29. Gian
Gian
Querida Srta. Santa Clausura:
La he besado, y en ese instante me he dado cuenta de que Gia es mi milagro de Navidad. Te prometo que no pienso soltarla. Ni aunque lo intente.
Abrazo virtual,
Gian
(Extracto de un correo nunca enviado).
La llevo hasta la cama sin dejar de besarla.
No lo pienso. No lo planeo. Solo actúo, como si sus labios me hubieran reactivado después de años en pausa.
Como si de repente todo mi cuerpo recordara lo que era tenerla cerca.
Tocarla. Olerla. Escuchar ese sonido que hace cuando le muerdo el labio inferior, como si estuviera conteniéndose para no lanzarse a por mí.
Y no quiero que se contenga. Quiero que se deshaga. Conmigo. Para mí.
La tumbo con cuidado, pero con hambre. Como si tuviera miedo de romperla y al mismo tiempo miedo de romperme yo si no la tengo entera.
Me coloco sobre ella, pero no peso, no aplasto: rodeo.
Rodeo con el cuerpo, con los brazos, con los ojos.
Y la miro. Dios, cómo la miro. Es preciosa.
Tiene la boca roja, húmeda, hinchada de tanto beso, las mejillas encendidas y el pecho subiendo y bajando como si corriera un maratón de sensaciones que no sabe si va a ganar o a perder.
Y esa expresión en los ojos… No es deseo.
Es algo peor. Es confianza. Esa confianza brutal que solo se tiene con alguien a quien se ama tanto.
Me muevo despacio, sin romper el contacto con su mirada, y me agacho para quitarle las botas.
Y entonces la veo. La estrella. Justo debajo de la media, tatuada en el tobillo.
Esa estrella de la que Lele me habló. Su norte.
Su recordatorio silencioso de que, incluso en la oscuridad, siempre hay una dirección. Trago saliva. Me tiembla el pulso.
—Dime que no me estoy equivocando —susurro, sin saber si se lo pido a ella o a mí—. Dime que deseas esto tanto como yo. Porque si no… pararé. Cogeré toda mi maldita fuerza de voluntad y pararé, cariño.
—No te estás equivocando.
Le meto una mano por debajo de ese vestido negro que le queda tan bien y dejo que mis dedos exploren el calor de su muslo.
Su piel es suave, cálida y viva bajo mi palma.
Me inclino y le beso el hombro. Luego el cuello, despacio, justo donde empieza a temblar.
Después, la clavícula. Esa línea perfecta que siempre quise enmarcar con la boca.
Le chupo la piel ahí, suave pero firme. Solo lo justo para que sepa que me acuerdo. Que sé. Que todavía sé lo que le gusta.
Ella arquea la espalda, me ofrece el cuerpo sin decir una palabra, pero habla igual. Suspira. Me agarra del pelo con fuerza, y ese gesto lo dice todo. «Más. No pares. Tócame ya» . Y lo hago. Pero a mi manera; muy despacio. Porque, si vamos a quemarnos, que sea beso a beso. Y piel a piel.
Le paso la mano por el muslo como si fuera un mapa que solo yo supiera leer.
Me detengo en la curva de su cadera, en la parte baja del vientre, en ese lugar que está en mi lista de favoritos.
Ella gime, pero se muerde los labios para que no sea demasiado alto.
La miro desde arriba, con la respiración entrecortada, y me maravilla verla así: fuerte, nerviosa, desatada y preciosa.
—No te cortes, por favor. Llevo cinco años sin oírte gritar mi nombre, cariño.
—Gian… —responde, y mi nombre en sus labios ya es una orden.
Entonces la toco de verdad. Deslizo los dedos por encima de su ropa interior y la siento húmeda. Ardiendo. Preparada. Receptiva. De repente, jadea y se aprieta contra mi mano, como si ya no pudiera seguir fingiendo que esto no es lo que quiere. Y yo tampoco puedo.
—Te gusta, ¿a que sí? Eso es lo bueno de conocerte tanto, cariño. Sé exactamente cómo te gusta. Lo descubrimos juntos.
Eso parece excitarla todavía más, porque atrapa mis labios entre los dientes y succiona un poco, lo justo para hacerme gemir a mí también.
—Si sabes lo que me gusta…, ¿por qué seguimos vestidos todavía?
Sonrío de oreja a oreja mientras deslizo las manos por su espalda, buscando el principio de la cremallera.
Dios, este maldito vestido. Mi vestido favorito…
, aunque nunca haya sido mío. Se lo he quitado tantas veces que ya ni lo pienso, mis dedos van solos, bajando el cierre despacio, como quien desenvuelve un regalo muy caro. Muy esperado. Muy prohibido.
Cuando la cremallera llega a su final, la miro.
Un segundo. Solo uno. El suficiente para confirmar que ella también se acuerda.
Que esa electricidad entre nosotros no es nostalgia: es memoria táctil.
Porque su cuerpo reacciona antes que ella.
Se le eriza la piel, se le tensan los hombros, y respira como si la estuvieran tocando el puñetero alma.
—Este maldito vestido debería estar prohibido —murmuro contra su cuello con los labios apenas rozando la piel mientras deslizo la tela por sus brazos, centímetro a centímetro, hasta que la prenda se rinde y resbala hasta el suelo.
