31. Gia
Gia
Querida Señorita Santa Clausura:
Llevo tres semanas conviviendo con mi ex.
Rompimos de mutuo acuerdo, pero ninguno de los dos podía largarse del piso aún.
El plan era ser adultos civilizados maduritos emocionalmente.
Y, bueno, JA. Porque él me pide que le planche la camisa para sus citas, me deja pósits pasivo-agresivos sobre mi llanto nocturno, y ayer me pidió ayuda para envolver los regalos de Navidad… ¡PARA SU NUEVA NOVIA!
Necesito una cena de clausura urgentemente. No me importa el menú, con que alguien grite «¡SE ACABÓ ESTA MIERDA!» mientras suena una campanita, me doy por satisfecha.
Gracias eternas,
Alessa S. M.
Hay resacas que una se gana a pulso.
Esta, la que estoy sufriendo ahora, es una de esas.
Pero no hablo de la que te da el alcohol, sino de la emocional, hormonal y absolutamente satisfactoria que deja un maratón de sexo del bueno y confesiones sin filtros con tu ex que ahora es…
¿ tu ex-casi-novio? ¿Una versión 2.0? ¿Un amante?
¿Una historia pendiente en edición de coleccionista?
En fin. Lo que sea. La cuestión es que ayer decidí tomarme todo el día libre, aprovechando que no tenía ninguna cena de clausura programa para esa noche, y no hicimos nada productivo salvo desnudarnos mutuamente y ponernos al día en todos los aspectos. Y sí, en ese orden.
Pasamos todo el santo día en mi casa, en mi sofá.
Hablando. Comiendo. Riéndonos. Acostándonos.
Tocándonos con esa urgencia dulce que solo tienen los que llevan cinco años sin hacerlo y una eternidad soñando con ello.
Volvimos a abrir la herida y a hablar de todo, pero esta vez más largo y tendido.
De lo que pasó. De lo que dolió. De lo que cada uno pensó que el otro pensaba mientras en realidad el otro pensaba otra cosa totalmente opuesta (nota mental: la comunicación es la hostia de sexy).
Y, por supuesto, volvió a quedarse a dormir.
Porque, después de todo lo que nos habíamos dicho, mandarlo a su casa habría sido tan absurdo como ponerle una bufanda a un limonero.
Y esta mañana… Bueno, digamos que esta mañana está siendo, sin exagerar, de las que deberían estudiarse en los libros de historia.
Capítulo uno: «Cómo empezar bien el día sin necesidad de un buen café».
Y diría algo como: el sol de diciembre entrando por la ventana, una manta estratégicamente enredada entre tobillos, jadeos, suspiros, piel contra piel y una sinfonía de orgasmos tan bien orquestada que cualquier compositor se sentiría insultado.
Y, por supuesto, risas. Muchas. Tantas que sospecho que en algún momento hemos despertado a todo el vecindario y que alguien, probablemente de mi propio edificio, ya ha puesto en marcha el grupo de WhatsApp de la comunidad para quejarse del ruido.
Pero, en serio, no me puede importar menos, porque estoy…
feliz. Feliz y cachonda, que no es poco decir.
Me revuelvo entre las sábanas como si el colchón fuera una nube, todavía completamente desnuda y con esa clase de felicidad ridícula que solo ocurre cuando un italiano sexy te dedica la mañana entera con las manos, la boca y la determinación de alguien que ha venido a deshacer años de sequía sexual.
Y lo está consiguiendo. Vaya que si lo está consiguiendo.
Me incorporo con la intención de arrastrarme hasta el baño antes de que se me quede la cara permanentemente feliz.
Turrón y Suchard están apostados en el umbral de la puerta como dos miembros de la policía del decoro perruno, mirándonos como si acabaran de ver algo que preferirían borrar para siempre de su memoria.
Sus ojos están tan abiertos que parecen bolas de nieve.
Literalmente. Turrón tiene cara de estar reconsiderando todas sus decisiones vitales desde que lo adopté.
Está horrorizado. Suchard, en cambio, muestra esa mirada de «otra vez no, por el amor de las galletas para perros», como si su paciencia estuviera colgando de un hilo.
—Creo que acabamos de traumatizar a mis perros.
— Pues ya pueden ir acostumbrándose —responde él, sin moverse de donde está, tumbado boca abajo, con una mano aún apoyada en mi muslo como si me reclamara por derecho ancestral—. Esta vez no pienso irme a ninguna parte.
Me besa el hombro con una sonrisa descarada.
Una de esas que deberían venir con advertencias de seguridad.
O al menos con anticonceptivos. Y, de repente, todo me golpea en el corazoncito: la luz, el calor, su voz, su piel, y ese « esta vez no pienso irme a ninguna parte» dicho con tanta calma y convicción que me dan ganas de llorar y reír, y hacerle un desayuno con forma de corazón.
Porque esta vez parece de verdad. Esta vez yo tampoco pienso dejar que se vaya.
Ni aunque me lo pida educadamente. Ni aunque los perros le gruñan.
Ni aun que el universo me mande señales contradictorias en forma de exes reapareciendo o cosas que se rompen solas.
Nada. Tengo cero intenciones de sabotear esto.
