Querida Srta. Santa Clausura 31. Gia #2
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31. Gia #2

Y me besa. Un beso lento, de esos que parecen tener todo el tiempo del mundo.

Un beso que sabe a promesas, a risas compartidas y a panetone recién horneado.

Me río contra sus labios. Gian siempre ha sido así: si existe la mínima posibilidad de convertir una tradición artesanal, íntima y discreta en una competición a muerte con Leonardo da Vinci, lo hará.

Con planos, presupuesto y estrategia de marketing incluidos.

Y lo peor es que yo siempre le sigo el juego.

A veces hasta antes de que él lo proponga, como si mis ganas de verle desbordar entusiasmo fueran más fuertes que el sentido común.

Alrededor de media hora más tarde, y después de pedirle como mil favores a Lele y prometerle un aumento de sueldo que probablemente arruine mis finanzas, estamos en la cocina.

Yo llevo puesta su camiseta, que me llega hasta medio muslo, y él va en calzoncillos, con el pelo revuelto y la actitud de un chef motivado por dos fuerzas imparables: el amor y la cafeína.

El resultado: un desayuno que podría alimentar cómodamente a una familia durante semanas.

Panetone (porque es tradición y punto), huevos revueltos (porque él necesita proteínas para mantener, y cito textualmente, «este cuerpo serrano»), tostadas con aguacate (porque de repente somos gente saludable), mermelada de naranja amarga (por antojo), café (por supervivencia) y, por algún motivo inexplicable, tres tipos distintos de queso que no pegan con nada.

—¿Dónde vamos a buscar las cosas? —pregunto entre sorbo y sorbo de café.

—A la mercería de la señora Clementina. ¿Sigue viva?

—Viva, cabreada y con más cintas de colores que nunca. Juraría que ahora también vende lentejuelas y cascabeles. Y purpurina de contrabando, porque la han prohibido.

—Perfecto. Luego podemos ir también al vivero de Corniglia, el que está subiendo hacia San Bernardino.

—Y a la tienda de productos a granel de Manarola. La de la señora que pone los precios como si las almendras fueran de oro macizo.

—Exactamente. Y quiero luces. Muchas luces. Tipo aeropuerto internacional. Que los aviones intenten aterrizar aquí, ¿me explico? Y vamos a necesitar planos. Y un taladro.

Suelto una carcajada. Claro. Gian en estado puro: convertir un trozo de leña y unas mandarinas en un proyecto arquitectónico digno de la Unesco.

—Y mucha paciencia, por lo que veo.

Me quedo mirándolo. Así. En calzoncillos, con el pelo despeinado, hablando de taladros y ceppos navideños como si fuera lo más normal del mundo.

Como si los últimos cinco años no hubieran sido un océano entre nosotros.

Como si nunca se hubiera ido. Y por un instante me quedo suspendida en esa imagen: Gian en mi cocina, oliendo a café y a algo que se parece peligrosamente a esperanza.

—Estás disfrutando demasiado con esto —le digo, mientras le paso un plato.

— Pues sí. Es la primera vez en años que no siento que estoy improvisando la Navidad.

Me apoyo en la encimera y, mientras lo miro embobada, pienso que estamos reconstruyendo una tradición, sí, pero también nos estamos reconstruyendo a nosotros mismos. Pedacito a pedacito. Y me parece perfecto.

—Debería escribirle a la Señorita Santa Clausura —dice de repente, y el corazón se me acelera—. Para darle las gracias.

Ah.

Ah, claro.

La culpa me cae encima como una manta demasiado pesada.

Debería decírselo. Debería sentarme frente a él, mirarlo a esos ojos que ahora mismo brillan como si la Navidad fuese un deporte de contacto, y confesar: «Ah, sí, mira, sorpresa: soy yo».

Pero entonces pienso en esto. En cómo me mira.

En cómo su voz se ha vuelto más suave conmigo.

En cómo estamos avanzando sin prisas, sin máscaras ( bueno, salvo la mía, técnicamente).

Y me entra el pánico. Porque si lo sabe…

Si lo sabe, tal vez se sienta manipulado.

Y no quiero fastidiarlo. No quiero romper esto cuando por fin parece… real.

Me aclaro la garganta, fingiendo una serenidad que no tengo ni en oferta.

—Sí, claro, deberías escribirle. Totalmente.

Las gracias son importantes. La gratitud fortalece el carácter.

Y el sistema inmunológico, creo. Además, nunca sabes cuándo una entidad navideña con complejo mesiánico necesita validación emocional.

Es básico. Científico. Prácticamente un servicio público.

—Estoy hablando demasiado. Lo sé. Pero no puedo evitarlo—.

Quiero decir —añado, gesticulando con la cuchara como si estuviera defendiendo una tesis doctoral titulada «Impacto socioemocional de los milagros» con membrete festivo—, que si alguien te ayudó, aunque sea anónimamente y con estética de Papá Noel corporativo, lo mínimo es un correo bonito.

«Cállate, Gia. Cállate ya».

—Luego lo haré —me responde—. Y, si consigo su dirección, le mandaré también unos bombones.

Claro. Perfecto. Bombones.

—Qué detalle —consigo decir, con una sonrisa que espero que no parezca la de una delincuente primeriza—. Seguro que le gustan. A todo el mundo le gustan los bombones. Son… universales. Como la culpa. Digo, como la Navidad.

Por favor, que la tierra me trague envuelta en papel dorado.

Él asiente, tranquilo, ajeno al huracán logístico- moral que se está formando en mi cabeza. Y yo lo miro y pienso que, si le digo la verdad, tal vez rompa algo frágil y precioso. Pero, si no se la digo…, estoy construyendo esto sobre una omisión con envoltorio festivo.

Comienza a tararear algo, sin darse cuenta, y, por un segundo, la culpa deja de apretarme el pecho.

Se diluye. Se queda en pausa. Y entonces me acuerdo de cuando éramos niños y creíamos que con un deseo bien pedido se podía arreglar cualquier cosa: un examen, un co razón roto, una pelea…

Y tal vez no estábamos tan equivocados. Tal vez, si uno lo pide de verdad, con las manos manchadas de chocolate y la cara iluminada por luces absurdas, el universo escucha.

—¿Qué deseo vas a pedir este año? —pregunto.

Gian levanta la vista y achina los ojos, sonriendo.

—No te lo puedo decir. Si lo digo, no se cumple.

—Eso es trampa —protesto, como cuando teníamos diez años.

—No. —Se acerca, me atrapa la barbilla con suavidad, y su voz se vuelve casi un susurro—. Eso es fe, cariño.

Y entonces lo entiendo: esta vez no se trata solo de desear.

Se trata de quedarse. De sostener. De volver a empezar sin miedo.

Y pienso que, si hay una manera de volver a empezar, una manera de hacer que el pasado pese menos y el futuro no dé tanto miedo…

, probablemente tenga forma de tronco de leña, olor a pino y luces absurdas.

Y un deseo.

El nuestro.