Aprovecho también para quitarle las medias, pero no me apresuro.
Dios, no. Voy bajándolas despacio, con una lentitud que no es inocente.
Mis labios dejan un rastro húmedo de besos por su muslo, su rodilla, su pantorrilla.
Cada centímetro que descubro es una tortura.
Una provocación. Un milagro. Y, cuando por fin se queda solo en ropa interior, me cuesta respirar.
Casi me dejo caer de rodillas. Esta vez no por juego, sino porque es demasiado. Joder.
Su cuerpo ha cambiado. Claro que sí. Cinco años dejan huella.
Pero no esperaba esto. No esperaba esta versión más…
todo. Más mujer. Más carne. Más curvas que desafían cualquier intento de control.
Más deseo en forma humana. Más peligrosa.
Más jodidamente hermosa. La miro como si acabara de encontrar un mapa antiguo y secreto.
Y empiezo a recorrerlo con las manos, despacio.
No como si fueranueva, sino como si fuera sagrada.
Reconozco la piel, pero hay cosas que han cambiado.
Relieves nuevos. Texturas más suaves. Firmezas más redondas. Más calor. Más hambre. Trago saliva.
Mis manos suben por encima de su ropa interior.
La siento temblar. Tensarse. Humedecerse más bajo mis dedos.
Y entonces ella, impaciente, temblorosa, encendida como yo, me mira como si fuera a devorarme.
Y se lanza a por mi cinturón. Con una urgencia que no admite treguas.
Con unas ganas que me desarman. Con las manos torpes y el pulso roto.
Y, en ese momento, lo único que me importa en el puto universo es esto: que no se detenga.
Que me quite todo. Y que no nos salvemos de nada.
—¿ Quieres ayudarme con esto? —le digo en voz baja, casi jadeando ya, porque estoy tan duro, tan rígido, que me duele. La tela aprieta, roza, castiga. Y su sola presencia no ayuda. Mierda, no ayuda en nada.
—No me hagas preguntas estúpidas.
Se acerca, pero, en lugar de ir directa al cinturón, me agarra por el borde de la camiseta con los dedos tensos, como si necesitara una pausa antes de tocarme más.
—Espera —susurra—. Quiero verte. Entero.
Levanto los brazos sin pensar, obediente, con la sonrisa más imbécil del planeta pegada a la cara.
Y dejo que me la quite. Despacito. Tirando de la tela con cuidado, como si estuviera desenvolviendo algo frágil.
Sus dedos me rozan al pasar por mis costillas, y ese simple roce me enciende hasta el espinazo.
Cuando me observa al completo sin camiseta, se queda quieta. Inmóvil. La mirada clavada en mi antebrazo izquierdo. Y entonces lo ve.
—¿Te has hecho un tatuaje?
Sonrío ampliamente.
—Sí.
—Son… ¿Son mis botas? O sea, no mis botas mías, sino… las botas. Las que llevo siempre. Las cowboy. Las que decías que parecían sacadas de un wéstern italiano. Esas que me pongo hasta para ir al súper. Esas que una vez se me rompieron y casi lloras más tú que yo. ¿Esas botas?
Asiento, sin poder parar de mirarla.
—Me lo hice una noche de borrachera. El tatuador me dijo que el antebrazo izquierdo era el lugar donde se llevaban las cosas importantes. Y tú… Tú siempre llevabas ese tipo de botas como si dijeran «o me aguantas o te apartas». Como si fueran una declaración de intenciones. Y… no pude resistirme.
—Gian…—susurra, y se lleva una mano a la boca.
—No sabía cómo dejarte atrás, así que me tatué.
Intento bromear, quitarle importancia, pero Gia tiene los ojos brillantes, húmedos. Y eso me jode. No quiero que esto la rompa. No quiero que piense. No ahora.
—Gian… Madre mía.
—No es nada, cariño.
—Te equivocas. Es…
No termina la frase. No necesita hacerlo.
En vez de hablar, me besa. Lento. Tan jodidamente lento que me duele la piel.
Me roza la cara, el pecho, la tinta de mi tatuaje como si me leyera en braille.
Como si el dibujo hablara más claro que yo.
Y luego sí, va a por el cinturón. Y el botón.
Y, cuando baja la cremallera, lo hace con tanta urgencia que parece que se le fuera la vida en ello.
Se me escapa un suspiro largo e involuntario.
Intento quitarme el pantalón, pero tengo la coordinación de un adolescente borracho y completamente empalmado.
Gia se ríe mientras me ayuda con esas manos.
Sus malditas manos. Las que conocen mi cuerpo mejor que nadie.
Las que me han reconstruido más veces de las que puedo contar.
Las que saben dónde tocar. Y lo hacen. Sin miedo.
Con hambre. Como si el tiempo perdido se pudiera recuperar con las yemas de los dedos.
Y, joder, si alguien puede lograrlo es ella.
Me tumbo sobre ella, piel contra piel. Calor contra calor.
Y entonces me echo ligeramente hacia atrás, entre sus piernas, y la miro a los ojos.
Su pelo desordenado sobre la almohada, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con urgencia, y esa mirada…
Esa mirada que me haría rogar si se lo propusiera.