42. Gia #3
El corazón me late en la garganta como un tambor de guerra.
Y hay silencio. Pero no de paz. Uno denso .
Pesado. Lleno de cosas no dichas. Gian me mira.
Yo lo miro. Y siento que estoy en una cuerda floja a diez metros del suelo.
Sin red. Sin red y sin alas. Miro a Gian como si le estuviera entregando mi corazón entre las manos.
Él me mira. Ya no hay confusión. Ahora hay algo más profundo.
Algo que duele . Sus ojos ya no brillan como antes. Ahora arden. Pero no con deseo.
—¿Es verdad? —pregunta, bajito, en apenas un susurro.
Y no sé si es por su tono, o por la mirada que me lanza, una mezcla de incredulidad y algo que se parece demasiado a la decepción , pero no me sale la voz.
Nada. Solo asiento. Una vez. Un milímetro.
Y es suficiente. Lo ve. Y entonces da un paso atrás.
Pequeño pero devastador. Como si necesitara espacio.
Como si el aire entre nosotros se hubiera vuelto irrespirable.
Como si yo fuera otra persona. Una desconocida.
O peor aún: alguien que nunca fue de verdad.
Y de repente … me sale todo. De golpe. Sin filtro. Sin control. Como un disparo tras otro.
—¡Odiaba el despacho! —exclamo—. ¡Lo odiaba !
Odiaba el desamor, los silencios, los «ya no te quiero igual» dichos entre culpas mal digeridas.
Y, cuando me dejó por otra, fue la excusa perfecta.
¡Perfecta! Porque dolía, claro que dolía, pero al mismo tiempo…
me dio una libertad brutal. Dolor y creatividad, ¿sabes?
Una mezcla rarísima. Y de ahí, entre insomnios y vino tinto barato… , nació Santa Clausura .
Gian me mira, pero no dice nada. Solo respira. Y eso… Eso me pone aún más nerviosa. Así que sigo . Y sigo. Y sigo.
—Es un proyecto terapéutico. Bueno, medio terapéutico y medio simbólico.
Yo doy cierre. Cierre real. Cenas . Palabras.
Cartas. ¡Discurso incluido! Cierro relaciones que ya están muertas .
Las entierro con dignidad. Y rechazo los casos que aún tienen solución.
¡No soy una rompedora profesional! ¡No arruino parejas !
Solo ayudo a quienes ya están rotos y no saben cómo decir adiós sin hacerse trizas.
Ayudo a que el adiós sea tan bonito como el principio… para que no haya rencor.
Mis manos vuelan en el aire, mi voz se acelera. Siento que estoy corriendo por dentro. Una carrera contra el reloj de su silencio.
—Y me va genial . Me va de puta madre, de hecho.
Soy famosa. Soy la leche en mi trabajo. Y no lo digo por chulear, sino porque…
Porque de verdad lo logré. Algo bueno salió de esa mierda de relación.
Y de repente… De repente recibo un correo.
Un correo tuyo. Del amor de mi vida. El que me dejó cinco años atrás.
¡Pidiendo una cena de clausura conmigo misma!
Se me quiebra la voz. Pero sigo. Me obligo.
—Fue un cortocircuito. Un choque . Un «¿esto es una broma?» mezclado con un «¿y si …?». Estaba dolida. Muchísimo. Pero también tenía curiosidad. Tenía preguntas sin cerrar. Y quise ver qué sentía. Quise saber si podía … vernos otra vez sin romperme.
Gian baja un poco la mirada, pero no da señales de acercarse. No habla. Y eso me duele.
—Mi identidad no es secreta, por cierto . No soy una superheroína enmascarada. ¡Voy en persona a las cenas! Pero no me gusta salir en fotos, no doy entrevistas, no salgo en TikTok. Me escondo, sí. Pero no miento. No era un secreto con mala intención. Solo… es que no me gusta el foco.
Me llevo una mano al pecho . Me falta aire. Pero las palabras siguen saliendo como una cascada que no sé frenar.
—Y me estoy desviando, lo sé. Perdón. El caso es que sí, yo soy la Señorita Santa Clausura.
Yo monté ese proyecto. Yo lo convertí en algo más que una huida.
En algo útil. Algo que ayudara. Que cerrara heridas sin abrir nuevas.
Pero lo hice después de que él me dejase.
No como venganza . Lo hice porque necesitaba algo que me diera sentido cuando tú ya no estabas…
Trago saliva. Los ojos me escuecen . Pero no lloro. Aún no.
—Y lo siento. Lo siento por no habértelo dicho. Por no encontrar el momento. Por haber esperado. Por…. todo.
Me sigue el silencio. Un silencio como filo. Como si las palabras hubieran sido lanzadas al vacío y se estuviesen desangrando solas.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunta Gian entonces, sin mirarme.
Pero no espera respuesta. Ya está caminando calle abajo.
—¡Gian, espera!
Pero no frena. No vuelve. Y yo… me quedo ahí. Tiritando por dentro. Con el corazón hecho trizas.
Trato de respirar. Una . Dos veces. Pero el aire no entra.
O entra mal . Como si tuviera una piedra atascada en la garganta.
Doy un paso hacia delante. Después otro.
Y entonces se me doblan las rodillas. No me caigo del todo, pero me desplomo contra una pared.
El frío del muro se me pega a la espalda y ahí me quedo.
Sentada. Tiesa . Como una estatua mal colocada.
Los ojos se me llenan de lágrimas que vienen sin aviso, y el agua salada empieza a caer por mis mejillas sin control.
Y lo peor es que no sé si lloro por Gian.
O por mí. O por todo lo que he intentado sostener con las manos temblorosas de alguien que lleva años fingiendo que no le duele. Respiro hondo. O trato de hacerlo.
Y ahí, sentada en el suelo, con las piernas recogidas, los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos , me doy cuenta de que ni siquiera me había dado cuenta de cuánto apostaba por él. Por esto. Por nosotros . Hasta ahora. Hasta que todo se ha derrumbado sin que pudiera detenerlo.