42. Gia
Gia
Querida Srta. Santa Clausura:
Acudo a ti porque mi relación ha llegado a niveles de surrealismo que ni Dalí en pijama.
El sujeto en cuestión colecciona bolas del árbol y les da nombre de exnovias, canta villancicos al revés para invocar al espíritu del Grinch y , en vez de besar bajo el muérdago, se dedica a regar cactus con champán.
Atentamente,
Nora M.
Mañana es el cumpleaños de Gian, pero, como mi agenda en diciembre está más apretada que los vaqueros de todo el mundo después de Navidad, hemos decidido celebrarlo hoy con una cena.
Así , de paso, mañana se despierta en mi cama, con su regalo de cumpleaños ya desempaquetado. Literal y figuradamente.
Como toda novia emocionalmente equilibrada y cero obsesiva en vísperas del cumpleaños del hombre que le gusta más que las crostatas de albaricoque (y eso es decir mucho), he dedicado las últimas tres horas a prepararme.
Tres horas enteras. Y todo para enfundarme en un vestido marrón chocolate que desafía las leyes de la física, el sentido común y…
la ropa interior . Porque no, no llevo bragas.
Y no porque fuera uno de los absurdos deseos de Gian, sino porque con este vestido tan ceñido son incompatibles.
Y han tenido… diferencias irreconciliables .
Siempre he dicho que la idea del senderismo me parece lo más.
La ropa técnica que te hace sentir como una superheroína del fitness, los selfis con gafas de sol mirando al horizonte y esa sensación (totalmente ficticia) de que estás en comunión con la naturaleza.
Pero en la práctica … lo detesto. Odio sudar.
Odio que me tiren los gemelos . Y odio la humedad en zonas donde no debería haber humedad jamás, ni siquiera en condiciones extremas.
Pero, si ahora mismo alguien me dijera que tengo que escalar una montaña entera, descalza, a pleno sol y con una mochila llena de piedras solo para volver a ver a Gian con esa camisa rosa que lleva esta noche…
, lo haría. Me tragaría cada queja. Sonreiría.
Me pondría calcetines de compresión sin protestar.
Bueno, vale, protestaría un poco. A lo mejor mucho .
Pero subiría esa montaña. Porque, madre mía, la camisa.
Y, madre mía, la espalda que hay debajo.
Y, madre mía, la cara que se me va a quedar si se la quita delante de mí sin previo aviso.
Mangas remangadas hasta los antebrazos, cuello desabrochado con ese botón que, si tuviera conciencia, sabría perfectamente que está ahí solo para torturarme , y luego todo él.
El pelo ligeramente revuelto por la brisa marina, la mandíbula afilada como para cortar focaccia y esa actitud tan sexy que me tiene al borde de la combustión espontánea.
Y lo peor de todo: lo sabe. Porque me ha pillado mirándole el pecho al menos cinco veces desde que hemos llegado al restaurante Belforte, en Vernazza.
Cinco. Que yo sepa. Aunque probablemente han sido siete .
O nueve. Puede que haya perdido la cuenta porque tengo las neuronas tan fritas como las anchoas que nos han servido de aperitivo.
—¿Estás bien? —me pregunta, ladeando la cabeza como si no supiera perfectamente que me ha cazado, de nuevo, con la mirada anclada justo entre su clavícula y el tercer botón de la camisa.
—¿Eh? Sí. No. O sea, sí. Solo estaba mirando… el mar.
—El mar está a tu izquierda.
—Tengo visión periférica. Muy desarrollada.
Gian se ríe de forma grave, íntima y casi peligrosa. El tipo de risa que me hace querer cometer actos ilegales en una ciudad que es Patrimonio de la Humanidad.
Estamos sentados en una mesa para dos, en una terraza con calefacción que parece suspendida en el aire.
La barandilla es tan baja que , si me inclino un poco, puedo ver las olas rompiendo contra las rocas, justo debajo.
El cielo está en ese tono azul profundo que anuncia el final del día, con un toque de nostalgia.
Y yo estoy en ese punto de la noche en el que o me lanzo sobre él o me lanzo a pedir postre. Ambas opciones tienen mérito.
Hemos cenado pescado fresco, bebido vino blanco de la zona y compartido una focaccia que no estaba tan buena como la de su nonna , pero que he defendido como si fuera la última focaccia del mundo.
Porque estoy enamorada . Y porque Gian ha hecho ese gesto de relamerse el pulgar tras coger un trozo, y desde entonces tengo el cerebro fundido como un queso al horno.
Y lo peor es que debería estar ya acostumbrada a él. Pero qué va. Ni un poquito.
—¿Quieres postre?
Claro que quiero postre . Quiero azúcar. Quiero chocolate. Pero sobre todo quiero su cara entre mis muslos.
Me humedezco los labios, fingiendo que estoy pensándolo. Que necesito valorar opciones, cuando en realidad la única opción viable ahora mismo sería deslizarme por debajo de la mesa y agradecerle per sonalmente la camisa rosa pastel.
—¿Hay algo con chocolate?
Pongo la voz un poco más baja de lo necesario.
No demasiado. Solo… lo justo. Como quien se arriesga a tocar una llama con la yema del dedo para ver si quema.
