Querida Srta. Santa Clausura 30. El Espíritu de la Navidad
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30. El Espíritu de la Navidad

El Espíritu de la Navidad

La Navidad, queridos míos, tiene una habilidad especial para aparecer justo cuando menos te lo esperas.

Y no, no me refiero al Black Friday ni a los anuncios de colonias con gente semidesnuda abrazando renos (aunque, admitámoslo, también tienen su encanto).

La Navidad es, en esencia, tramposa. Una ladrona profesional de corazones distraídos.

Se mete donde escuece y donde cura. Y vosotros los humanos, que lleváis todo el año entrenando para haceros los fuertes, caéis.

Como caen los copos : sin prisa, sin freno y directitos al suelo.

Pero no os culpéis. Este es mi territorio.

No soy yo quien empuja… Aunque vale, a veces un poquito, lo admito.

Pero la mayoría de las veces lo hace el champán barato de la cena de empresa.

O ese mensajito que no ibas a mandar, pero mandas.

O el recuerdo de una mano en la espalda que, curiosamente, sigue quemando aunque hayan pasado años y mil Navidades.

Yo solo soy un soplo . Como quien acerca los labios a una vela y pide un deseo sin decirlo.

Y entonces ocurre. Las excusas se deshacen como mantequilla caliente sobre panetone.

Las miradas se detie nen un segundo más de la cuenta.

Los corazones…, bueno, los corazones hacen lo que mejor saben hacer en diciembre: ponerse ridículamente vulnerables.

Y ahí, queridos míos, empieza la magia de verdad.

No esa falsa de las películas donde todo se arregla con una nevada artificial.

No. La otra. La que duele un poco porque es real.

La que aparece cuando alguien se atreve a confiar otra vez.

A decir: «Me la juego, pero contigo». Y sí, lo sé.

Hay ausencias que ni yo puedo maquillar con luces.

Hay abrazos que no volverán y sillas que este año seguirán vacías.

Pero también hay otras cosas que regresan.

Cosas que creías clausuradas , perdidas y olvidadas.

Como ese hilo rojo. Sí, ese. El que llevaba años enredado entre excusas, silencios y miedo. El que parecía tan enmarañado que daba pereza siquiera mirarlo. Y que de pronto… ¡zas! Se desenreda. Y conecta justo donde debía. Y arde. Y brilla más que el árbol de Rockefeller.

Ay, estos humanos… Siempre a un paso de desenredarlo todo y a medio suspiro de volverlo a liar.

Porque sí: una sola verdad dicha a tiempo puede romper el hielo.

Pero también puede mantenerlo intacto si decides callarla.

Y ya sabéis lo que pasa cuando se acumulan los inviernos , ¿no? Que no florece nada.

Y atención, que esto va para ti, querida humana de ojos verdes con seudónimo de superheroína navideña, yo he visto de todo.

Parejas que se lo dicen todo desde el minuto uno y acaban comiendo polvorones juntas cada diciembre.

Y otras que esconden las migas debajo del mantel hasta que, un día, todo huele a rancio.

No voy a señalar a nadie (Gia), ni a recordar a quién llevas días mandando cartas sin atreverte a decir «soy yo» (Gian).

Pero sí voy a decir esto : no esperes a enero.

Dile la verdad ahora. Con el árbol aún encendido, con el turrón blando sobre la mesa y con Mariah dándolo todo de fondo si quieres.

Pero cuéntale la verdad. Toda. Porque las historias que importan no se construyen con secretos, querida mía.

Se construyen con verdad . Con imperfección.

Con miedo, sí, pero también sin máscaras.

Sin cláusulas de protección navideña. Porque, cuando el amor vuelve, se merece una respuesta clara. Y tú te la mereces aún más.

Así que, venga, pongámonos todos muy festivos, muy dramáticos e ilusionados. Cerremos los ojos. Y pidamos juntos:

Que nuestra querida Señorita Santa Clausura… clausure el secreto.

Que abra el corazón.

Y que por fin diga su nombre en voz alta.