Querida Srta. Santa Clausura 40. Gian
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40. Gian

Gian

Querida Srta. Santa Clausura:

¿Debería preocuparme?

Dame señales de vida o llamaré a los carabinieri . Y no es broma. A lo mejor a algún ex resentido se le ha ido la pinza y ha ido a por ti . No me juzgues, tengo una novia dramática y la cosa se pega. (¡Sí, he dicho novia!).

Abrazo virtual,

Gian

En realidad, no hay absolutamente nada productivo en ver a una mujer buscar su ropa interior como si toda su vida dependiera de encontrarla.

Pero aquí estoy. Reclinado en la cama, apoyado en un codo, observándola como si estuviera estudiando una obra de arte…

o también un incendio. Difícil decir la diferencia cuando estás viendo a Gia caminar semidesnuda por su habitación, con una calma que bordea casi lo indecente.

Lleva puesta mi camiseta. Y, aunque sea un cliché, me encanta. Le queda enorme. Y perfecta. Le cae justo a medio muslo, cubriendo lo justo, dejando ver lo necesario. Y sí, «necesario» es una palabra muy subjetiva en este contexto.

—¿Seguro que no la has escondido?

—¿Tus bragas?

—Mis bragas favoritas.

—Qué concepto tan relativo. Ayer tus favoritas eran las verdes. Ahora mismo son las que no llevas puestas. Curioso.

Se gira con una ceja arqueada y una mirada que combina incredulidad, amenaza y deseo con una precisión quirúrgica.

—Eres un idiota.

—Y tú estás preciosa hasta cabreada —murmuro, y no miento. Me la comería viva. Cabreada, riéndose, llorando, dormida. Siempre.

—¿Sabes qué? Al final sí voy a escribirte la carta.

—¿Ah, sí?

—Sí. Y va a empezar con «Querido imbécil, devuélveme mi ropa interior, que he quedado con mi madre a comer».

—Y va a acabar con «No pienso devolverte la camiseta», ¿verdad?

Cuando llega hasta el borde de la cama, me mira como si tuviera una lista mental de cosas que no debería hacer.

Y yo rezo en silen cio para que no siga ninguna.

Pero entonces sonríe. Se muerde el labio, como si estuviera saboreando algo que aún no ha probado del todo, y, por un instante, por un solo y jodido segundo, tengo que recordarme que esto es real.

Que no estoy soñando. Que no es un recuerdo atrapado en el mes más cruel del calendario.

Que Gia está aquí. Conmigo. Y no hay ninguna fecha de caducidad a la vista.

—O me las das o le explicas tú a mi madre qué has estado haciendo para que llegue tarde. Estoy segura de que a una mujer que todavía está resentida contigo le parecerá fascinante que no me dejes salir de la cama.

—Hum. Me arriesgaré. Ya va siendo hora de enfrentarme a la ira de Arabella Bellini. Aunque me da que su furia se manifestará con un abrazo largo y un pequeño y simbólico pellizco en las costillas.

—Gian…

—Gia…

—Las bragas. Ya.

—Es que estás tan preciosa con el culo al aire… Si me dejaras, te haría una foto y la enmarcaría.

Ella alza una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde la pondrías?

—En todas las habitaciones de mi casa. Así, mire donde mire, ahí estarás tú, con esa expresión de «te odio un poquito, pero no tanto como para dejar de acostarme contigo».

—Ya. Pues a mi madre no le haría gracia entrar en tu casa y encontrarse un retrato artístico del culo de su hija. Ya sabes que es una puñetera monja en todo lo que respecta a mi modestia.

— No vas a ceder, ¿eh?

—Necesito las bragas, Gian. No puedo salir así. Ni contigo mirándome como si fueras a escribirle una oda a mi culo.

—Técnicamente, ni siquiera son las que vas a ponerte. Podrías regalármelas. Un souvenir. Un recuerdo íntimo.

Ella entrecierra los ojos.

—No me jodas que ahora eres de esos pervertidos que compran ropa interior usada por internet para… olerla. Porque eso ya no es sexy, eso… da yuyu.

Me muerdo el labio inferior, sin poder evitar la sonrisa.

—¿Y si lo fuera qué?

—¡Gian! —Me lanza una mirada mitad escándalo, mitad carcajada contenida, y me dan ganas de volver a meterla en la cama solo para verla perder otra vez el hilo de lo que estaba diciendo.

—Vale, vale. —Levanto las manos, rendido—. Están en la lámpara.

Ella frunce el ceño. Luego levanta la mirada… y sí. Ahí están. Col gando de la bombilla como si fueran parte de una decoración navideña atrevida que el mismísimo Espíritu de la Navidad habría aprobado.

Gia chasquea la lengua. Luego agarra una almohada y me la lanza directo al pecho.

Impacto directo. Y, antes de que pueda devolvérsela, se pone de puntillas, salta, y atrapa la prenda del crimen.

