29. Gian #3
—Joder, Gian… Ven aquí.
Su voz es una mezcla perfecta de urgencia y ternura.
Y entonces ocurre algo que se siente casi sagrado: ella se incorpora, se arrodilla sobre mí y se desliza despacio, sin romper el contacto visual.
Yo me quito los calzoncillos, sin dejar de mirarla, sin dejar de pensar que es la mujer más jodidamente hermosa que he visto en mi vida.
Gia se deshace de la lencería con un movimiento lento, medido, casi simbólico.
Y, cuando la deja caer junto a la cama, me lanza esa sonrisa suya que siempre me ha vuelto loco.
Y ya estoy completamente duro de nuevo, porque se arrastra debajo de mí, deslizándose como si su piel supiera exactamente dónde tocar.
Me rodea con las piernas y me roza con la mano.
Al sentirme, suelta un gemido ronco, verdadero. No hay artificio. No hay juego.
—Tú tampoco te has olvidado de cómo me gusta, ¿eh? —gruño, con la voz rota.
—No. Nunca he dejado de imaginarlo. Nunca he dejado de imaginarte a ti.
Mi cuerpo se tensa. Joder. Esa frase me atraviesa como una descarga. Me quema, me desarma, me empuja.
—Tengo un condón en la cartera.
Ella me agarra el rostro con ambas manos, firme, urgente, y me mira a los ojos como si fuera a tatuarme una confesión en la pupila.
—No hace falta —dice—. Estoy limpia. Y estoy tomando anticonceptivos.
Y eso… Eso me rompe por dentro. Porque no es solo deseo.
Es decisión. Es entrega. Es ella. Totalmente.
Cuando por fin me desli zo dentro, despacio, con una lentitud casi reverente, lo hago sintiéndolo todo.
Cada milímetro. Cada latido. Cada parte de mí que llevaba años buscándola así.
Y ella se aferra a mis hombros. Sus uñas se clavan en mi piel y sus piernas me aprietan con fuerza, como si su cuerpo también supiera hablar.
Y lo que dice es claro: «No te vayas. Quédate. Hazme tuya».
— Gian… —jadea, cerrando los ojos, perdida—. No pares. Quédate ahí, y no pares.
—No pienso hacerlo, cariño. Nunca.
Nos movemos como si nuestros cuerpos recordaran lo que nuestras cabezas han intentado olvidar. Con cada embestida lenta, profunda, siento cómo ella se rinde, cómo yo me pierdo. La beso entre suspiros, en las comisuras de la boca, en la garganta, en el hueco de su clavícula.
—Eres tan jodidamente perfecta, Gia — murmuro contra la piel húmeda de su cuello—. No sabes las veces que he soñado con esto. Contigo así de nuevo. Sobre mí. Yo dentro de ti…
—Dímelo —jadea, con la voz rota—. Dímelo todo.
—No ha habido nadie más, cariño. Solo tú me haces sentir esto. Solo tú eres para mí…
Ella se muerde el labio, y sus caderas se mueven con una cadencia lenta, profunda, experta.
Más hambre. Más urgencia. Me está cabalgando como si quisiera borrar todos los años en los que no pudimos tocarnos, como si su cuerpo tuviera que memorizar el mío desde cero.
Pero no. No hay nada que recordar. Porque nunca nos olvidamos.
Sus pechos rebotan suaves con cada movimiento, y yo los rodeo con las manos, subo hasta su rostro, la acaricio como si no supiera por dónde empezar a venerarla.
—Entonces dame eso. Dámelo todo, Gian. Todo.
Y se lo doy. Dios, y tanto que se lo doy. Le entrego cada centímetro de mí. Me aferro a sus caderas, y la ayudo a moverse más rápido, más profundo. Cada vez que me recibe hasta el fondo, sus múscu los se tensan, su respiración se entrecorta, sus gemidos me empapan los oídos como un hechizo.
—Mírame —le ordeno, ronco, sudado, al borde—. No apartes la mirada. Quiero verte cuando vuelvas a correrte para mí.
Y ella obedece. Me mira con los ojos tan abiertos, tan vulnerables y fieros, tan llenos de todo lo que fuimos y de todo lo que todavía podemos ser que siento que me atraviesa.
Y entonces se rompe. Con un gemido ahogado que me sacude hasta los huesos.
Con un espasmo que la arquea sobre mí, con la boca entreabierta, el cuello tenso, el cuerpo entregado.
El placer le estalla dentro como un relámpago lento, y yo la sostengo mientras tiembla.
Mientras su alma se derrama sin decir una sola palabra.
Y verla así, tan mía, tan real, tan jodidamente viva, me hace venirme dentro de ella.
Fuerte. Entero. Con un gemido que no sé si es deseo, promesa o rendición. O todo a la vez.
La agarro con ambas manos, con fuerza, con necesidad.
Como si pudiera anclarme en su cuerpo. Como si no quisiera volver a salir nunca más.
Y me quedo ahí. Dentro. Pegado. Sintiendo cómo su corazón golpea contra el mío.
Cómo su respiración me choca en el cuello.
Cómo su olor ya es parte del aire que respiro.
Cómo su piel me envuelve, me calma, me quema.
Permanecemos así durante minutos que parecen horas. Empapados de sudor, de gemidos nuevos y antiguos. Temblando. Callados. Pero por fin completos.
Y, en ese silencio, lo sé.
No es solo que haya vuelto a ella. Es que ella siempre fue el lugar.
Y esta vez no pienso irme a ninguna parte.