33. El Espíritu de la Navidad
El Espíritu de la Navidad
Olía a canela , a mandarinas recién peladas y a ese vino caliente que ningún niño debería probar jamás (pero que a mí, por ser espíritu y tener inmunidad diplomática sobrenatural, me venía de maravilla para entrar en calor).
Y, desde que fueron al encendido del belén un par de noches antes, la nonna Agnese no paraba de insistir en que Gia fuera a pasar la tarde a su casa.
Ese día, la niña llevaba un vestidito verde de cuento, de esos que parecen decir: «Soy la ternura en persona, pero también te puedo ganar en una pelea de bolas de nieve si me lo propongo».
Y los calcetines…, ay, los calcetines. Rebeldes.
Obstinados . Con vocación de escapistas.
Se le deslizaban pierna abajo como si tuvieran el objetivo de lograr que acabara descalza en pleno diciembre.
Gian, por su parte, había entrado en modo panadero sexy.
Afir mó, muy seguro de sí mismo, que sabía amasar un panetone.
Spoiler: no le creyó ni el gato del vecino.
Pero su nivel de convicción fue tan alto que acabó convenciendo al resto de dejarlo intentarlo.
Y ahí lo teníais, entre harina voladora y cucharas agitadas como si fueran espadas medievales.
Cuando la batalla terminó, parecía una versión adolescente del fantasma Casper, pero con orejas manchadas de masa.
Monísimo, eso sí. Muy de calendario de Adviento.
En medio de la mesa de la cocina reposaba el Ceppo di Natale.
Ese tronco sagrado que la nonna hacía traer cada diciembre con más solemnidad que un papa entrando en la Capilla Sixtina.
Estaba todavía desnudo (el tronco, no Gian, aunque ya llegaremos a eso).
Sin lazos. Sin ramas. Sin magia todavía.
Pero estaba a punto de convertirse en el centro de todo.
En ese tipo de ritual navideño que nunca sale perfecto (porque siempre hay alguien que se quema el dedo con la vela o se come los adornos de mazapán antes de tiempo), pero que funciona igual, porque lo que importa no es el lazo recto, sino el corazón torcido de emoción.
La nonna Agnese los miraba desde la mecedora, con esa mezcla de sabiduría ancestral y ternura que solo las abuelas italianas dominan.
Sabía que no importa si el lazo se tuerce o si las ramitas de pino parecen pelos de unicornio electrocutado.
Lo que bendecía ese ceppo no eran los adornos, sino las risas a su alrededor, las manitas manchadas que lo tocaban y ese murmullo infantil que sonaba como una canción que los años jamás se atreven a olvidar.
—Tira fuerte o se suelta —dijo Gian, con la cara concentrada y las cejas fruncidas como si estuviera desactivando una bomba y no atando una cinta.
—¡ Ay, que me aplastas los dedos! —protestó Gia, aunque se le es capó una risa bajita. Porque en el fondo, muy en el fondo (o no tanto), le gustaba eso de compartir el nudo con él.
—Si quieres que dure, hay que hacerlo bien.
—Pues hazlo tú, señor cinta profesional.
—No, los dos juntos. Mira, te enseño.
Y fue ahí cuando sus manos — las de ella, pequeñas y un pelín torpes; las de él, decididas pero con cero sentido del espacio personal— se enredaron en una coreografía navideña que parecía sacada de una comedia romántica muy mal coreografiada y deliciosamente adorable.
La cinta, por cierto, tenía más actitud que una adolescente con un móvil nuevo.
Se resistía. Se retorcía. Y juraría que una vez incluso bufó.
Pero, entre tirones, suspiros y una cantidad nada disimulada de risitas nerviosas, consiguieron un lazo que no ganaría ningún concurso de decoración, pero quedaría primero en la categoría de «cosas hechas con amor y un poquito de torpeza compartida».
Y ahí lo supe. Bueno, la nonna también. Pero yo lo supe prime ro (ventajas de ser un espíritu omnipresente con ojo clínico para el romance precoz).
Lo supimos en el roce de dedos, en el «aparta, que estás demasiado cerca» que en realidad quería decir «no te vayas muy lejos», en ese «¡sssh, no digas nada o la nonna pensará que somos un desastre!
» que ya empezaba a sonar a idioma privado.
Uno de esos que no necesitan traducción porque se entienden con una mirada torcida, un codazo cómplice o una carcajada contenida a medias.
Y, justo cuando el ceppo quedó vestido (bueno, «vestido» es una forma optimista de decir «cubierto con adornos puestos al tuntún, pero con cariño »), llegó el momento estrella: el ritual del deseo.
La nonna Agnese, que llevaba más Navidades encima que bolas tenía el árbol, dejó a un lado su labor de bordado y carraspeó como quien está a punto de leer una sentencia importante.
—Recordad, bambini —dijo, alzando un dedo cubierto de anillos que tintineaban como campanillas—, nada de pedir tonterías.
Ni coches de juguete ni vestidos de lentejuelas.
Esos deseos son para Babbo Natale. Aquí se piden cosas que llenan el alma .