Y él reacciona. Oh, vaya si lo hace. Y con esa mirada suya.
Esa que empieza en mis ojos, se detiene medio segundo en mi boca , se desliza por mi escote sin disimulo, y luego desciende , lento, hasta mis piernas cruzadas bajo la mesa.
—¿Te apetece algo… dulce?
Vale. Confirmado. Estoy cien por cien segura de que no estamos hablando de comida.
—¿A ti no?
—Yo siempre quiero postre.
Entre su voz grave, el calor que sube por mi piel y ese botón desabrochado de su camisa que no ha parado de insultarme toda la noche , estoy a punto de dejarle elegir por mí, solo para verle meterse una cucharada en la boca. Y lamerla. Y repetirlo.
Una brisa marina levanta un mechón de mi pelo y él se estira para apartármelo de la cara.
El roce de sus dedos en mi mejilla es tan suave que me estremezco.
Literalmente. Se me eriza la piel desde la nuca hasta los tobillos, y él lo nota.
Claro que lo nota. Porque le cambia la expresión. De divertido a… hambriento.
—Gia…
—¿Mmm?
—Te estás poniendo roja.
—Es el vino.
—No hemos bebido nada desde hace media hora.
Me encojo de hombros, derrotada.
—Vale… Entonces es que estoy pensando en ti. Desnudo.
Él se echa a reír y da una carcajada de hombre que sabe perfectamente el efecto que produce en mí y que no tiene ninguna prisa por dejar de provocarlo.
Se inclina hacia mí, apoyando los codos en la mesa. Su boca se acerca a la mía . Mucho. Demasiado. No llega a tocarme, pero puedo oler su aliento, sentir su calor e imaginar cosas que no deberían pensarse con tanto detalle en una terraza llena de gente .
—¿Y qué estoy haciendo en tu cabeza, exactamente?
—Es un secreto.
—Mmm… —murmura, y casi, casi, roza mi boca con la suya.
Nos quedamos así. A centímetros. Suspendidos en esa línea fina que separa el «quiero besarte» del «voy a hacerlo».
La tensión entre nosotros late. Literalmente.
La siento en el pecho. En el estómago. Entre las piernas.
Es como un tambor de guerra. Y entonces, como caído del cielo o del infierno, aparece el camarero. Con la carta de postres.
—¿Algo de postre?
Gian no aparta la mirada de mí. Yo tampoco aparto la mía de él. La carta de postres podría estar ardiendo en ese momento y nadie lo notaría.
—¿Quieres elegirlo tú?
—¿Y si lo compartimos? —respondo , con las mejillas en llamas.
—Sí.
El postre llega y , honestamente, estoy preparada para muchas cosas esta noche: gestos románticos , miradas que me dejen sin respiración, la posibilidad de cometer actos censurables bajo la protección simbólica de un mantel…
Pero no estaba preparada para esto. Un tortino al cioccolato con helado de vainilla.
Clásico. Nada rompedor. Pero… Ay. Dios. Mío .
Lo sirven en un plato caliente, todavía humeante.
El centro , como mandan los dioses del cacao, está líquido.
Cuando el calor del bizcocho se encuentra con el frío del helado , una pequeña nube de vapor se eleva.
Y no sé si es el contraste de temperaturas o el hecho de que tengo las defensas ya rendidas, pero algo dentro de mí empieza a derretirse incluso antes de probarlo.
Gian coge la cuchara. Recoge la primera porción con una lentitud que no tiene absolutamente nada de inocente. Y sin decir una palabra me la ofrece.
—¿Por qué te gusta tanto darme de comer?
—Por las caras que pones.
Le sostengo la mirada, sonriendo. Abro la boca lentamente, como si esto fuera algo sagrado, y él desliza la cuchara entre mis labios con una precisión demasiado…
sexy. El sabor estalla en mi lengua: intenso, dulce, caliente.
El helado se mezcla con el chocolate y es glorioso.
Pero no es el postre lo que me deja sin palabras.
Es él. Es la forma en que me está mirando mientras lo saboreo.
—¿Cómo está ?
—Bueno.
—¿Solo bueno?
—Buenísimo.
—¿Más que yo?
—Por supuesto —contesto , fingiendo total indiferencia mientras deseo arrancarle la camisa con los dientes.
—Mentirosa…
Nos echamos a reír los dos, y durante unos segundos el mundo se hace pequeño. Cómplice. Seguro. Como si la vida no tuviera forma de entrar a estropear esto. Como si nada malo pudiera tocarme mientras él me mira así.
Terminamos el postre entre cucharadas y risas. Cada vez más cerca. Cada vez más sueltos. Cada vez más peligrosamente al borde. Cuando el camarero aparece con la cuenta , Gian intenta pagar, con ese ges to masculino y tradicional tan suyo. Pero no le dejo. Le planto la mano sobre la suya.
—Hoy invito yo. Es tu cena de cumpleaños . No empieces a pelearte conmigo por el romanticismo.
—Lo mío no es romanticismo, cariño. Es puro ego.
—Ah, bueno. Entonces sí. Paga tú —bromeo.
Pero pago yo. Porque quiero. Porque puedo. Porque soy una mujer independiente que quiere llevarse a la cama a su renovado novio esta noche con la conciencia tranquila.