro para mirarla.

No puedo. Estoy demasiado lleno de algo que no sé si es rabia, tristeza o una decepción tan pura que me agujerea por dentro.

De repente, escucho sus pasos. Se coloca a mi lado, con su respiración agitada y el abrigo mal cerrado.

Y me mira… con esa mirada. Grande. Vulnerable.

Culposa. Una mirada tan bonita que quisiera odiarla .

Pero no puedo. Y eso me jode todavía más.

—Déjame explicártelo.

—¿Qué parte? ¿La parte en la que decidiste no decirme quién eres? ¿O la parte en la que me leías fingiendo que no hablaba de ti?

Se le rompe algo en la cara. Literalmente. Se le cae la expresión . Como si alguien le hubiera vaciado el aire.

Bienvenida al club, Señorita Santa Clausura.

—No lo hice con mala intención .

Y ahí está. La frase. La reina de todas las excusas.

—Ah, claro. Siempre empiezan así las mejores mentiras, ¿no ? «No fue con mala intención». «Iba a contártelo». «No encontré el momento»…

Ella traga saliva. Parece temblar. Como si le temblara el alma. Y no sé si quiero abrazarla o gritarle. No sé si estoy más cerca de perdonarla o de salir corriendo.

—Gian…

—¿Sabes lo importante que fue para mí escribir ese primer correo? ¿Abrirme de esa forma? ¿Pedir esa cena? Pedirte esa cena sin saber que eras tú .

Su boca se abre. La cierra. Intenta decir algo. Pero no hay nada que decir.

—Yo hablaba contigo como si fueras…, no sé, mi terapeuta. Como si fueras alguien que podía ayudarme a entender todo lo que no entendía. Como si fueras alguien neutral. Seguro. Ajeno. Y tú… Tú ya lo sabías. Tú ya sabías quién era yo.

Gia aprieta los labios. Mira al suelo. Sus botas cowboy tocan una hoja seca, y la hoja cruje.

Y ese sonido, mínimo , absurdo, me parece más ruidoso que todo lo que no me está diciendo.

Y yo debería callarme. Debería girarme y marcharme como hacen los adultos funcionales y emocionalmente responsables.

Pero no. Yo no soy eso. Yo soy un idiota enamorado . Así que me quedo.

—¿Por qué no me lo dijiste ? —Mi voz se quiebra un poco, pero lo disfrazo de rabia—. Desde el principio. Desde el minuto uno. Desde aquel primer puto correo que me contestaste como si fueras una jodida elfa del Polo Norte.

Ella alza la vista. Y está herida. Lo veo. Le duele. Pero a mí también .

—No es tan sencillo, Gian.

—Ah, pues yo lo veo sencillísimo, Gianna.

Ella parpadea, y su gesto cambia.

—¡Nada de Gianna! —explota de pronto—. ¡Te fuiste!

¡Tú te fuiste! ¡Y yo rehíce mi vida! Rehíce mi jodida vida, como pude .

Sin ti. Y entonces, un día cualquiera, sin previo aviso , recibo una carta en el correo profesional de mi empresa .

¡Una carta tuya! Contándome nuestra historia.

¡La nuestra! ¿Cómo se supone que tenía que reaccionar? ¡Ponte en mi lugar, Gian !

—¿Cómo crees que me he sentido yo? —la interrumpo, alzando la voz por primera vez—.

¿Tú crees que fue fácil para mí escribir esa carta?

¿Recordarlo todo? ¿Volver a abrir esa puerta?

¿Pedir una cena de clausura sin saber que la persona que estaba al otro lado eras tú?

¡Pedir una maldita cena de clausura para hacer las cosas bien contigo, cuando obviamente no quería clausurar una mierda!

—¡Pero no abriste solo esa puerta! ¡También abriste la mía sin permiso !

¡Y no puedes ser así de egoísta! ¡No solo te dolía a ti!

—suel ta ella, desesperada—. Y sé que yo no he hecho las cosas bien.

¡Lo sé ! Tendría que habértelo dicho, y quería hacerlo, pero…

Tú también podrías…, no sé. Haberme escrito antes, habérmelo dicho cara a cara, haber …

—¿Cara a cara? ¡Gia! ¡Por el amor de Dios!

—Doy un paso hacia ella—. Podrías haberme contestado al primer correo algo como «Hola, Gian.

Sé que estarás confundido, pero soy yo. Soy Gia».

¡Así! ¡Con esas palabras! ¡No era tan difícil!

Pero decidiste callártelo. Decidiste… seguirme el juego.

¡Decidiste mentirme ! ¿En serio pensaste que empezar con una mentira era mejor ?

¿De verdad creíste que el silencio era una solución?

—¡Esa misma pregunta podría hacértela yo a ti! ¿De verdad creíste que el silencio era una solución, Giancarlo? ¡No puedes ser tan hipócrita!

Me río. Esa risa amarga, torcida, que no tiene nada de divertida.

—¡Por Dios, Gia, eres terapeuta! ¡Tú más que nadie deberías saber lo importante que es la sinceridad! Tú. No yo. ¡Tú!

Ella se queda muy quieta . Durante un segundo pienso que va a gritar otra vez . Pero no. Inspira despacio. Como si estuviera contando hasta diez . Como si estuviese evitando decir algo que sabe que nos va a doler a los dos. Y, cuando habla, su voz ya no tiembla. Y eso, de alguna forma, es peor.