Cosas que hagan que el corazón se agrande. Que el tiempo no pueda borrar.
El silencio que siguió fue casi solemne. Casi. Porque a Gian ya le temblaban las cejas de contener la risa. No porque no entendiera la seriedad del momento, sino porque su cara no sabía estar seria mucho rato. Pero, aun así, los dos captaron el mensaje . Y entonces empezó el ritual.
Os voy a confesar algo (pero, sssh, que esto no lo sabe ni el duende que se cuela en las listas de regalos): tengo licencia oficial, vitalicia y mágica para espiar deseos.
Así es. Los más íntimos. Los que no se dicen en voz alta .
Los que se lanzan al aire como papelitos invisibles, flotando despacito entre las luces y el olor a galletas, esperando a que el universo tenga un huequito libre en su agenda (justo entre «aurora boreal» y «milagro inesperado») para concederlos .
Gian fue el primero. Cerró los ojos con cara de concentración máxima, sujetando el ceppo como si estuviera en medio de una batalla épica contra la falta de espíritu navideño .
Nadie supo lo que pidió. Nadie…, excepto yo.
Pero no lo voy a contar todavía. ¿Qué clase de narrador sería si os estropeara la sorpresa antes de tiempo?
Os lo digo: uno malísimo. Y yo tengo reputación que mantener. Incluso llevo gorro brillante.
Luego fue Gia. Con sus calcetines oficialmente derrotados por la ley de la gravedad y el vestido verde convertido en campo de batalla del pandoro.
Cerró los ojos con tanta fuerza que casi se le frunció el alma.
Juntó las manitas, apretó los labios y pidió algo .
Algo tan puro, tan honesto, tan desarmante…
que incluso yo , que me trago deseos como turrones en enero, tuve que hacerme el digno y fingir que se me había metido un copo de nieve en el ojo.
Cuando terminaron, Gian la miró con ese brillo en los ojos que solo los niños y los personajes principales de comedias románticas saben sostener sin parecer intensos. Y susurró, muy serio:
—Si lo dices en voz alta, no se cumple.
—No lo voy a decir, tonto.
—Yo tampoco, tonta.
Y rieron. Y esa risa… Esa risa no fue una risa cualquiera.
Fue limpia . Chispeante. Una de esas que suenan como campanillas en medio de un invierno silencioso.
De las que no se olvidan aunque pasen los años y aunque cambien los calendarios.
De esas que se te quedan pegadas en algún lugar entre el esternón y el recuerdo.
La nonna , que entendía de silencios tanto como de sopas calientes, aplaudió despacito. Con esas manos arrugadas pero suaves que parecían hechas para dar consuelo incluso cuando no hacía falta. Y, con una voz que no necesitaba micrófono para ser solemne, dijo:
—¡El ceppo está bendecido! Que dure todo el año, bambini .
Lo dijo como quien lanza un hechizo. Y puede que no tuviera varita , pero sí tenía poder. Porque hay palabras que no flotan en el aire. Se clavan en la memoria. Y ahí hacen sus propios milagros.
Esa fue la primera Navidad de GiGi. La primera que pasaron juntos.
Un ceppo decorado con más ilusión que criterio estético, y dos niños conspirando contra el universo como si fueran espías secretos con misión navideña , riéndose bajito, como si acabaran de descubrir un tesoro enterrado debajo del mantel de la nonna .
Y yo, el Espíritu de la Navidad, tomando nota mental (y emocional) en mi libreta invisible de «momentos que hay que volver a contar cuando llegue el plot twist romántico».
Porque, veréis, los deseos de los niños no desaparecen.
No se pierden. No se diluyen con el paso del tiempo como si fueran copos en la lengua.
Se quedan. Se esconden. Maduran bajo la superficie como semillas dormidas bajo la nieve, esperando el momento justo para brotar.
El momento perfecto. Ese que llega cuando ya casi has dejado de creer.
Y si son deseos en diciembre… Bueno, digamos que me per tenecen a mí, y yo guardo esas palabras pequeñas como quien guar da cartas en un cajón secreto.
Con la certeza de que algún día , ese día, volverán a abrirse y tendrán sentido.
Y sus deseos, queridos míos, eran deseos de película navideña con presupuesto de Hollywood. No eran fuegos artificiales ni unicornios sobre arcoíris . Eran más humildes. Más honestos. Más reales. Y por eso tenían tanta fuerza.
Gian, con esa seriedad suya de niño que juega a ser adulto, había deseado pasar más tiempo en casa de la nonna . Que en realidad era una forma un poco encubierta de pedir más tiempo con Gia .
Y Gia, con sus calcetines caídos y el corazón hecho promesa, deseó que Gian nunca dejara de ser su amigo .
¿Y sabéis qué fue lo mejor?
Que el tiempo, con todas sus vueltas raras y sus trucos, puede hacer lo que quiera: separarlos, enredarlos, hacer que se equivoquen, que duden , que se alejen sin querer. Pero hay algo que no sabe hacer, y es deshacer un deseo verdadero.
Y menos uno pedido en diciembre.