La camiseta sube. El muslo se tensa. Y mis pensamientos se hunden por debajo del nivel de lo legalmente permisible a estas horas de la mañana.

—¡Voy a ducharme! —anuncia, alejándose por el pasillo, sin molestarse en cubrirse, como si no supiera exactamente lo que eso me provoca. Gira apenas el rostro y añade—: Y no. No estás invitado.

Me lleva dos segundos recuperar la voz.

—¿Y si me cuelo de todas formas?

—Entonces tú le explicas a mi madre por qué ha tenido que esperar a su hija media hora más mientras te dedicabas a… interrumpirle la higiene personal.

— Gia, por si no ha quedado claro, tu madre no me asusta.

—¡Pues a mi padre!

—Vale, eso ya es más serio —me río.

—Dales de comer a Turrón y Suchard —murmura, resignada, mientras la escucho cerrar la puerta del baño—. ¡Llevan una hora esperan do el desayuno, y, si los haces esperar más, voy a dejar que te muer dan lo s tobillos hasta el día de Año Nuevo!

Un segundo después, el sonido del agua golpeando los azulejos inunda el apartamento como una promesa. La ducha empieza a correr y, con ella, mi imaginación. Estoy a punto de moverme (aunque no con demasiadas ganas) cuando su voz se eleva por encima del rugido cálido del agua:

—¡Gian!

—Dime —respondo desde el pasillo, con media sonrisa ya instalada en la cara.

—Llevo días queriendo contarte una cosa…

Se queda callada. No sé si por pudor o porque sabe exactamente el efecto que tiene en mí esa pausa cargada de intención.

Camino hacia la cocina, donde los dos gremlins peludos de cuatro patas me miran como si hubieran estado a punto de llamar a Protección Animal.

Me agacho para acariciar a Turrón mientras lleno los cuencos, y no puedo evitar sonreír.

La conozco. Sé que está esperando el momento exacto para soltarlo.

Porque sí, Gia no dice cosas importantes en voz baja.

Las lanza como fuegos artificiales: cuando puede ver cómo iluminan el cielo.

—¿Y por qué no lo has hecho? —pregunto, mientras los perros devoran su comida como si no los hubieran alimentado desde hace años.

—Porque eres un depravado sexual que se toma cualquier cosa, ¡literalmente cualquier cosa!, como una invitación a mi cama —responde entre exasperada y divertida.

Me echo a reír. Porque, en fin, tiene razón. Y, además, ¿qué clase de monstruo sería si no aprovechara cada oportunidad para hacerle el amor como si fuera el último día de vida en la Tierra?

—La cena de mañana sigue en pie, ¿no? —añade, más bajo esta vez. Casi como si no quisiera sonar ilusionada. Casi.

—Claro que sí. Ya he reservado.

—¿Dónde?

—Sorpresa.

—¿Me tengo que vestir elegante o sexy?

— Ambas —respondo, apoyándome contra la encimera, con los brazos cruzados y la mente ya en martes. Ya en ella. En su vestido. En sus piernas cruzadas bajo la mesa y en la mirada que me lanza cuando sabe que me está provocando—. Pero si solo puedes elegir una…

—¿Sí?

—Sin bragas, por favor.

Silencio. Un segundo. Dos. Y entonces, su carcajada. Musical. Escandalosa. Esa que le arranca todo el aire de los pulmones y convierte mi pecho en una casa donde siempre quiero quedarme a vivir.

—Estás fatal —dice entre risas, y creo que en el fondo le gusta. Que no haya filtro. Que no me contenga. Que la desee así, sin pudor, como si fuera incapaz de no hacerlo.

—Y tú estás… mojada —respondo sin pensar, sin medir, sin frenos.

Silencio de nuevo. Pero esta vez es otro tipo de silencio. Más cargado. Más denso. Más…

—Gian… —Su voz ha cambiado. Ya no se ríe. Ahora suena a advertencia. O a rendición. O a ambas cosas.

—¿Sí?

—Me temo que vas a tener que escribirte tú la carta de cumpleaños.

—¿ Por qué?

—Porque no voy a poder sostener ni un puñetero bolígrafo después de lo que voy a dejar que me hagas.

Se le escapa una risa baja. Burlona. Peligrosamente segura de sí misma. Aprieto la mandíbula.

—Te encanta hacer esto —murmuro.

—¿Hacer qué?

—Provocarme y luego fingir que no sabes exactamente lo que estás haciendo.

Su silencio sonríe. Lo noto incluso sin verla. El agua sigue cayendo al otro lado de la puerta, pero ya no es el sonido lo que me quema por dentro. Es su promesa. Es su voz. Es ella.

Y ahí lo sé.

Este año mi cumpleaños va a ser inolvidable. Y no por el regalo. Ni por la cena. Sino porque esa mujer, esa que entró en mi vida como un incendio y lo volvió todo hogar, ha decidido que va a temblar en­ tre mis manos. Y que no necesitará escribir nada para que yo lo re cuerde para siempre.