42. Gia #2
Nos levantamos y bajamos los escalones de piedra del restaurante.
Él va delante. Yo detrás. Y no porque sea caballeroso, sino porque yo he insistido.
Porque hay cosas que una mujer no debería perderse.
Y el culo de Gian en esos pantalones de traje oscuros ajustados está, objetivamente , entre las mejores vistas de la Riviera italiana.
Salimos a la calle estrecha, empedrada, flanqueada por faroles tenues.
Estoy a punto de tomarle la mano. De decirle que lo quiero .
Que no solo deseo llegar a casa, sino volverme loca en casa con él.
Que tengo una carta guardada desde hace días, un regalo escondido en el asien to del coche y un beso en la garganta que lleva pidiendo permiso desde que se puso esa maldita camisa rosa. Estoy a punto de hacer eso.
Pero entonces lo veo.
Primero, solo es una silueta tambaleante en medio del callejón. Y luego , una voz. Una voz masculina. Borracha. Esa clase de tono arrastrado que cree sonar encantador, pero que huele a cerveza caliente, a ego vencido y a decisiones mal tomadas.
—¡Bombón ! ¿Tienes fuego?
Levanto la vista y frunzo un poco el ceño.
Ante mí hay un hombre alto, con la camisa desabrochada al completo y el pelo revuelto repeinado hacia atrás .
Un hombre alto que, por desgracia, conozco a la perfección .
Tan a la perfección que mi ruptura con él fue uno de los desencadenantes de la fundación de Santa Clausura, S.r.L.
Nicola lleva un vaso de cristal con algo dorado dentro en la mano y una sonrisa torcida que me da náuseas instantáneas.
Le lanzo una mirada rápida . Automática.
De «no me interesa, quítate del medio». Y voy a esquivarlo porque no tengo ni tiempo ni ganas de lidiar con su versión borracha.
Pero entonces se detiene. Me mira bien. Frunce el ceño.
Inclina la cabeza como si necesitara enfocar.
Y, en ese instante, lo sé. Sé exactamente lo que va a pasar.
—Hostia… Espera —balbucea, dando un paso más—. ¡Gianna!
Mi cuerpo entero se tensa. Se congela . Se encoge. Me falta el aire por un segundo y el corazón me late en la garganta.
—No puede ser … —dice, y se ríe como si el universo acabara de hacerle el mejor chiste de su vida—. Gianna. Fucking. Bellini .
Gian se gira, alerta. Me mira. Luego lo mira a él. Y yo solo quiero desaparecer. Evaporarme. Derretirme en la piedra húmeda de Vernazza y que nadie me vuelva a encontrar nunca. Porque presentarle a tu ex a tu novio es una de esas cosas que deberían estar prohibidas.
—No tengo fuego —respondo, seca.
—No, no, si no quiero fuego —dice, tambaleándose un poco mientras me examina como si acabara de encontrarse una exótica especie en peligro de extinción—. Lo que quiero es mirarte un rato, porque…, joder, ¿tú has salido de una revista? ¿O del infierno directamente?
Quiero gritar .
—Joder, qué cosas. ¿Tres años, no? —sigue él, con esa voz pastosa que siempre usaba cuando intentaba sonar seductor, pero que ahora solo huele a whisky barato y arrepentimiento mal disimulado—. Estás igual. No. Mejor. Dios, estás increíble…
Me obligo a respirar. Contar hasta tres. Morderme la lengua hasta hacerme sangre si hace falta.
—Buenas noches, Nicola —digo, con la voz más plana, más neutra, más anti-sex appeal que soy capaz de producir. Tonito de consulta médica de lunes a las ocho.
—¿Y este? —pregunta, con un movimiento de cabeza tan torpe como ofensivo, señalando a Gian como si no fuera una persona, sino un objeto decorativo que le desconcierta —. ¿Tu nuevo novio? ¿Tu siguiente paciente? ¿O debería decir… víctima ?
Gian da un paso hacia mí. No dice nada. Solo me roza la espalda con la mano.
Un roce sutil , firme. Protector. Un «estoy aquí» silen cioso.
Y justo ahí es cuando Nicola lo capta de verdad.
La cercanía. La conexión . Y sonríe. Y sé que va a decir algo estúpido .
Algo venenoso. Algo que no tiene derecho a decir, pero que va a hacerlo igualmente. Así que me adelanto.
—Nicola , este es Gian, mi novio. —Me giro para mirarlo a los ojos—. Gian, este es… Nicola. Mi ex.
—Ah, tu novio —dice él, como si la palabra le hiciera cosquillas en la lengua—. Qué formal suena. ¿Estáis en la fase de los domingos llenos de sexo, o ya habéis pasado a la de mirar alquileres?
—Nicola —le advierto.
—Lo digo con cariño, ¿eh? Que me alegro. En serio. —Levanta las manos, sonriente—. Siempre fuiste de relaciones intensas. Muy… teatrales.
Gian se ríe por la nariz. Seca, breve. No dice nada , pero lo noto. Cómo se tensa. Cómo sus dedos en mi espalda ahora ya no me acarician: se apoyan. Y Nicola sigue.
—¿Y tú, Gian, te dedicas a esto también ? ¿A la dramaturgia emocional? ¿O solo has tenido la suerte de que no le dé por mandarte una carta críptica de «esta noche hablamos» y luego una cena con velitas y un discurso?
