29. Gian #2
—Abre las piernas para mí, cariño — le susurro, y lo hace sin apartar los ojos de los míos.
Pasa algo cuando lo hace. Algo silencioso. Como si se rompiera una barrera invisible. Deslizo una mano entre sus muslos, con calma, con la precisión de quien ha estado esperando este momento demasiado tiempo. Rozo su centro por encima de la tela. Está mojada. Está empapada.
—Joder, Gia…
—¿ Qué?
—Estás a punto de hacerme perder la cabeza.
—Ya era hora —susurra, y levanta ligeramente las caderas para apre tar más mi mano contra ella—. Gian. Por favor.
—Créeme, cariño. No necesitas suplicar.
Le retiro la ropa interior a un lado, sin quitársela aún.
Me gusta tenerla medio vestida. Me gusta la tensión entre el descontrol y el orden.
Me gusta verla rendirse poco a poco. Y entonces la toco de verdad.
Deslizo los dedos por sus labios, húmedos y cálidos, y luego los separo con cuidado.
Me centro en su clítoris, lo acaricio con presión suave pero firme, en círculos lentos, estudiando cada una de sus reacciones.
La forma en que se le abre la boca. Cómo se le tensan los muslos.
Cómo empieza a jadear bajito, con esa mezcla de placer y rabia contenida…
—Dios… Gian…
—Dime, cariño — le susurro, bajando la cabeza para besarle el pecho mientras sigo estimulándola.
—Por lo que más quieras, no te detengas. No pares. No pienses.
—No pienso hacerlo. No pienso dejarte ir otra vez.
La penetro con un dedo, luego con dos, con ritmo suave pero constante. Sus caderas se mueven contra mi mano. La tengo al borde. Temblando. A punto de explotar.
—¿Recuerdas cómo te gustaba esto? —le susurro, mirándola desde abajo mientras mi pulgar sigue en su clítoris y mis dedos se mueven dentro de ella con un ritmo que conozco como si fuera música que nunca dejé de tocar.
Ella asiente, pero le tiembla todo. La boca, las pestañas, la respiración. Como si fuera demasiado, como si fuese exactamente eso lo que necesitaba desde hace cinco malditos años.
— Es en lo que pienso… siempre.
—¿Siempre?
Estoy tan al límite que, si ella me dice una sola cosa más, me corro en los putos calzoncillos como un idiota.
—Siempre que me… toco —confiesa con una mezcla de vergüenza y desafío, mirándome como si acabara de abrirme las puertas del puto paraíso—. En que son tus dedos, no los míos. En lo que me decías. En cómo me mirabas cuando sabías que ibas a conseguirme un orgasmo solo… con tu mano.
Me tiembla el pulso.
—¿Sí, cariño? —gruño, bajando un poco el ritmo, solo para hacerla sentir más y torturarla un poco—. ¿Y qué más piensas?
—En tu lengua —jadea—. En lo que hacías con ella…, en cómo tardabas horas, como si estuvieras empeñado en que me desmayara de placer.
Por todos los dioses.
Me echo hacia delante. La beso con rabia. Con devoción. Siento sus piernas apretarse más fuerte alrededor de mis dedos. Su espalda se arquea, su boca se abre en un grito silencioso.
Por todos los jodidos dioses.
—Voy a hacer tu fantasía realidad —murmuro contra su cuello—. Te lo prometo. Te he prometido que iba a arrodillarme.
—¿Sí?
—Sí —respondo, bajando poco a poco, dejándole besos húmedos desde su cuello hasta la parte baja de su abdomen, marcando cada centímetro como si fuera territorio sagrado—. Sí, joder. Y tanto que sí. Y te vas a correr para mí, cariño.
Le separo las piernas con suavidad y decisión.
La miro un segundo, solo para ver cómo respira, cómo tiembla, cómo se abre para mí sin reservas.
Le quito la ropa interior despacio, con la boca, tirando con los dientes mientras la oigo gemir impaciente.
Y entonces la pruebo. Le paso la lengua entre los labios, lento, largo, saboreándola como si fuera la primera vez.
Como si llevara cinco años soñando exactamente con este sabor, este calor, esta forma de perderme.
La noto estremecerse, soltar un gemido agudo que me hace estar todavía más duro, como si eso fuera posible, y entonces me concentro.
En su clítoris. En el ritmo. En su respiración.
Empiezo a lamerla con devoción. Círculos lentos, luego más rápidos.
A veces chupo, a veces solo la acaricio con la punta de la lengua, otras me hundo más abajo para que suelte ese sonidito, ese jadeo áspero y desesperado que me dice que está a punto.
