Querida Srta. Santa Clausura 41. El Espíritu de la Navidad
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41. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

Seamos sinceros, criaturillas de mi corazón: los cumpleaños están sobrevalorados. Sí, sí, ya sé que hay tarta , velas, gente que canta mal y fotos bonitas rodeado de tus personas favoritas, pero en el fondo… son trampas. Trampas emocionales envueltas en papel brillante y chantaje afectivo.

Ahora, ojo , que no todo es drama: los cumpleaños pueden ser gloriosos . Pero solo ( SOLO ) si la persona adecuada los celebra contigo . Ya sabéis quién. Esa que te regala lo que no se compra. Atención. Amor. Permanencia.

¿Y qué pasa cuando te falta eso?

Pues pasa Gian.

Pasa Londres.

Y pasan unos cumpleaños tan deprimentes que deberían venir con su propio paraguas emocional incorporado.

Porque, claro, cuando nuestro chico decidió exiliarse voluntaria mente al Reino del Té Aguado (léase: «Voy a hacerme el maduro y rom per antes de que me rompan a mí »), todo era emoción, avena y frases como «Quiero reinventarme».

Y sí, se reinventó. En un hombre guapo, brillante, exitoso…

y absolutamente imbécil en todo lo que de verdad importaba.

Cuando llegó su primer cumpleaños lejos, se puso una camisa blanca , se echó colonia cara y se dijo frente al espejo : «No pasa nada si este año no llega la carta ».

Y spoiler: pasó. Pasó muchísimo. Porque, aunque lo intentara con todas sus fuerzas, él no era el dueño de su corazón. Ya hacía muchísimo tiempo que no.

Gian no lo sabía, pero yo sí: llevaba diecisiete años recibiendo lo mismo cada 15 de diciembre.

Un jersey tejido a medias por su nonna y por unas manos pequeñas con uñas pintadas de rojo.

Una carta escrita con boli de purpurina y corazones en las esquinas.

Y un beso. Que empezó siendo en la mejilla, pero en los últimos años… , ya sabéis .

Así que sí. Gian esperó. No de forma consciente, claro .

Él no fue al buzón con cara de cachorro abandonado , no.

Fue más sutil. Fue moderno. Abrió el correo.

Revisó WhatsApp con la delicadeza de quien se toca una herida para ver si todavía duele.

Entró en Instagram «por casualidad ». Publicó una foto de su tarta miserable (comprada en Tesco , textura de zapato mojado), esperando, tal vez, que ella reaccionara .

Que le pusiera un corazoncito. Un comentario. Algo. Pero no . Nada.

Todo el mundo le llamó. O le escribió. Pero ella no. Y no queréis saber cómo dolió.

Porque, claro , Gian sabía que se lo merecía.

La había dejado como un cobarde: una maleta, un vuelo y ni una explicación decente.

Había huido antes de que pudiera preguntarle por qué .

Y, aun así —porque el ser humano es idiota cuando ama—, había guardado un rincón minúsculo, ridículo, casi microscópico de esperanza.

La esperanza de que ella fuera mejor que él .

De que le escribiera igual. Aunque fuera para odiarlo. Pero que le escribiera.

—¡Feliz cumpleaños, tesoro! —le había dicho Agnese esa mañana desde su cocina, probablemente rodeada de raviolis—. Espero que hagas algo especial hoy, aunque estés en esa ciudad donde la pasta sabe a castigo divino.

—Gracias, nonna … —respondió él, tragándose un nudo del tamaño de una lasaña—. Esta noche saldré. Será una buena noche.

—Seguro que sí. ¿Cómo estás?

Gian no le contó la verdad, pero sí se pasó más de media hora al teléfono hablándole de Londres . Agnese, muy digna, intentó no criticar cada cosa que decía , pero la mujer, aunque lo tratara de disimular con todas sus fuerzas, también estaba resentida con su forma de irse .

—¿Por qué no me haces la pregunta que llevas queriendo hacer desde que has descolgado el teléfono? —le preguntó ella , con la voz de quien ya lo sabe todo, antes de que la llamada terminara.

Él no dijo nada. Pero Agnese respondió igual.