Me da un espasmo en el estómago . Como un latigazo. Como si alguien acabara de poner la canción del final antes de que la obra terminara.
Gian entrecierra los ojos.
—¿Perdón?
—Solo digo que tienes pinta de tipo serio. No pareces uno de esos a los que les gustan los fuegos artificiales, ¿no? Aunque, claro…, algo tendrás , para que ella esté así de… entregada.
Me arde la cara. Literalmente. Me hierve la sangre y me duele el cuello de la tensión que estoy acumulando para no soltarle una patada en la espinilla.
—Nicola. Ya basta.
—Vale, vale —dice, encogiéndose de hombros—. Ya paro. Qué carácter, Bellini. Siempre tan intensa. Tan de todo o nada. Me encantaba eso de ti.
Levanta la copa, que ya está vacía, y le da un sorbo teatral, como si estuviera brindando por una versión distorsionada de nosotros que solo existe en su cabeza.
—Bueno… —añade, bajando la voz como si de pronto estuviéramos solos—. Me encantaba casi tanto como ese sonidito que hacías al correrte con mi cara entre tus piernas. Ah … Eso sí que era música para mis oídos.
El mundo entero se congela. Mi estómago se pliega en dos. Mis mejillas se encienden. No de pudor. De furia. De asco . Pero, antes de que yo pueda mover un solo músculo de mi cuerpo , Gian ya ha dado un paso al frente.
—Tío —dice , con una calma tensa que da más miedo que un grito—. Ten mucho cuidado con cómo te diriges a ella . Porque sí, tengo cara de tipo serio. Y las hostias también las doy en serio.
El aire se corta. La amenaza queda flotando, densa, como una nube antes del trueno . Nicola se ríe. Una risa seca. Vacía. Como si la usara para tapar lo patético que es.
—Relájate, joder. Si luego conocí a una rubia despampanante y Gia se me olvidó enseguida. Los polvos eran una pasada, no voy a mentirte, pero es que con la rubia…
Le clavo la mirada. Me hierve la sangre. Ya no hay piel que me contenga la rabia.
—¿Sí? ¿De verdad? ¿Y dónde está ella ahora? —pregunto, envenenando cada palabra—. Porque, sinceramente, Nicola, me estás dando mucha pena. Un lunes de diciembre, borracho, vagando por las calles sin rumbo. Es demasiado bajo hasta para ti.
Y entonces su sonrisa se desvanece. No se desmorona , no. Se afila. Se transforma. Justo en ese instante, me lanza una mirada distinta. No divertida. No nostálgica. Sino afilada .
—¿Este ya sabe lo de tus cenas de cierre? ¿O todavía no sabe que está con la famosísima Señorita Santa Clausura en persona?
Algo se rompe en mi pecho, y Gian se queda inmóvil.
Me mira. Y quizá por primera vez en toda la noche no me mira con deseo .
Ni con ternura. Ni con esa chispa en los ojos que me hace sentir invencible.
Me mira como si no me reconociera del todo.
Como si acabara de ver un nombre nuevo grabado en mi frente.
—¿Qué estás diciendo?
—Nada , hombre —dice Nicola, alzando las manos con fingida inocencia—.
Solo que me hace gracia verte con ella. Fue muy profesional , ¿sabes?
Cuando montó todo ese numerito de ruptura.
Una cena de clausura. Velitas. Discurso.
Me mandó incluso una carta. Una puta carta.
Pero, claro, había que inaugurar el negocio, ¿no ?
Siento el ardor subir desde el pecho hasta las mejillas .
La piel me arde. La garganta también. Y el alma …
El alma directamente chisporrotea. Quiero gritar.
Quiero llorar. Quiero correr . Pero sobre todo quiero que Gian diga algo.
Que me mire de verdad. Que me escuche. Que no crea a este imbécil sin escucharme a mí primero.
—Gia… —empieza Gian , pero la palabra queda colgada entre nosotros.
Lo agarro de la mano para tirar de él y alejarnos de Nicola todo lo posible. Y sí, mientras lo hago le saco el dedo corazón a mi ex con toda la dignidad que soy capaz de conseguir.
—Vale. Vale. Ya está —digo de golpe, atropelladamente, adelantándome un paso como si pudiera tapar a Nicola con mi cuerpo—.
Mira, Gian, yo te lo iba a contar. Te lo juro.
Iba a hacerlo esta noche. O mañana. Porque lo sé, lo sé, es importante , y no quería que lo supieras así, no por él , no así de mal…
—hablo rápido, cada palabra se me escapa como si alguien hubiera soltado los frenos—.
Solo que no sabía cómo. Porque tú empezaste con lo del postre y el brindis, y luego me miraste así, como si el mundo fuera bonito otra vez, y estaba esperando el momento perfecto, pero, claro, el momento perfecto no existe, porque siempre pasa algo, siempre se mete alguien donde no debe y…
Respiro hondo. Gian sigue sin hablar. Me mira. Sus ojos son una mezcla de asombro, desconcierto y una punzada de… ¿dolor?
Sigo hablando.
—Y sí, este es Nicola. Mi ex. Un idiota con carnet.
Y no, no le dejé con una cena de clausura, porque en realidad fue él quien me dejó a mí.
Por otra. Por otra, Gian . Así que nada de lo que diga deberías tomarlo como verdad absoluta, porque este tío vive en un universo alternativo donde todo le sale bien y nunca se equivoca.