Le meto los dedos con cuidado, con el ángulo que sé que le vuelve loca, y la lengua no se detiene.
Ella se arquea, se aprieta contra mi boca, me agarra del pelo con fuerza.
Me deja claro que no pare. Que siga. Que la destruya.
Y entonces pasa. Su cuerpo se tensa, se curva, se rinde.
Tiembla con fuerza. Gime mi nombre con la voz rota, como si al decirlo se le escapara el alma.
Siento sus paredes contraer mis dedos con una intensidad tan real, tan íntima, tan suya que casi me deja sin respiración.
Y ahí, viéndola correrse bajo mi lengua, tan preciosa, tan salvaje, tan mía…
, me corro yo también. No hay forma elegante de decirlo.
Me corro. En los calzoncillos. Como un capullo.
Como un crío que se descubre. Sin rozarme. Sin tocarme. Solo por ella.
—Dios… —murmuro, con la frente apoyada en su pecho, jadeando como si acabara de correr una maratón bajo el sol de agosto.
—¿Te has…?
—¿Corrido en los calzoncillos como cuando tenía doce años? Sí, cariño.
Sonrío al verla sorprendida.
—Perdón. Lo siento. No… No me tengas en cuenta esta patética eyaculación precoz y espontánea.
Ella se ríe. Jadeando, sudada, con la cara aún roja de placer. Pero se ríe. Abre los ojos y me acaricia la nuca como si acabara de salvarle la vida.
—¿Estás bromeando?
—No.
—¿Te has corrido solo por verme a mí?
Asiento con la cara aún enterrada entre sus pechos, medio avergonzado, medio orgulloso.
— Y por oírte. No le quites mérito a ese ruidito que haces con la garganta —sonrío, y luego me incorporo un poco para mirarla—. Supongo que era de esperar. Llevaba cinco años sin acostarme con nadie.
—¿Qué? —Abre mucho los ojos—. ¿En serio?
—Sí. No he estado con nadie más, Gia.
Ella me aparta la cara con suavidad, me obliga a mirarla.
—¿Estás diciendo que…?
—Estoy diciendo que después de ti todo me sabía a nada —susurro, con la voz aún áspera—. Y lo intenté, ¿vale? Te juro que lo intenté. Pero ninguna eras tú. Ninguna me miraba como tú. Ninguna me tocaba así. Con ninguna pasé de la primera cita. Ni de los preliminares.
Ella me mira y, por un instante, se queda tan quieta que parece que el tiempo se ha detenido entre nosotros.
Tiene los labios entreabiertos, los ojos brillantes, y juro que veo la sombra de una lágrima formarse.
Pero no llora. No, Gia no llora. Ella traga saliva y me lanza la mirada más honesta que he visto en años.
—Yo no puedo decirte lo mismo, Gian.
—Lo sé. Tampoco quería que me esperaras.
No tenías por qué. Seguro que has tenido tus historias…
, pero ¿ acaso importa? A mí no —respondo, y me acerco para rozar su mejilla con el dorso de la mano—.
Esto. Esto de ahora. Tu cuerpo sobre el mío.
Esta habitación. Nosotros. Esto es lo que verdaderamente importa.
Ella parpadea como si intentara procesar cada palabra. Y luego sonríe. Esa sonrisa suya de medio lado, la que me hacía perder el hilo de cualquier conversación. Se incorpora un poco, apoyando las manos en mi pecho, y me clava esa mirada suya que nunca ha sabido ser inocente.
—Entonces desnúdate, Gian. Porque no pienso dejar que esto se quede aquí.
—Gia…
—No me digas que no te apetece.
—Me apetece. Créeme. Claro que me apetece. Estoy medio muerto de ganas por sentir esa boca tuya… —Le acaricio la mandíbula con el pulgar, desciendo hasta su clavícula. La veo inclinarse, decidida, empezando a bajar por mi pecho con besos lentos, con intención—. Pero…
—¿ Pero?
—Pero hoy solo quiero sentirte. Entera. Completa.
Ella se detiene, me mira como si le acabara de soltar la frase más sexy del planeta.
—¿Así que me devoras como si me hubieras echado de menos cada día de estos últimos cinco años y luego te crees que no voy a querer devolverte el favor?
Me río, ronco, todavía con su sabor en la boca.
—Es que te he echado de menos cada día de estos últimos cinco años, cariño. No podía hacerlo de otra manera —susurro contra sus labios, y la beso. Una, dos, tres veces. Como si el tiempo pudiera comprimirse en esos segundos—. Y no, no necesito que me devuelvas el favor. Te necesito a ti.