Me declaro oficialmente en huelga de miedos.
Así que dejo de pensar. Porque cuando alguien te mira así, como si fueras la Navidad en versión humana, es muy fácil olvidarse de que esto todavía da un poco de miedo.
Es fácil dejarse llevar, aunque sea solo por un día más.
O dos. O diez. O todos los que vengan, siempre que me los pida con esa voz, con esa caricia lenta detrás de la rodilla, y con esa forma de besarme que mezcla ternura y pecado en proporciones imposiblemente perfectas.
Y, ya que estamos, si además consigue hacerme reír entre gemidos…
, pues nada, entregada a la causa. Que pase lo que tenga que pasar.
—¿Sabes qué día es hoy? —pregunta de repente, mientras yo me enrosco en la sábana como un kebab humano recién hecho.
—¿Jueves?
—Diez de diciembre, cariño.
—Diez de… —repito, frunciendo el ceño, intentando activar las neuronas dormidas hasta que, de pronto, la ficha cae con todo su peso—. ¡Ay! ¿Todavía te acuerdas?
Él me mira como si acabara de insultarle gravemente.
—¿Cómo que si me acuerdo? Era el día oficial del Ceppo di Natale en Villa Agnese. Una de nuestras tantas tradiciones. Nuestra cosa. La he mantenido todo este tiempo.
—¿En Londres?
Asiente despacio.
—Sí. Compraba cosas y lo montaba con alguna película navideña de fondo, fingiendo que lo hacía contigo.
Me lo dice sin dramatismo, como si fuera una verdad tan simple como que el panetone lleva pasas aunque uno no las quiera. Y, aun así, me atraviesa.
—Tienes pinta de haber hecho verdaderas obras de arte —me río bajito—. Déjame adivinar: un ceppo minimalista, todo blanco y dorado, con velas a juego y chocolatinas compradas en Harrods.
—Más bien uno de emergencia con mandarinas tristes del Tesco y una vela de cumpleaños que encontré en un cajón. Pero lo intentaba. Y siempre pedía el mismo deseo.
—¿El mismo?
—Sí. —Se pasa la mano por el pelo, nervioso—. Que algún día volviéramos a hacerlo juntos.
Y sonrío. Sonrío como si acabaran de decirme que este año la Navidad dura todo el año y viene con banda sonora de Mariah Carey las veinticuatro horas.
Como si tuviera ocho años otra vez y me acabaran de prometer que sí, que hoy sí se puede desayunar panetone con nocilla sin que venga un adulto a arruinar la fiesta con fibra.
El Ceppo di Natale era, como bien ha dicho él, una de nuestras muchas tradiciones.
Una cosa solo nuestra. Gian y yo empezamos a hacerlo cuando teníamos seis y nueve años, y creíamos que el mundo era un sitio lógico y cálido y que los adultos sabían lo que hacían.
Consistía en coger un trozo de leña y convertirlo en un pequeño altar navideño.
La forrábamos con papel dorado, le poníamos ramas de pino, alguna figurita que sobraba del belén, chocolatinas robadas de la despensa, mandarinas, velitas de cumpleaños recicladas, frutos secos con cáscara y cualquier otra cosa que encontráramos con potencial mágico.
Y, al final, pedíamos un deseo. Uno solo.
Pero importante. Nada de «quiero una bici» o «que el Milan gane la liga».
No. Deseos de verdad. De esos que no se pueden envolver.
De esos que, si se cumplen, te descolocan el alma y te recolocan la vida.
—¿Tú lo has seguido haciendo?
—Sí. Cada año. Aunque sola. Bueno, no sola exactamente… —D esvío la mirada hacia Turrón, que está intentando meterse entero en la funda de un cojín. Asoma solo el culo y una pata trasera. Una estampa—. Ellos supervisaban el proceso, por supuesto.
Se incorpora un poco, y con la yema de los dedos me acaricia la espalda en círculos lentos. Su voz baja un tono, como si se tratara de una confesión:
—Vale, pues…, si hoy también puedes tomarte el día libre, podemos hacerlo juntos. Como antes. Como siempre. Solo que… con mejor gusto decorativo.
—¿Cómo de mejor?
—Ya no somos niños, cariño. Tenemos tarjetas de crédito —se ríe—. Podemos mejorar la producción. Quiero que sea tan épico que lo pongan en los escaparates de Florencia. O que venga la alcaldesa de Riomaggiore a hacernos una foto para el Instagram oficial de las tradiciones.
—¿Y si mejoramos tanto que acabamos fundando una secta del Ceppo? —le sigo la broma—. Ya me veo dando entrevistas: «Todo empezó con un tronco y unas mandarinas».
—Pues que así sea. Pero esta vez lo hacemos juntos. Sin excusas.
—Me gusta cómo suena eso.
Él asiente mientras sus dedos siguen dibujando círculos distraídos en mi espalda.
—Entonces prepárate, porque pienso darte la mejor Navidad de tu vida. Y ya sabes que, cuando me lo propongo, me paso de ambicioso…
—Eso me preocupa —bromeo, aunque ya estoy perdida.
—No lo hagas. —Se acerca más, hasta que su nariz roza la mía—. Esta vez no quiero perfección. Solo quiero… esto.