Querida Srta. Santa Clausura 32. Gian
60%

32. Gian

Gian

Querida Señorita Santa Clausura:

Igual pensarás que soy un pesado . O un romántico terminal.

Igual estás en modo pijama polar y ya no das abasto con tanto espíritu navideño, pero tenía que escribirte.

Porque estoy feliz. Feliz en modo «me dan ganas de abrazar farolas y declararle mi amor a un reno».

Porque GiGi ha vuelto. Hemos vuelto. Así que, si mañana exploto de alegría y dejo una silueta de hombre enamorado en la nieve… , ya sabes por qué fue .

Simplemente… gracias. Por todo.

Abrazo virtual,

Gian

El Ceppo di Natale parece completamente inofensivo hasta que lo montas con la mujer que te vuelve loco. Entonces deja de ser decoración y se convierte en una trampa emocional con base de madera y ramas de abeto. O en un instrumento de tortura física, según desde qué ángulo te agaches.

—¿Estás seguro de que lo estás montando bien? —me pregunta Gia desde el suelo, con las piernas cruzadas y una figura de san José entre los dedos, como si estuviera sopesando su idoneidad moral y legal para la custodia del Niño Jesús.

—Soy abogado. Si he sobrevivido a procesos civiles de tres años con procuradores que no sabían usar el teléfono, puedo con esto.

Lo digo con tono convincente, pero tengo la misma seguridad que un hombre desnudo en mitad de una ventisca.

Que es, más o menos, como me siento ahora mismo viéndola ahí, tan guapa con su pijama, el pelo recogido de cualquier forma y ese brillo en los ojos que solo le aparece cuando está feliz.

Y saber que yo tengo algo que ver con esa felicidad… , eso es dinamita directa al pecho.

—Pues el ángel está del revés —dice, y me lanza una de esas sonrisas suyas que deberían estar prohibidas en al menos tres jurisdicciones y penadas con cadena perpetua si uno tiene la libido mínimamente funcional—. Y el buey.

Me acerco a corregirlo, y lo hago sabiendo exactamente lo que estoy haciendo.

Mi mano roza su cintura. Suavemente. Un gesto que, en teoría, no significa nada.

Pero se tensa. No se aparta. Y yo noto cómo cambia su respiración.

Se vuelve más lenta. Más densa. Me nota.

Nos notamos. Siempre ha sido así. Desde el principio.

Como una corriente eléctrica que solo se intensifica si fingimos que no está.

—¿Dónde va el pastor con la oveja al hombro? —pregunta ella, en un intento de mantener la voz estable mientras sostiene la figura en alto.

—Depende. ¿ La oveja está afiliada al sindicato o va por libre? — re s pondo, acercándome otro centímetro más. Ya estamos peligrosamente cerca, y el ceppo, las velas, el Niño y el ángel al revés podrían prenderse fuego por combustión espontánea, que yo no me movería.

—¿Siempre haces chistes con referencias jurídicas cuando estás nervioso?

—Solo cuando estoy peligrosamente cerca de una mujer en pijama que huele a vainilla y me mira como si quisiera besarme.

Se le escapa el aire por la nariz. No es una risa.

Es algo más íntimo. Como si se le encendiera algo por dentro y no supiera muy bien qué hacer con ello.

No dice nada. Simplemente, me sostiene la mirada y sonríe.

Una sonrisa lenta. Inesperada. De esas que empiezan en los labios…

, pero se le escapan por todo el cuerpo.

—Me gusta el ceppo —susurra—. Pero me gustas más tú cuando estás así.

—¿Así cómo?

—En modo Gian al cien por cien.

No sé exactamente qué quiere decir con eso, pero el tono con que lo dice…

Me dan ganas de arrodillarme. O de empotrarla contra la pared más cercana.

O ambas cosas, en ese orden. Porque si así es como me ve, si así soy con ella…

Joder. Si ella supiera que, cuando me mira de esa manera , ya huele a Navidad, se le borrarían todas las puñeteras dudas.

No puedo contenerme más, así que la beso.

Lento, al principio. Jugando. Probándola otra vez, como si aún hiciera falta redescubrirnos.

Pero no hace falta. Ya está todo ahí. La curva exacta de su boca, el temblor leve en sus dedos cuando los enredo con los míos y el pequeño sonido que hace cuando la beso un poco más fuerte.

Esa especie de suspiro entrecortado que me ha perseguido durante años, incluso en sueños.

Gia se acerca más, se me pega al pecho como si no quisiera separarse, como si su cuerpo dijera lo que todavía no se atreve a decir en voz alta.

Y yo la rodeo con los brazos, apretándola un poco más, marcando territorio con la piel, con el aliento, con la lengua, que ahora le acaricia el labio inferior con suavidad, de esa forma que sé que le vuelve loca.

Y me tiembla hasta el puto esternón al oírla gemir.

Cuando nos separamos, una de las estrellas del ceppo se le ha quedado enganchada en el pelo, y un mechón alborotado se le ha soltado del moño y le cae por la sien.

Tiene los labios brillantes, el pecho subiendo y bajando por la respiración incontrolada, y esos ojos que siempre me han hecho sentir como si el mundo se detuviera un segundo para verla a ella.