—¡Serás cabezón! —bufó—. Gia está bien. Mejor que tú, seguro.

Y sí, todavía viene a verme cada tarde. Me ayuda con las plantas, me esconde las pastillas porque dice que me da por tomarme de más y eso me hace hablar mucho.

¡Como si eso fuera malo ! Y me cuenta cosas bonitas. Cosas que tú ya no sabes, claro.

Él cerró los ojos.

—Y no —añadió, como si le leyera el pensamiento—. No va a escribirte. Ni a llamarte. Está haciendo algo que me dijo que se llamaba… ¿Cómo era? Ah, sí: «contacto cero». Una especie de meditación, o castigo carmelita, no sé. Pero parece que le va bien.

Eso fue un ¡zasca! monumental nivel abuela. Un zasca con amor, eso sí. Pero zasca, al fin y al cabo.

—Entonces… ¿ya no me quiere? —preguntó él, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta.

Al otro lado del teléfono, la nonna suspiró. Y después de unos segundos, con ese silencio que solo las abuelas saben llenar de magia, dijo:

—Ay, Gian. Uno no deja de querer así como así. El amor no se guarda en un cajón y se olvida, como los calcetines desparejados. El amor… a veces se esconde. Se asusta. Pero, cuando es de verdad, siempre encuentra el camino de vuelta.

Gian tragó saliva.

—Y tú, tesoro mío —continuó ella, más bajito—, deja de esperar milagros con los brazos cruzados.

Si quieres que vuelva, ve tú a buscarlo.

Haz tú el camino. Que no todo se soluciona con una camiseta planchada y una sonrisa de anuncio.

A veces hay que decir lo que nunca se ha dicho. Aunque dé miedo. Aunque duela.

Hubo una pausa dramática. Gian no sabía qué hacer con todo eso que ella le había dicho.

—Gracias, nonna —susurró él, con la voz áspera de quien tiene el corazón apretado.

—¿Gracias por qué?

—Por seguir creyendo en mí.

Ella soltó una risita.

—No seas tonto. No creo en ti, tesoro. Creo en GiGi. Que es mu­cho mejor.

Y, con eso, colgó. Así, sin más. Como si no acabara de salvarle el alma con un teléfono fijo y una taza de una bebida probablemente dulce.

Esa noche, después de pasar todo el día esperando algo que sabía que no iba a llegar, Gian fue a una fiesta en Shoreditch con una copa de gin-tonic en la mano y una sonrisa que olía a mentira y a colonia cara.

Flirteó con una chica con botas cowboy (todos sabemos por qué), bailó, se rio y fingió.

Y cuando volvió a casa, borracho y solo, hizo lo que todos hacemos cuando la fachada se cae a pedazos: buscó la caja.

Sí. La caja. La que escondía en el armario. La que llevaba diecisiete años acumulando cartas, papelitos doblados y pruebas de que alguien, alguna vez, lo había querido como era.

Gian se tumbó en la cama y las leyó todas. Desde la primera, escrita con caligrafía infantil y dibujitos de corazones con gorro de cumpleaños, hasta la última, donde un «te quiero» cerraba el párrafo con una flechita apuntando a una estrella.

Y se rio. Y lloró un poco. Y así, uno detrás de otro, pasaron los cumpleaños. Cada año con un poco menos de esperanza. Cada diciembre más lleno de «no pasa nada» y menos de «tal vez este año sí».

Porque, queridos míos, los cumpleaños sin Gia eran como champán sin burbujas. O como Londres sin paraguas: sabes que va a llover. Te mojas igual. Y acabas maldiciendo el momento exacto en que pensaste que podrías vivir sin un poco de sol manarolés.

Y ese beso que no llegó…

Esa carta que no fue escrita (o sí, pero no enviada)…

Ese «f eliz cumpleaños, cariño» que no sonó…

Eso, queridos míos, no lo curan ni la distancia, ni el tiempo, ni el gin-tonic más caro de toda Inglaterra.

Y mirad que lo intentó, ¿eh? Pero hay cosas que no se celebran sin la persona adecuada. Y Gian lo supo esa noche, con una tarta incomible, una camisa arrugada y el corazón hecho pedacitos dentro de una caja.