32. Gian #2
—Oye… A ver, una cosa —empieza, sin respirar apenas—.
Porque… está muy bien todo esto, pero yo…
, o sea, ¿te vas a quedar en Manarola solo unos meses?
¿O piensas quedarte más tiempo? ¿O esto es una especie de Gian Navidad Experience 2026 , edición limitada?
Necesito saberlo, ¿vale? Porque tengo un corazón y un sistema inmunológico que ya no toleran relaciones con fecha de caducidad.
Y tú estás aquí como si nunca te hubieras ido, y yo estoy así —gesticula con las manos como si imitara una gelatina con ansiedad—, y tú estás así —me señala como si acabara de prender fuego a un hospital—, y…
Y si tú te vas otra vez, Gian … Yo esta vez no sé si voy a poder. No sé qué haré. Yo…
Me acerco y le cojo las manos. Están frías. Temblorosas. Y no sé si soy yo o ella, pero tiemblo también.
—Gia.
—¿Qué?
—Para empezar, no debí irme nunca. O sí, pero no sin ti.
Se queda quieta. Muy quieta. Como si se le hubiera apagado el sistema operativo de golpe. Respira mal. Demasiado poco. Demasiado rápido. Como si no supiera si quedarse o salir corriendo .
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que me equivoqué. Que Londres fue un parche. Una excusa. Que lo intenté, sí, pero que no funcionó. Porque mi casa… no estaba allí. Estaba aquí.
—¿En Manarola?
—No, cariño. En ti.
Y entonces sí . Se rompe. No en llanto. No en palabras.
Se rompe en ese gesto mínimo que solo los que la conocemos somos capaces de apreciar.
En la forma en que se lanza a mí sin pensarlo, sin respirar, como si se acabara el tiempo, y me abraza.
Me abraza tan fuerte que casi me tumba. Me entierra la cara en el cuello, y su cuerpo entero se pega al mío como si no quisiera que ni una sola molécula de oxígeno se nos colara entre medias.
Me agarra como si yo fuera el único lugar del mundo donde quisiera estar. Y ojalá.
—Gian…
—Ya lo sé, cariño. Lo sé.
—Es que … Maldita sea, qué bonito. Así desarmas a cualquiera.
—Ahora ya sabes lo que se siente —susurro, sonriendo contra su pelo .
Sus brazos siguen aferrados a mi cuello, como si no quisiera soltarme por nada, pero noto cómo empieza a inquietarse .
No en plan «Me quiero ir», sino en plan «Me vas a besar otra vez y se me va a olvidar hablar hasta febrero».
Y entonces se incorpora apenas. Se queda encima de mí.
Con las rodillas a cada lado de mis piernas.
El calor de su cuerpo sobre el mío, la respiración compartida. El caos perfecto, si me preguntan a mí.
—Vale, un momento. Porque esto es importante, y yo necesito oírtelo decir alto y claro. ¿Te quedas… te quedas? ¿No te vas a ir otra vez?
— Gia…
—No, no, nada de Gia —me corta, agitando las manos como si intentara detener una avalancha—.
Porque luego me haces esas cosas con la voz y las manos y la boca, y se me cae el sistema operativo.
Y yo necesito saberlo antes de que sigas, porque te conozco, y en cuanto me beses otra vez voy a perder el juicio, y luego será tarde y acabaré montando una relación como quien monta un mueble sin instrucciones.
Y yo ya no estoy para eso, Gian, no estoy para otra historia bonita que se disuelve.
Porque te juro que, si me haces eso otra vez…
, te entierro en el belén. Y no en plan figurita. En plan homicidio.
La estoy mirando con la boca medio abierta. Es preciosa. Está enfadada, está nerviosa, está hecha un lío. Y aun así… no se me ha bajado de encima. Tiene las mejillas encendidas, el pelo hecho un desastre, y en su voz hay una gota de miedo que me atraviesa como una herida abierta.
—¿Te quedas? —insiste, sin apartarse—. ¿O te irás otra vez cuando todo se complique? Porque se va a complicar. ¡ Las relaciones son así! Complicadas…
La cojo de la cintura, apoyo la frente contra la suya, cierro los ojos solo un segundo y le digo lo único que merece la pena decir:
—Me quedo. Para siempre, si me dejas.
La intensidad con la que me mira no es de película navideña.
No es de esas escenas con nieve perfecta y música de piano melancólica.
No. Es de las que preceden a un terremoto.
A una confesión. A un incendio. Porque hay emoción, vértigo y algo más.
Algo que se le es capa por la respiración, por la piel, por la forma en que se muerde el labio inferior como si no quisiera sentir tanto, pero no pudiera ev itarlo.
—¿Y si te doy una segunda oportunidad…? Una de verdad. Una que no solo implique sexo y lo que sea que estemos haciendo ahora… ¿Vas a saber qué hacer con ella?
—Sí. Pero si no también me dejo enseñar. Por ti. Por quien haga falta.
La paso una mano lenta por la espalda, bajo la camiseta de pijama.
Su piel está tan caliente que casi me quema.
Y la atraigo más. Ahora estamos cuerpo contra cuerpo.
Pecho con pecho. Boca con boca. Todo en ella me roza.
Me llama. Me derriba. Sus pupilas están dilatadas.
Su respiración es errática. Y la mía también.
Porque sé que esta pregunta no es pequeña.
Que su «¿ te quedas?» no habla solo de coordenadas geográficas.
—Gia —le digo, con voz ronca, con todo lo que soy metido en una sola frase—, si tú me dejas quedarme, te juro que no me pienso ir a ninguna parte. Ni con una orden judicial. Ni con una grúa. Ni aunque me lo pida el mismísimo papa, maldita sea.
Y ahí ya no hay más palabras. Ella se lanza, yo la recibo y el mundo se apaga.
Nos besamos como si acabáramos de firmar el contrato más importante de nuestra vida.
Lento, al principio. Urgente, después. Nos agarramos como si estuviéramos intentando memorizar el cuerpo del otro con las manos, con la boca, con los huesos.
Mi mano sube bajo su camiseta. Su piel está ardiendo.
La recorro con los dedos como si buscara un mapa que ya me sé de memoria.
Ella gime muy bajito, apenas un sonido, pero me atraviesa.
Me arranca el control. Me hace querer todo y más, y mucho más.
Su cadera se mueve contra la mía. Despacio.
Inconsciente. Letal. Y entonces, con la boca aún pegada a la mía, susurra:
—Esto… Esto no parece muy navideño.
Me río, con el corazón en llamas.
—Sí lo es —le digo, rozándole los labios con los míos—. Esto es totalmente navideño, cariño. Esto eres tú siendo el milagro que pedí. El regalo que pido cada año.
Ella cierra los ojos, y se le escapa el aire como si acabara de saltar al vacío.
Y entonces me besa otra vez. Pero ya no con duda, sino con la decisión de quien se lanza sabiendo que puede doler, que puede romper, pero que también puede salvar.
Y mientras se lo devuelvo, con toda el alma que me queda, pienso que esto es el principio.
Porque hay besos que son repetición. Costumbre.
Inercia. Y hay otros, como este, que son una promesa.