39. Gia
Gia
Querida Srta. Santa Clausura:
Navidad está a la vuelta de la esquina, con sus luces y sus trineos, y yo tengo más cuernos que los renos de Babbo Natale en desfile.
Solicito una cena de clausura para brindar y decirle (incluso con cornamenta) que le perdono sin rencores, pero que su regalo de la Befana será irse a freír turrones muy muy lejos.
Atentamente,
Aurelia
—¿Ya has escrito mi carta de cumpleaños?
Su voz me llega desde la almohada de al lado, ronca, pegajosa de sueño, con ese borde suave que solo aparece cuando se despierta con la cara aún medio enterrada en las sábanas…
y en mí. Lleva esa media sonrisa que es su superpoder: la que aparece cuando sabe que me ha leído el pensamiento antes de que yo lo haya tenido del todo claro.
Cosa que, sinceramente, debería ser ilegal.
O al menos anticonstitucional. Porque estar enamorada de alguien tan condenadamente intuitivo tiene que violar algún tipo de ley de protección mental.
—No.
—¿No? —bufa, y sé que su ceja se arquea aunque no lo vea. Conozco su tono. Él me conoce el alma y yo le conozco la cara cuando cree tener razón—. Sabes que es mi regalo favorito desde siempre, ¿verdad?
—Lo sé. Por eso. Tengo años de cosas que contarte. Y no sé si quiero regalártelas así… tan fácil.
Él suspira. Pero no es uno de esos suspiros resignados, no.
Es uno de esos que hacen que tiemble la cama.
Que mueven las sábanas como si fueran mar.
Que anuncian peligro y deseo con la misma cadencia.
Luego se gira y me busca con el cuerpo, como si le costara estar lejos de mi piel, aunque sea solo un centímetro.
Apoya la mejilla en mi hombro desnudo y pregunta:
—¿Así tan fácil?
Se ríe, y esa risa baja que siempre llega desde algún lugar entre su pecho y mis piernas. Esa frecuencia concreta que ha aprendido a usar con precisión quirúrgica.
—Exacto. Tú tardaste cinco años en volver. Yo tengo derecho a hacerme la difícil durante al menos el mismo tiempo.
—¿Cinco años? —gime dramáticamente—. ¡ Eso es muchísimo!
—¿Ah, sí? ¿No me digas? ¡Vaya! ¡No lo sabía!
—¿Y no puedo intentar reducir ese tiempo?
Ahí me doy la vuelta. Error de novata. O jugada maestra, depende de cómo se mida el valor de arriesgarse cuando una está a medio centímetro del hombre que te conoce tan bien que podría desmontarte con un suspiro.
Y, por desgracia, ni siquiera hay un suspiro entre nosotros.
Solo una sábana. Y las mil decisiones que todavía no hemos tenido el valor de tomar en voz alta.
Las mismas que ahora nos abri gan. Las mismas que arden.
La habitación huele a vainilla, a sexo reciente y a un chocolate caliente que alguien (yo) dejó a medias anoche en la mesita, justo antes de dejar de resistirse. Lo huelo y me odio un poco por ser tan predecible. Y lo deseo un poco más por ser tan malditamente él.
Lo miro. Él me mira. Nos leemos como si no hubieran pasado los años, pero al mismo tiempo como si hubiesen pasado todos encima de mi pecho.
Hoy sus ojos no están ni tristes ni eufóricos.
Están enfocados. Como si alguien hubiera ajustado el zoom y se hubiese dicho: «Vamos a ver qué hay exactamente aquí, dentro de ella».
Y yo no sé sobrevivir a esa mirada. Nunca he sabido.
Lo mío no es resistir. Lo mío es caer. Con las rodillas, con el corazón, con la piel entera.
—Sí, claro que puedes.
—¿Y si lo hago…? —Su voz es un murmullo, pero su dedo no.
Ese dedo que empieza en mi clavícula y baja, lento, con una dirección perfectamente elegida, hacia el epicentro del caos que me habita.
El nudo de mariposas que me había prometido que esta vez no iba a despertar—.
¿Me escribirás la carta para este cumpleaños?
—No lo sé. Quizá… necesito la excusa perfecta.
—¿Como cuál?
—Como que me beses, por ejemplo.
Lo suelto con la calma impostada de quien pregunta por las instrucciones del árbol de Navidad: como si no tuviera una lista mental perfectamente detallada de consecuencias, ramificaciones y zonas inflamables.
Como si no supiera que un beso suyo puede ser el equivalente emocional de enchufar las luces mal enrolladas mientras pisas agua.