—Sí. Soy terapeuta. Y precisamente por eso sé que la sinceridad también necesita seguridad, Gian.

Y tiempo. Y confianza . Tres cosas que tú rompiste cuando desapareciste de mi vida sin una sola explicación.

Y no puedes aparecer de repente , reabrir una historia que dejas te hecha pedazos y luego exigirme que sea completamente transparente desde el primer minuto —niega con la cabeza—.

Eso no es sinceridad. Eso es querer controlar el ritmo de la conversación.

Aprieta los labios, conteniéndose.

—¿Sabes qué hace la gente cuando alguien que la abandonó vuelve a su vida de golpe? —La pregunta queda suspendida entre nosotros—. Se protege.

Su voz ya no es rabia. Es algo peor. Es cansancio.

—Yo necesitaba saber quién eras ahora . Necesitaba saber si seguías siendo el mismo chico que se fue sin mirar atrás…

o si el hombre que me escribía esas cartas era alguien en quien podía confiar otra vez.

Así que sí. Tendría que habértelo dicho antes.

Y te he pedido perdón por eso. Pero lo que no voy a aceptar es que vengas ahora a darme lecciones de sinceridad.

Por un segundo, casi cedo. Casi me acerco .

Le toco la cara. Le digo que no importa.

Que ya está. Porque, en el fondo, sé que tiene razón en muchas cosas.

Sé que no puedo aparecer y exigir respuestas perfectas.

Sé que el miedo también pesa. Pero que algo sea verdad no lo hace menos doloroso.

No borra la sensación de haber estado hablando con ella durante semanas sin saber que era ella.

No borra la rabia. Ni el vértigo que siento ahora mismo en el pecho.

Y lo peor es que, si me quedo aquí un minuto más, voy a ceder.

Voy a perdonarla. Voy a tocarla . Voy a olvidar por qué estaba enfadado. Y todavía no estoy listo para eso.

—Necesito irme —digo.

Empiezo a caminar de nuevo. Dejo atrás sus ojos llenos de lágrimas.

Sus labios apretados. Su silencio. Camino un par de calles.

No pienso. Solo ando. Y entonces me paro en seco.

Porque Gia no puede volver sola a casa. Estamos en Vernazza .

Es tarde. Hace frío. No hay nadie por la calle .

El último tren a Corniglia pasó hace media hora.

Y no pienso dejar que la mujer a la que amo vuelva sola. No con los ojos así.

Doy la vuelta y, cuando la alcanzo, veo que está sentada en el mismo bordillo en el que yo estaba hace unos minutos .

Tiene las rodillas recogidas contra el pecho, se abraza como si sus brazos pudieran protegerla del mundo, de sí misma o de mí.

Cuando me ve, no dice nada. Ni siquiera se limpia las lágrimas. Solo se pone en pie .

—Vamos. Te llevo a casa.

El camino de vuelta al coche es un desfile silencioso de farolas amarillas, gatos callejeros y nudos en la garganta. Ella camina a mi lado , medio paso por detrás, como si supiera que ya no estamos exactamente en el mismo sitio. Y yo me debato entre querer abrazarla y querer no sentir nada.

Llegamos al coche, se mete en el asiento del copiloto sin decir nada y yo cierro mi puerta, enciendo el motor y arranco.

Vernazza desapa rece por el retrovisor. También las luces.

También la versión de esta no che de nosotros.

Y el silencio dentro del coche es tenso, ocupa el espacio como si fuera un tercero en discordia.

Gia sigue llorando en silencio . Solo son lágrimas que bajan despacio por sus mejillas mientras mira por la ventanilla como si fuera estuviera ocurriendo una vida paralela.

Y yo la odio un poco por eso . Porque sé con una certeza desgarradora que si me tocara el brazo con esos dedos frágiles que conozco de memoria , si me mirara con esos ojos enormes y me pidiera que me quedara…

, lo haría. Lo haría sin pensarlo. Pero no pienso volver a saltar al vacío sin saber dónde está el suelo antes. Así que no digo nada. Y ella tampoco.

El trayecto hasta Corniglia se me hace eterno . Cuando aparco, salimos sin hablarnos. La acompaño hasta su puerta y, mientras se endereza, me fijo en sus manos enredadas entre sí como si necesitaran sostenerse.

—¿Entras y lo hablamos ? —pregunta, clavándome los ojos.

Yo quiero decir que sí. Que claro. Que hablemos. Que no quiero dormir con esta sensación de haber perdido algo que aún no era mío, pero casi. Pero me muerdo la lengua. Me obligo a quedarme quieto. A pensar en lo que necesito yo. En lo que necesito procesar.

—Hoy no, Gia.

Asiente muy despacio, como si ya lo supiera. Se da la vuelta, entra en casa y yo regreso al coche con el corazón hecho polvo.

Es entonces cuando veo una bolsa de papel marrón olvidada en el asiento del copiloto.

No muy grande. Y no necesito mirar dentro para saber que es su regalo ; que me ha dejado algo pensado con tiempo.

Con cariño . Con dolor, incluso. Lo que sí alcanzo a ver, sin querer, es que dentro hay seis sobres blancos.

Seis cartas . Todas iguales. Todas con mi nombre.

Cinco esperando ser leídas desde hace años. Una nueva para este.

Y solo falta una cosa.

El beso.