Solo a ella. Y yo, que me he creído muchas cosas —abogado competente, hombre racional, tipo con autocontrol—, tengo que morderme la lengua para no declararme ahí mismo.

Para no soltarle que ella es toda mi vida, y que lo ha sido desde que su madre le pidió a mi nonna que la llevara al belén, hace ya una eternidad.

—¿Entonces el Niño no va todavía? —susurra, sin moverse de mi lado.

—Todavía no —le digo, rozándole la mejilla con los nudillos, como si necesitara comprobar que sigue ahí, que esto es real—. Lo que va ahora es otro beso, que me he quedado con ganas de más.

Y se lo doy. Más profundo esta vez. Más posesivo.

Más carnal. Más nuestro. Gia me lo devuelve con una intensidad que me deja medio muerto y medio renacido a la vez.

Mi mano le acaricia la nuca. Ella me aprieta la camiseta.

Y, por un momento, no hay salón, ni ceppo, ni Navidad, ni Turrón y Suchard mirándonos pasmados.

Solo estamos nosotros. Nosotros y nuestros cuerpos. Nosotros y nuestro idioma.

Me alejo de ella a la fuerza, como quien sale de un sueño demasiado bueno.

La respiración de ambos está completamente fuera de control, y justo cuando estoy a punto de mandarlo todo a la mierda y volver a besarla, se oye el sonido rítmico y decidido de unas uñas sobre el parquet.

Turrón se acerca a nosotros trotando mientras gruñe, y Suchard lo sigue con su andar de señor respetable que me hace sonreír.

Lo mira todo como si el salón le perteneciera y nosotros fuéramos los intrusos.

Gia se gira, divertida, y yo aprovecho para sacar lo que he escondido debajo del sofá nada más llegar .

—¿Y esto qué es? —pregunta, entrecerrando los ojos al ver las bolsas.

—Regalos. Para tus abogados de cuatro patas —respondo , levantando los paquetes envueltos en papel de renos.

—¿Les has comprado regalos a mis perros?

—Pues claro. ¿Qué clase de psicópata no les compra algo a los miembros más sensatos de esta casa?

—Pero… ¿cuándo? Hemos ido a comprar juntos y no te he visto coger nada para ellos. Y , además…, ¡aún quedan unos cuantos días para Navidad!

—Cuando me has dejado en mi casa para darme una ducha y cambiarme de ropa. Los tenía allí. Los compré hace días . Exactamente después de que Lele me bañara con su copa y me aconsejara, a su retorcida manera, sobre cómo actuar contigo.

Ella parpadea, pero no dice nada. Turrón ya está intentando abrir su paquete con el morro, feliz como una perdiz. Suchard observa todo con su habitual escepticismo esnob, como si esperara una cláusul a de confidencialidad antes de aceptar su regalo.

—Son peluches con forma de galleta y un sonido infernal que probablemente odiarás antes de mañana —explico, agachándome para romperles el papel—.

Y unas galletas para perros que me han jurado que son lo mejor del mercado.

También tienen un jersey navideño con forro interior para Navidad.

Pero no se lo digas. Todavía creen en Babbo Natale.

Ella se ríe, pero no es una risa cualquiera. Es esa risa que le sube desde el estómago, que le arruga los ojos, que le estalla en la cara como si no supiera qué hacer con tanta emoción de golpe. Y ahí está. Ahí está la grieta.

—Giancarlo Di Laurentis —dice, entre risas—, ¿estás intentando sobornarme con regalos para mis perros?

—No . Estoy intentando ganármelos a ellos primero. Tú eres mucho más complicada.

Gia me mira de nuevo, y por primera vez desde que volví a verla no lo hace con dudas .

Ni con miedo. Me mira como quien se acuerda.

De mí. De nosotros. De lo que éramos. De lo que inevitablemente todavía somos.

Y lo sé porque sus ojos están más suaves, como si se le hubiera aflojado algo por dentro.

—Gian.

—¿Gia?

—Esto me jode un poco, que lo sepas.

—¿El qué?

—Pues… ¡que me guste tanto todo esto ! Tú. Aquí. En mi salón. Montando el ceppo como hacíamos siempre. Haciendo feliz a mis perros. Besándome como si me recordaras por dentro. ¡Ya me conoces, me acostumbro demasiado rápido !

Me acerco otra vez, muy despacio. Suchard ya se ha tumbado encima de su nuevo peluche como si fuera un trono. Turrón lleva una galleta en la boca. Todo está exactamente donde tiene que estar.

—Puedes acostumbrarte tranquila —le susurro —. Porque no pienso irme a ninguna parte, cariño. Ya no .

Me mira con los ojos muy abiertos, y pasan dos segundos exactos.

Dos. Uno para que sus pupilas se dilaten .

Otro para que su cuerpo entero se tense como una cuerda afinada demasiado.

Lo noto en sus hombros. En cómo baja la mirada.

En la forma automática, casi inconsciente, en que se aparta un mechón de pelo de la cara que, claramente, no le estorba.

Y la conozco tan bien todavía que sé lo que viene a continuación. Me preparo con una sonrisa.

Metralleta Gia.

Una de mis versiones favoritas de la chica de mis sueños.