Gian, sorprendentemente, se queda quieto. Ni un parpadeo. Ni un amague. Solo esa mirada intensa, clavada en mí, como si acabara de lanzar una ecuación para resolver y estuviera esperando el resultado en mi cuerpo.
—Gia.
—¿Sí? —respondo, y mi «sí» sale menos como una respuesta y más como una rendición susurrada.
— Tú vete pensando qué quieres contarme en la carta —dice, y se incorpora con esa elasticidad lenta que tienen los hombres peligrosos cuando saben exactamente lo que están haciendo—, que yo voy a enseñarte a escribir otro tipo de cosas…
Contengo el aliento un único segundo, pero acabo soltando una carcajada que me vibra en la garganta. No puedo evitarlo.
—¡ No puedo creer que hayas dicho eso!
—¡Eh! —protesta, con la voz ofendida pero los ojos encantados—. Así no hay manera de ser romántico. ¡Me saboteas el momento!
—No es sabotaje —digo, riendo otra vez—. Es defensa personal.
Y, antes de poder decir otra cosa, ya lo tengo encima, intentando hacerme reír a base de cosquillas. La buena noticia: no tengo. Soy inmune. Una estatua. Un roble. Un bloque de mármol sexy. La mala noticia: él lo sabe, y no le importa en absoluto.
Se inclina sobre mí, su torso caliente contra el mío, esa sonrisa suya ya peligrosamente cerca.
— Pareces un perrito ansioso por desenterrar un hueso —murmuro, entre jadeo y burla.
—Ah, cariño… Créeme —susurra, bajando peligrosamente la cabeza hacia mi cuello—, lo voy a encontrar. Todavía me acuerdo del sitio exacto entre el cuello y la clavícula donde sí tienes cosquillas.
Su aliento choca contra mi piel, y mierda.
Ahí está. La descarga. Ese instante en el que mi cuerpo recuerda cosas que mi cerebro fingía haber olvidado.
Ese lugar entre el cuello y la clavícula donde, sí, tengo cosquillas.
Pero no de las que te hacen reír. De las que te hacen cerrar los ojos, abrir las piernas y perder el apellido.
—Vale… Me rindo —bufo.
— No, preciosa. Me rindo yo.
Y lo dice tan bajito, tan cerca, tan carnal que el aire se pone denso de repente.
Se acerca como si besarme fuera un ritual sagrado.
Como si la prisa fuera un pecado. Su mano se desliza por mi cintura hasta encontrar esa curva que solo él sabe leer con devoción, me acerca con una presión tan mínima como intencionada, y de pronto mi cuerpo entero recuerda que, en efecto, haga lo que haga, siempre pertenecerá al suyo.
No se lo piensa más. Me besa. Sus labios tocan los míos con ganas, y yo…
Yo no respondo. Porque mi cuerpo ya lo ha hecho por mí.
Mi espalda se curva hacia él, mis dedos se enredan por instinto en su nuca, y el beso se vuelve algo más.
Algo caliente. Algo inevitable. Algo que no admite marcha atrás.
Y entonces ocurre eso que pasa solo cuando es él.
Cuando es Gian. Todo lo demás desaparece.
Su lengua roza la mía en una invitación lenta, y la lentitud se vuelve su arma.
Porque no hay nada más peligroso que un hombre que sabe saborearte.
Que no tiene prisa. Que entiende que un beso puede ser una declaración de intenciones si se toma el tiempo justo.
Y, justo cuando creo que voy a explotar, se aparta apenas.
Milímetros. Lo justo para dejarme flotando.
—Gian…
—¿Sí, cariño?
—Mmm… N ada. Solo… era…
—¿Un gemido? —interrumpe, y pone esa maldita sonrisa entre torcida y divertida que adoro—. Lo sé, preciosa. Es mi forma favorita de escuchar mi nombre en tu boca.
Se separa un poco más, pero no lo suficiente. Solo lo justo para mirarme desde arriba con esa expresión que mezcla ternura feroz y lujuria contenida. Como si me tuviera ya medio abierta y aun así quisiera esperar un poco más. Provocar. Probar. Jugar.
—Tranquila —susurra, y su pulgar roza mi labio inferior con una suavidad que debería estar penada por ley—. Estoy decidido a que empieces mi carta de cumpleaños con algo tipo «Querido Gian, ni se te ocurra volver a irte. Tu lengua entre mis piernas me hace sentir de maravilla…».
Me guiña un ojo, como si no supiera exactamente lo que está haciendo. Y lo peor es que sabe que sí. Que, como siempre, va a conseguir lo que quiere.
Porque lo que quiere… soy yo.
Y qué afortunada soy.